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Tribuna:

La doctrina de la abstención en Estados Unidos

Parece que más de la mitad de los ciudadanos de Estados Unidos no han querido participar en las elecciones: es la abstención más alta desde 1924 (en la elección de Calvin Coolidge votó el 49%). Lo más importante no es el número o el récord, sino el intento de legalización moral, la justificación sociológica, política e histórica que empieza a circular en forma de doctrina: el establecimiento del derecho cívico a no elegir.Esta abstención hay que calcularla a partir de los ciudadanos en edad y situación de votar (182.628.000) y su relación con los que lo han hecho realmente; sería más desproporcionada si el censo de habitantes realmente registrase unos millones de ciudadanos que se escabullen de él y forman una población clandestina. Teniendo en cuenta únicamente lo registrado, una primera abstención está en los que no han acudido a inscribirse en la lista de votantes, acto necesario y distinto al del censo de población. Unas décimas menos del 80% se han inscrito: es la primera abstención, que las encuestas de opinión pública atribuyen a un desdén por las molestias burocráticas impuestas para algo que no merece la pena esforzarse. Dentro de esa opinión, algunos creen que esas molestias son deliberadas y ya antiguas: la obligación de inscribirse en las oficinas del voto fueron creadas para obstaculizar a los pobres (negros, inmigrantes) y estimular su pereza por el voto.

De los ya inscritos, se cree que se han abstenido de votar más del 30%. Entre estos abstencionistas las opiniones varían poco, aunque sí su formulación: los dos candidatos les parecían iguales, el papel de presidente no tiene hoy el valor simbólico que tuvo antaño, los centros de poder actúan desde fuera del Congreso y la Casa Blanca, la campaña ha sido mala, no se han presentado opciones realmente interesantes ni personajes con alguna riqueza individual, los dos partidos tradicionales están quemados, el sistema está trucado, el ciudadano tiene mucho que hacer en su vida privada (tiene que defenderse) como para ocuparse de los asuntos públicos. Conducen a lo mismo: una idea de que votar no es participar, no es formar parte celular del poder.

Todas las doctrinas democráticas tenían, hasta ahora, como sagrada la obligación de votar. El acto es aún más trascendental para lo que genéricamente llamamos la izquierda porque formaba su propia base. El sistema electoral se ha presentado siempre en la historia como una lucha entre las clases privilegiadas por reducirlo (necesidad de acreditar el pago de impuestos, obligación de saber leer y escribir, justificación de tener una cierta fortuna, negaciones a ciertas razas, a las mujeres en general, a las solteras en ciertos países, a menores de una edad que empezó fijándose en 30 años) y una presión por las clases pobres para ampliarlo hasta llegar al ideal del "sufragio universal, libre y secreto", o del sistema "un hombre, un voto".

Lo mismo ha sucedido con la condición de elegibles, que se trató de restringir por los mismos métodos a medida que aumentaban los electores, y también se fijaron límites de edad, sexo, dinero y cultura.

La izquierda, o más ampliamente el pueblo, fue ganando el tema (no fácilmente: con huelgas, con revoluciones, a partirde la de los niveladores en el Reino Unido), y entonces comenzaron a aparecer formas restrictivas nuevas: las divisiones de circunscripciones interesadas; la eliminación de partidos hasta llegar a dos (bipartidismo), o quizá tres, más importantes que oprimen o hacen desaparecer a los demás, con la creación de una clase política surgida de grupos similares de la sociedad (colegios, clases sociales, medios en que se vive, pactos, acuerdos, amistades secretas); sistemas de escrutinio proporcional, preferencial, de lista cerrada, uninominales, en dos turnos para permitir asociaciones o compromisos... No hablemos ya del sistema refrendario de las dictaduras o de las democracias fuertes, en las que se puede plantear una forma de chantaje (en el español, sobre la OTAN no se votó en realidad la permanencia, o se votó a contrapelo, sino la necesidad de evitar la caída del partido gubernamental en medio de un caos); o que simplemente no se atienden si se pierden (Turquía, Chile son ejemplos de hace unos meses).

