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Editorial:

Un final entre bostezos

PASADO MAÑANA, los estadounidenses acudirán a las urnas para elegir a un nuevo presidente. Cerrarán así un proceso electoral sui generis, que empezó hace meses con elecciones primarias y caucuses de Estado, siguió durante el verano con la selección por cada partido de sus candidatos, y culminó con una campaña directa de más de dos meses en la que no faltaron algunos golpes bajos. Como es sabido, el sistema electoral de EE UU añade una complejidad más: los norteamericanos no eligen directamente a sus candidatos preferidos, sino que votan en cada Estado de la Unión por unos compromisarios que, constituidos en colegio electoral, designan finalmente al presidente. Un sistema indirecto más propio de otros tiempos, en los que la ausencia de una tecnología adecuada y la extensión del territorio propiciaban la delegación del voto. Hoy, la complejidad de los comicios favorece la abstención -importantísima en las últimas elecciones presidenciales y, según las previsiones, próxima al 50% en las del martes-, a la vez que condiciona la contienda, por los costes económicos de las campañas, a dos únicos partidos con posibilidades de alcanzar el poder.El abstencionismo, sin embargo, tiende a enmascarar injustamente un admirable procedimiento de participación ciudadana. Las papeletas de voto son un enorme tríptico en el que cada cual tiene que marcar sus opciones no sólo para la presidencia y vicepresidencia del país, sino para otros muchos requerimientos electorales: 12 Estados de la Unión eligen gobernador; se renuevan la totalidad de la Cámara de Representantes y 33 escaños del Senado; se eligen alcaldes, jefes de policía, jueces de distrito, y se vota a favor o en contra de enmiendas a la Constitución, a leyes del Estado o a reglamentos locales.

En el ámbito de las predicciones todo parece indicar que el republicano George Bush ocupará la Casa Blanca durante los próximos cuatro años, derrotando a su rival demócrata, Michael Dukakis. Hasta hace muy pocos días, las encuestas vaticinaban un triunfo aplastante del vicepresidente; hoy su ventaja se ha reducído, pero la diferencia sigue pareciendo insalvable.

A lo largo de estos últimos meses, el talante de la opinión norteamericana ha sido más bien pesimista. Contrariamente a lo que los ciudadanos siempre se atreven a esperar en un año de elecciones, no apareció en el firmamento político de EE UU el candidato mágico, esa mezcla de estrella, triunfador y líder carismático, capaz de llevar al país hacia nuevas fronteras, sin atentar por ello contra la prosperidad o el orgullo nacionaL En esta ocasión se espera al martes con un gigantesco bostezo colectivo. La actitud de los dos grandes diarios de la Costa Este es reveladora: The New York Times recomienda con poco entusiasmo que sus conciudadanos emitan un voto útil, "preferiblemente Dukakis". The Washington Post ni siquiera eso, a ninguno de los dos". La campaña ha sido aburrida, no ha conseguido despertar el entusiasmo, y al final va a dirimirse entre dos políticos poco brillantes, más que entre dos programas con garra.

Los estadounidenses siempre buscan a un Jack Kennedy, y la mayor parte de las veces acaban eligiendo a un Eisenhower. Y sin embargo, en la siempre ácida lucha por la designación de candidatos, han quedado en la cuneta políticos de valía; desde quienes ni siquiera entraron a la pelea, como el demócrata Mario Cuomo, hasta los que fueron derrotados en buena lid, como Bob Dole, Gary Hart o Jesse Jackson. En definitiva, las elecciones de 1988 ratifican la tendencia del país a votar en un espectro político que limita exclusivamente al centro y a la derecha, asumiendo su enraizado conservadurismo (no deja de ser paradójico que los dos candidatos a la vicepresidencia, el demócrata Bentsen y el republicano Quayle, sean dos políticos igualmente conservadores). Si Ronald Reagan -el gran comunicador, el hombre que se va porque constitucionalmente no puede ser reelegido por segunda vez- llegó a la Casa Blanca en la cresta de una ola de reafirmación nacional, el presidente de pasado mañana será ciertamente un moderado, pero de características muy distintas. Gane quien gane, el reaganismo se ha acabado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de noviembre de 1988