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En memoria de Carlos Muñiz

Considero que los medios de comunicación han sido verdaderamente cicateros a la hora de infrrmar sobre la muerte de uno de los mejores autores dramáticos de nuestro tiempo, que es Carlos Muñiz. Apenas he podido leer breves notas, ligeros comentarios, incluso con algunos errores, a la hora de mencionar títulos.No me explico que haya sucedido así, porque sobre Carlos Muñiz hay una muy extensa biografía y bastaba consultar unos pocos libros, como, por ejemplo, Historia del teatro español contemporáneo, de Francisco Ruiz Ramón, o simplemente el Diccionario de literatura española e hispanoamericana, donde hay una sucinta biografía del autor, bastante completa. En cualquier caso, no se trata de un autor raro, ni dificil de encontrar -la cuestión relativa de la comercialidad es aparte-, y una de sus obras, El tintero, todavía se representa, y durante los años de lucha, los sesenta tan comentados en general por la prensa, fue una de las piezas teatrales más conocidas, sobre todo por la gente joven y deseosa de cambiar algo en el anquilosado perennemente teatro español. Todavía en América, en Estados Unidos sobre todo, la figura de Carlos Muñiz y la del resto de la que Monleón llamó "generación realista" y Ruiz Ramón teatro de la "denuncia y la protesta", sigue estudiándose en las universidades a través de constantes tesis.

Quiere decirse que Carlos Muñiz es autor conocido incluso más allá de nuestras fronteras, y muy estudiado. El hecho de que los críticos de acá no le recuerden demasiado se debe a la levedad insoportable de la prensa española en general, y a la degradación literaria y cultural que el país nuestro ha sufrido en la última década. Ahí quisiera yo encontrar las razones del evidente mal trato que ha sufrido este autor a la hora de su muerte. Me refiero, claro es, al maltrato momentáneo, porque estoy seguro de que sobre él, en revistas especializadas y entre los estudiosos de España y América, se va a hablar mucho más que de otros muertos en el nauseabundo olor de multitudes de esta España iletrada de hoy. Me refiero a la representada por la prensa escrita y hablada a través de la radiotelevisión.

Hablando de televisión, he aquí una de las cosas que contaminó la obra de Muñiz. Y tal vez también la persona, porque es muy difícil salir indemne de esa voraz destructora de la realidad que es la radiotelevisión española. Muñiz trabajó mucho para la televisión, con guiones, adaptaciones y demás trabajos parasitarios. Era un trabajo que hacia a cambio de dinero, como todo el mundo, y a la espera de que su importante trabajo dramático cristalizara. Se contaminó y tal vez entorpeciera su claro camino en el teatro. Un camino que podía ser radiante. Y lo ha sido a través de obras como la ya mencionada, junto con esa otra maravilla realista y acusatoria -de un rigor crítico notable- que es la Tragicomedia del serenísimo príncipe don Carlos, que además llegó a ser un éxito de público en el Centro de la Villa de Madrid, bajo la experta dirección de González Vergel a principios de la década de los ochenta. Y quizá fue la última de las obras estrenadas por el autor.

Pero ya en la década de los sesenta irrumpió en el teatro con obras juveniles muy bien acogidas por las nuevas generaciones. Eran obras que, sin perderlas raíces españolas -algo que ya no se estila desgraciadamente-, incorporaba estilos europeos, el expresionismo norteamericano por ejemplo. Deliciosas obras aquellas, que tenían hermosos títulos: El grillo, El precio de los sueños... y que se pudieron ver en aquellas entrañables sesiones de teatro de cámara -refugio de los maltratados por la oficialidad- que tan buen teatro divulgaron, sin las actuales pedanterías foráneas de eso que hoy llaman teatro alternativo. Eran obras aquellas llenas de amor al teatro, de pasión por el teatro.

Porque sí, Carlos Muñiz era autor teatral de cuerpo entero. Su amor al teatro era tan incuestionable que se entusiasmaba más por las obras de sus compañeros que por las suyas. Yo recuerdo el amor estusiasta que sentía por el teatro del maestro Buero, cómo se regocijaba con las ocurrencias de Arrabal. Incluso por una obra mía sentía tal entusiasmo que me estuvo hablando de ella siempre... Porque era una persona noble, una persona viva; una persona, en fin, buena.

Una persona buena de vida difícil. Creo que tuvo la mala suerte de ser funcionario público. Esto es una mala suerte, sobre todo en España, y no hay por qué entrar en la calificación, pero es así. Tuvo que arrastrar su funcionalidad pública como el que arrastra una condena. Pero su admirable originalidad consistió en que con una gran valentía se volvió contra su misma condición -véase El tintero- y no dudó en atacarla, zaherirla y condenarla sin miedo a las consecuencias en una época tan dificil. ¿Cuántos funcionarios actuales son capaces de hacer eso? La mayoría tratan de esconder algo que, además, es, si no respetable, justificable por el aquel de la manduca. Pero Carlos Muñiz luchó contra la opresión que le consumía.

Eran tiempos de lucha aquellos. No tenían nada que ver aquellos polvos con estos míseros Iodos donde sólo se busca el consenso y sus beneficios entre los que se autotitulan de intelectuales. En los tiempos aquellos, el mantener el tipo con la mínima gallardía era lo fundamental, y había incluso que sacrificar el amor propio -el teatro en este caso- por la justificación humana y vital. No eran los tiempos de la actual España sin honor que estamos viviendo.

Yo recuerdo a un Carlos Muñiz luchador, entusiasta, amigo de sus amigos, españolísimo y universal al mismo tiempo, comprensivo, malhumorado a veces, dulcemente agresivo, firme... todo lo contrario de un funcionario de Hacienda, por ejemplo. Carlos Muñiz, compañero de viaje, gran compañero... ¡hasta la vista!-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de noviembre de 1994

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