Frente a todo esto, el llamamiento seguía siendo el votar a toda costa, aun con la idea de que hacen falta muchos más votos de los razonables para cambiar apenas, muy levemente, una situación (como ha pasado en España en las dos últimas elecciones).

Cuando se sabía que el sistema electoral era solamente una tendencia adelantada hacia la participación de todo el pueblo, se ha producido este veloz hundimiento en la abstención. Sucede en todo el mundo que llamamos occidental. La marca de Estados Unidos este mes es muy alta.

Y aparecen las doctrinas favorables a la abstención. Han comenzado entrando por una puerta muy permitida, como es la del humor (en la televisión, en la Prensa, en el chiste callejero); han terminado en el ensayo y la psicología.

Toda la campaña electoral americana, desde antes de las primarias, ha estado esmaltada por los humoristas ridiculizando en particular a los candidatos y en general a la clase política. Los demócratas verdaderos comenzaron asustándose de este desgaste: empiezan a compartirlo.

Es también una situación española: se defiende con el humor en forma de libertad y de derecho cívico y, sin duda, lo es. Pero nunca se había pensado que era más importante que el arma del voto. Volviendo a Estados Unidos: se ha apoyado la forma de pensamiento abstencionista, después, en esta misma campaña, mostrada como decadente y trágica. El director del Comité para el Estudio del Electorado Americano, Curtis Gans, ha explicado: "Este año no hemos insistido en la obligación de votar en vista del comportamiento de la campaña. Es razonable que un votante diga: 'Nada en esta campaña aparece como importante para mí'. Lo que esta campaña dice expresamente es que nuestra política, conducida por televisión (television-driven, teledirigida) y su falta de claridad con respecto a las opciones, ha alcanzado un nivel que necesitamos enderezar".

Una institución tradicional, la Liga de Mujeres Votantes, se ha negado este año, por primera vez, a organizar debates y ha recibido miles de cartas de felicitación por no prestarse a contribuir al fraude: "Los candidatos están manipulados, la publicidad está manipulada", dice su presidenta. Richard Cloward y Frances Fox Piven han publicado un libro, Why americans don't vote; aseguran que la estructura de poder de Estados Unidos ha intentado desanimar a las personas de bajo nivel económico y otros grupos de fuera del poder para que ejerzan el derecho de votar: lo han conseguido (tomo estas citas de un artículo de Juan Williams en el International Herald Tribune). Es decir, el cumplimiento del viejo propósito, de la ilusión del ancien régime a partir de la Revolución Francesa, hace 200 años, de contener el acceso de las clases sociales dominadas a la participación en el poder. Y la afirmación de que, en efecto, la moralidad de votar, como otros códigos de conciencia, ética, moral y comportamiento, se han ido elaborando desde arriba para que lo cumplan en su favor los de abajo.

En los años sesenta este descubrimiento se hizo en forma de pequeñas o grandes revoluciones, que fueron todas convenientemente digeridas; asimilando su moral y no cumpliendo sus demandas. En este final de los ochenta se han convertido, en virtud de los ya conocidos desencanto, desapego, apatía o pensamiento cínico (en el sentido virtuoso de la palabra), en una decisión activa de no votar, de no aceptar el mandato moral del "deber cívico"; comienzan a considerarse seriamente las elecciones como un arma del eterno poder.

En Estados Unidos, menos de la mitad de los ciudadanos con edad de votar no lo han hecho conscientemente; de la otra parte, poco más de la mitad se ha pronunciado por Bush, que resulta así presidente. El presidente de una minoría, digamos de una cuarta parte por redondear, que es la que domina siempre sobre las otras tres. La reflexión hubiese sido la misma si hubiera ganado Dukakis. Y, probablemente, el resultado histórico también. Da igual.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de noviembre de 1988