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Tribuna:

La bicicleta

Desde que Roland Barthes escribiera sus Mitologías no he visto un análisis semiótico parecido sobre el mito y la belleza de la carrera ciclista. Barthes se centraba en la épica del Tour, pero en el paisaje de fondo desaparecían los hombres veloces fundidos progresivamente en la aceleración pura.La fascinación de la carrera ciclista, más que la del motociclismo, se concentra en esa mística que une al corredor con su vehículo hasta un punto en que la máquina desaparece entre las carnes del corredor y el cuerpo del corredor se desvanece en la silenciosa figura del ingenio. ¿Piensan los corredores mientras pedalean? Sus pensamientos son lubricantes que afectan a la marcha, su energía es un vector que cruza el espacio y no hay distinciones entre el ánimo y el estilo de la bicicleta. Hasta la sangre es un combustible que circula desde el corazón hasta los piñones, mientras los radios invisibles son ejemplo de una voluntad vaporizada. No se hallará una simbiosis más precisa entre la ingeniería y la anatomía, entre el órgano y el mecanismo. Ni la bicicleta temina sus poleas en el ensamblaje ni los tendones del ciclista se detienen en el punto de la herramienta. La articulación de las rótulas, el poder de los gemelos, la paleta del. empeine, componen una nueva formación que se alía, avanza o sufre. omo un bloque. La fascinación del ciclismo es la culminación de este diseño insuperable, capaz de convertir la juntura del hombre y de la pieza en una composición cierta y completa. Basta dejar una bicicleta vacía para apreciar su clamante necesidad de ser montada. Es, en efecto, un deseo tan impulsivo que el Tour, más allá de las rivalidades, la clasificación o los trofeos, reproduce cada año la estampa de un sueño donde se reúne la forma, la- belleza, el espacio y la velocidad como un retrato de su propia fantasía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de julio de 1997