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Edo, el guardián de las cenizas

Las ruinas de la Biblioteca Nacional de Sarajevo albergan un ratón de seis años

ENVIADO ESPECIAL Las bombas incendiarias cayeron la última semana de agosto. Los radicales serbios apuntaron bien. Los libros ardieron libremente. A pesar de todo, el 70% de los ejemplares de la Biblioteca Nacional de Bosnia-Herzegovina se salvó. Edo, un ratón de seis años, no lo sabe, ni le importa. Le basta con conocer como nadie el amasijo de hierros, piedras, estanterías, azulejos y papeles en que se ha convertido el edificio levantado en 1896 por el austrohúngaro Wittek a orillas del río Miljacka. Ahora sólo queda la fachada hispano-morisca, un decorado hueco, un símbolo chamuscado en medio del invierno. Edo Vosivcic, ratón y agente demoledor de cuanta barandilla y muro de piedra queda en el edificio, se rompió el brazo la semana pasada. La biblioteca se ha quedado sin guía hasta nuevo aviso.

Edo Vosivcic miente como un bellaco. A ello le ayuda la dificultad que tiene para despegar la lengua de los labios cuando habla. Los bombardeos han dejado esa secuela en este ratón pícaro y bosnio. Conoce las ruinas mejor que la palma de su mano. Aparece y desaparece por agujeros inverosímiles. Recoge una grapadora calcinada del suelo y con ella termina de demoler una pared de ladrillo. Dice que vive al otro lado del río y que sus padres están en Alemania. En realidad, Edo vive con su madre al otro lado de la calle. Sus padres están separados. Ella es ama de casa, él combatiente. En medio del silencio del domingo, una voz cruza el aire frío: "iEdoooo, Edoooo!". Por la calle, dos mujeres y un hombre empujan un motocarro que hace tiempo agotó su carburante. En la parte trasera, un cargamento de lefia cortada en un parque. Edo les mira pasar, divertido.

La biblioteca se alza al extremo de la calle Kazandziluk, y fue ayuntamiento antes de convertirse, en 1946, en una de las bibliotecas más importantes de la antigua Yugoslavia. Su arquitecto se suicidó, amargado por las críticas a la oscuridad del recinto. Alberga 2,5 millones de ejemplares; los más valiosos, entre ellos varios incunables, se han salvado. El edificio está no muy lejos del puente de Gavrilo Princip, donde el archiduque fue asesinado. El archiduque Ferdinando había abandonado el entonces ayuntamiento, hoy biblioteca calcinada, antes de encontrarse con la bala fatal. Ahora, en los sótanos, una cola de gente nerviosa se apretuja ante un puesto de comida de los cascos azules.

En las colinas que se alzan al otro lado del Miljacka, los artilleros y francotiradores serbios están siempre al acecho. A Edo y a sus amigos no parece importarles. La guerra les ha dado nuevas ideas, y la emprenden a patadas con las barandillas de arabesco. Se tiran cascotes al grito de "¡granata, granata!". Cuando los proyectiles caen en las grandes bolsas de ceniza -restos de libros calcinados de un metro de calado-, el resultado se parece a una granada estallando contra una acera o una casa. Al menos, en este caso, no hay esquirlas.

La biblioteca es uno de los edificios más destruidos de Sarajevo. Edo el ratón es también un gato: sólo rasguños, contusiones y un brazo roto sufrió tras caerse desde el primer piso. Las heridas no le han borrado la sonrisa mentirosa de la cara. En la mejilla luce un beso de ceniza. Cuando cae la noche sobre Sarajevo, a las cuatro y media de la tarde, Edo vuelve a casa. Hasta que no se le cure el brazo, no podrá volver a ser ratón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 29 de diciembre de 1992