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Rumanía: entre viejos vicios y viejas histerias

El señor Câmpeanu, líder del Partido Nacional Liberal, sonrió distendido y optimista y comentó con tono algo confidencial: "Hemos recibido cartas de obreros diciendo que habríamos de pasar sobre sus cadáveres antes de permitirnos que reprivatizáramos su empresa. En realidad, el principal problema es el de la información: cuando podamos explicar detalladamente nuestros puntos de vista, estas opiniones cambiarán". Esta conversación tenía lugar el día 16 de enero, junto a una ventana de la sede del partido por donde el señor Câmpeanu posiblemente saltaría para salvar el físico apenas dos semanas más tarde. La anécdota es clarificadora, pues tiene que ver con el trasfondo social del confuso pulso entablado por el régimen del Frente de Salvación Nacional (FSN) y los partidos de la oposición los días 28 y 29 de enero.Este análisis parte, sin lugar a dudas, de que el FSN se merece muchas de las críticas que se le han hecho: su actitud democrática es más que dudosa, y la movilización de respuesta, a la oposición del lunes 29 de enero tuvo un claro tufillo al más castizo estalinismo. En concreto, recuerda mucho el estilo con que los comunistas del Gobierno de Groza enfrentaron el desafío de la oposición democrática acaecido el 8 de noviembre de 1945. Por entonces, una multitud que celebraba el cumpleaños del rey ante el palacio fue dispersada por obreros llegados en camiones y tropas leales al poder comunista, marcando un claro camino hacia la instauración de la dictadura.

Cautelosamente

Hoy han aparecido en la televisión, muy controlada por el Frente, acusadores populares orquestados contra los partidos democráticos y en defensa de la clase obrera. En Rumanía, mucha gente vuelve a hablar cautelosamente cuando lo hace por teléfono. Cierto es que existían algunos indicios significativos desde hacía algún tiempo. Por ejemplo, en el control de la televisión, que recortaba intencionadamente las noticias más polémicas sobre la política nacional en los telediarios. O en la sospechosa retransmisión de obras de teatro de Caragiale, el Chejov rumano, que con su humor cáustico se mofaba, en el cambio de siglo, de los vicios del sistema democrático y los partidos políticos rumanos. También era conocida desde tiempo atrás la aversión de Iliescu por el sistema de partidos, que para él está desfasado incluso en Occidente.

Sin embargo, se debe relativizar la comparación de algunos liberales y nacionial campesinos traumatizados con la revancha bastante desmedida de las cohortes del FSN: en realidad, Rumania no está propiamente en 1947 o 1948. Al menos por ahora, caso de que no caiga Gorbachov y se hunda la perestroika con consecuencias impredecibles. Es decir, que los tanques soviéticos no se pasean por Rumanía, y la guerra fría, con el rápido endurecimiento de los bloques militares, no está en sus comienzos, aunque sí es sospechosa la neutralidad norteamericana en los asuntos rumanos. La presencia del Ejército en la calle, con una actitud bastante neutral, no basta para explicar la contundencia y amplitud de la contramanifestación del FSN. Y tampoco el ofrecimiento de botellas de vodka o anoraks a los obreros, cosa que por cierto también parece haber hecho la oposición, y que en conjunto no es un trapicheo nuevo en la historia política rumana desde mucho antes de que los comunistas llegaran al poder.

