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Tribuna:

El coche de papá

Mi padre era un tipo fantástico y tenía un coche casi tan entrañable como él. Cuando la vida, siempre a traición, te ofrece uno de sus peores tragos, como es la pérdida de tu referencia vital, el coche de papá pasa a ocupar un lugar privilegiado en el embotamiento de recuerdos que te invade, reconforta, desespera y atormenta.Primero fue un 4L, el famoso cuatro latas, donde nos hacinábamos como podíamos (siempre discutiendo) los seis hermanos ante la desesperación del progenitor. Crecimos gracias a la leche y a sus cuidados, y el coche de papá pasó a ser un milqui, cariñosa abreviatura para el Seat 1500. Aquello sí que era un coche, con su palanca de cambios saliendo del volante y su asiento delantero de una pieza. Entre mi madre y mi padre se ubicaban los elegidos, normalmente los dos pequeños, que alucinaban y se morían de orgullo al poder "conducir" junto a papá.

El milqui pasó a mejor vida, llegó la democracia y había que modernizarse. Sin decírselo a nadie, mi padre decidió tirar la casa por la ventana y se compró un coche automático con una radio futurista que nunca llegó a sonar bien, puede que porque no fuese ésa su función. Nuestra admiración por papá y su coche tocó techo. Era cosa de magia el poder prescindir de la palanca de cambios, o así lo veíamos mientras nos explicaba todos los adelantos técnicos que poseía su nueva adquisición. Que si dirección asistida, que si programador de velocidad, que si aceleración de fórmula 1, etcétera. ¿Qué más se puede pedir a la vida que un padre volcado en nosotros y un coche para alardear en el colegio?

Pasaron los años y la compenetración entre coche y conductor era cada vez mas estrecha. Ambos aparentaban gozar de una salud a prueba de bomba, y así lo proclamaban con el inmaculado aspecto de sus "carrocerías".

La noche anterior a su muerte di la última vuelta con papá y su coche. Se calaba, pese a haber pasado una revisión recientemente. En comunión con su máquina, como lo había estado hasta entonces, también mi padre debía presentarse al doctor, pues no acababa de encontrarse bien. Aparcó como todas las noches, le puso una barra de hierro por si acaso, y supongo que se despediría hasta el día siguiente, un día que nunca le llegó.

Mientras iba hacia el tanatorio crucé por delante del coche. Nos miramos y me pareció que, de los faros, unas lágrimas caían al suelo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de marzo de 1994