Penev acaba con el Tenerife

Tres goles del búlgaro lanzan al Atlético a las semifinales de Copa

Dos golpes de clase le arreglaron al Atlético una noche difícil: una rosca encantada de Pantic y un control antológico de Kiko. Ambos lances llevaron la firma final de Penev, que apareció por la corbata del área en el momento justo. Como los grandes delanteros, el búlgaro resolvió a un toque. En las distancias cortas, las que obligan a decisiones instantáneas, el nueve del Atlético sí funciona. Cosido a esos dos lances, y a un tercero resuelto con idéntica facilidad por Penev, el campeón de invierno trasladó su alegría liguera a la Copa.Fue una jornada complicada, adulterada por el frío. Y por el viento. Y por un campo infame. Mejorado visualmente respecto a la última reunión que albergó, pero igualmente infame. Pero sobre todo, fue una sesión agrietada por el frío. Todo transcurrió bajo una temperatura insufrible arriba, para los abrigos de la tribuna. E insoportable abajo, para las piernas de los futbolistas.

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La actitud de los dos equipos fue encomiable. Con la vista puesta siempre en el guardameta contrario. Un comportamiento muy al gusto de este tipo de torneos a todo o nada. Hasta el primer gol, el Atlético buscaba la iniciativa y el Tenerife lanzaba el puñal a la contra. Tras el 1-0, eran los visitantes los que trataban de llevar la voz cantante y los locales los que tendían emboscadas.

Pero los enemigos del partido, ese frío que se clavaba con muy mala intención en los huesos y ese terreno siniestro empeñado en cobrarse una víctima tras otra (Kiko amagó con recaer del tobillo, Caminero se tuvo que retirar con un esguince en el suyo, Alexis dio un susto parecido, Roberto se lastimó la rodilla...), se hacían notar demasiado. Para oscurecerlo todo. Para entorpecer las combinaciones que el Atlético dibujaba de vez en cuando. Y para torpedear al Tenerife su identidad tocadora. Hubo más fútbol, con todo, del que autorizaba la escena. Sobre todo, porque dos personajes secundarios, Geli y Vizcaíno, pasaban por encima de todas las adversidades. Su trabajo silencioso pero seguro fue de lo mejor que dejó detrás de sí el partido.

El equilibrio, sin embargo, se rompió por otro lado: fue una cuestión de puntería. Penev metió dentro de la caja las dos ocasiones de las que dispuso, tras los gestos sublimes de Pantic y Kiko, Aguilera y Pinilla, en cambio, se estrellaron con Molina, un tesoro de portero. Amagó el cancerbero con tirar una noche tonta (ofreció una salida a por uvas al comienzo), pero irrumpió con una autoridad insultante cuando su equipo lo necesitó. Primero para frustrar un mano a mano de Aguilera (m. 33). Y luego, para sacar un cabezazo de Pinilla (m. 60). Molina cubrió su ración de gloria de cada día.

Fue entonces, en el instante en que el portero clausuró sus intervenciones decisivas, cuando el Tenerife se rindió. Tiró dos patadas tan bruscas como innecesarias y se quedó con nueve. En un minuto, del 63 al 64, perdió sucesivamente a Mata y Llorente. El anfitrión respiró tranquilo. Y antes de que Penev redondeara su noche mágica con otro tanto de delantero puro, el tercero de su cuenta; antes incluso de que Roberto mandara a la grada por dos veces la llave de una goleada escandalosa, el Atlético supo que estaba ya metido en la siguiente fase. Junto a Valencia, Espanyol y Barcelona. Un reparto luminoso, con cuatro de los cinco mejores de la Liga. Por una vez, la Liga y la Copa están de acuerdo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 15 de febrero de 1996.

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