Una primera clave de la contundencia puesta en marcha por el FSN contra los partidos políticos reside en que el nuevo régimen ha heredado y está activando toda la estructura de poder del anterior régimen, incluyendo los mecanismos de movilización de los obreros en las fábricas y antiguas células. Esto es bastante cierto: los responsables del FSN en las empresas parecen actuar en ocasiones -por ejemplo, con vistas a la Prensa extranjera- como algo parecido a los antiguos comisarios, incluido el lenguaje de madera triunfalista. Pero aun así hay algo más, y esto es el miedo de muchos obreros a la reprivatización de las empresas. Esto era posible escucharlo en algunos de los corrillos que discutían diariamente en el pasaje Balcescu -un centro de espontáneo diálogo cívico, samizdats incluidos-, y lo corroboraba un acreditado profesor de historia de la facultad de Historia, director de una prestigiosa revista de esa especialidad. En general, estudiantes y clases profesionales están más dispuestos al cambio que muchos proletarios -especialmente los de las grandes factorías-. Éstos se preguntan: ¿cómo cambiar los sistemas de trabajo? ¿Qué ocurrirá con el desempleo? ¿Cuántas horas más habrá que trabajar? ¿Quién pasará a dirigir la fábrica? Existe un miedo natural a lo desconocido en un país sin demasiada tradición industrial antes de la instauración del comunismo, y éste ha sido, sin duda, uno de los resortes de los que se ha beneficiado el FSN, que dispone, al margen de sus técnicas movilizadoras, de un poder real en el país. La demagogia y el control de los media no lo son todo a la hora de sacar a la gente a la calle. Puede parecer penoso, pero en más de un sentido la inercia de un sistema de vida estatalista tiene más partidarios en la Rumanía actual que en 1948, aunque sólo sea por aquello de que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Y es que el sentido último de los cambios a debatir en Rumanía no es un mero cambio de régimen político como en la España de 1975, sino un profundo cambio de sistema socioeconómico.

Propiedad estatal

En ese contexto, las propuestas liberales, dentro de la uniformidad que preside los programas de los partidos políticos, son relativamente agresivas en lo que respecta a la reordenación económica. Respeta, por ejemplo, la propiedad estatal de las grandes empresas, pero prevé la instalación de otras similares provenientes del extranjero para fomentar la competencia. El caso de los nacional-campesinos es ligeramente diferente, pues no parecía tocar este tema con igual contundencia. Pero sus contactos con el extranjero eran bien conocidos, y uno de sus ilustres exiliados, el millonario transilvano Ion Ratiu, parecía estar financiando la activa propaganda que el partido desarrollaba en el país.

En realidad, tanto el Gobierno como la oposición están dando un espectáculo más bien penoso. El primero, por sus dudas y pasos atrás que tapa con sus gestos demagógicos. Y los partidos implicados en la protesta, por su falta de medida en dar un acelerón poco medido y a destíempo; incluso parece que en determinados momentos de la manifestación del domingo ni siquiera controlaban bien a sus seguidores.

Es loable su afán de limpiar el sistema de comunistas camuflados en una manifestación limitada a Bucarest, de apenas 15.000 personas. Pero caso de que el domingo 28 de enero hubieran tomado el poder, aunque fuera en solitario, habrían estado constreñidos, ellos a su vez, a utilizar los miles de funcionarios, burócratas, técnicos, centros de poder local y policías comprometidos con el régimen anterior, tal como lo está haciendo actualmente el FSN.

¿O es que partidos refundados hace apenas un mes tienen ya capacidad para reconstruir de arriba abajo toda la maquinaria del Estado en un tiempo mínimo? En este sentido no han faltado rumanos que encuentran antipático el estilo agresivo de unos partidos que buscan conectar mucho con pasadas tradiciones políticas, pero que, en esencia, no han participado como tales en la rebelión contra Ceaucescu.

El problema es que en el contraataque el Gobierno ha vuelto a hablar inmoderadamente de "subasta del país al extranjero", como los comunistas de 1947 y como lo hacía el mismo Ceaucescu hace algo más de un mes. Ahora, paradójicamente, el líder nacional-campesino Corneliu Coposu vuelve a estar frente a frente con Silviu Brucan, hasta hace pocos días ideólogo y hombre fuerte del FSN, quien hace 42 anos, como periodista estalinista, pedía públicamente su cabeza desde el diario Scinteia.

Francisco Veiga es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 07 de febrero de 1990.

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