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El Athletic repite argumentos ante el Mallorca

San Mamés empieza a vivir una sensación de fiasco, no tanto por el fútbol exhibido -que hay gustos para todo- como por la impresión de abonar una entrada para un partido ya visto. Más que fútbol en directo parece la repetición exhaustiva de una cinta, donde por fallo mecánico se alteran los colores de algunas camisetas. Luis Fernández dio ayer dos síntomas preocupantes: de un lado, sigue haciéndose acreedor al sobrenombre de don erre que erre por su pertinaz obsesión de condenar a Carlos García a la banda derecha (su infierno particular) y de paso sacrificar a Etxeberria, que se queda sin referencia para cambiar de cuando en cuando el repertorio. De otro lado, ayer, al filo del descanso, sacó la libreta y comenzó a anotar instrucciones que luego leyó a Lacruz. La libreta, hoy día, en el fútbol español es un mal presagio. Una vez más, el Athletic, con la baja -o quizá lesión- de Roberto Ríos dibujó un primer tiempo calcado al del Extremadura en San Mamés: un gol temprano e individual de Urzaiz seguido de una sobrecogedora incapacidad para dictar la lección futbolística más básica: juntar líneas, combinar, tocar y avanzar en bloque. El gol le hundió y resucitó a un Mallorca que había accedido somnoliento y aturdido al partido. La reiteración no es casual: revela su falta de repertorio para cambiar de estrategia, para representar más papeles que el que le atribuye la historia.

El Mallorca, en un pispás, recobró el balón, lo movió con soltura, aparecieron Valerón, Stankovic y Amato para positivizar el esfuerzo denodado de Monchu y el Athletic desapareció. El desierto de las bandas era inmenso, la soledad de Guerrero aterradora, el recurso de Urzaiz y Etxeberria se convierte en algo obsesivo y que descarga de responsabilidad al colectivo. La distancia entre José Mari y Urzaiz requiere el AVE para una conexión de urgencia.

Y el Mallorca, superadas las tarascadas del rival, halló el gol de una forma absurda, cuando dos defensores bilbaínos dejaron el balón a los pies de Monchu.

Un posible penalti a Urzaiz zanjó una discusión emocional que deberá resolverse en Mallorca. La igualdad prevista en un partido previsible y en una eliminatoria imprevisible.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de febrero de 1998