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El Madrid se frena sin Guti ante el Extremadura

Una cierta sensación de orfandad enquistó ayer al Madrid. Le dejó mudo, sin apenas argumentos. No estaba Guti, sancionado. No estaba el que resuelve, el que encuentra el hueco imposible. La distancia entre líneas se hizo maratoniana, inacabable. Y al Madrid le entró el sopor. Mala enfermedad ésta de la dependencia.Salvó el Madrid los muebles porque al filo del adiós apareció José María para inventarse el empate. Agarró una pelota temblona, de pinta inocente, y con ella en la: bota se recorrió la línea del área. Divisó entonces un agujero, allá en la lejanía, entre el portero y el poste. Amador ni siquiera llegó a ver su descomunal chutazo.

Se antojaba justa esa resolución. Porque al Extremadura, hasta entonces, le había salido todo demasiado bien. Es éste un equipo de sudoroso aspecto que hace su papel a las mil maravillas. Molesta que da gusto, sin salirse nunca del libreto. Aguanta atrás y en apenas un parpadeo lleva la pelota hasta Manuel. Lo que sigue ya depende de la imaginación, sobrada, de éste.

Tal planteamiento incomodó al Madrid que, eso sí, encaró con ánimo las dificultades. Jaime, un jugador de fútbol aseadísimo, consiguió de vez en cuando darle aire al balón. Pero ni lo hizo siempre ni se vio acompañado. Pronto lloró su soledad. El Extremadura sabía frenar a un rival que, sin Guti, respira con dificultad. Apareció, sin embargo, José María, cosido el balón a la bota y viendo, allá a lo lejos, el agujero salvador. Y allí que la puso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de marzo de 1996