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Tribuna:LECTURAS DE VERANO

Boceto para una secretaria trastornada / 1

Alvaro Pombo es poeta y novelista. Ha publicado los libros de poemas Protocolos, Variaciones y Hacia una constitución política del año en curso. Es autor de Relatos sobre la falta de sustancia, El parecido (reeditada recientemente), El héroe de las mansardas de Mansard y El hijo adoptivo, dentro del género narrativo. Con estas dos últimas novelas copó el Premio Anagrama de novela de 1983 y la plaza de finalista en la primera convocatoria de dicho galardón. Boceto para una secretaria trastornada es una extraña historia de amor, seguramente no debidamente correspondido, que se publica en dos entregas a partir de hoy. En ella apenas sucede nada fuera del monólogo de la protagonista. Pero tras el discurrir primero melancólico y despué.s angustiado de la muchacha llega un final necesariamente inesperado.

"HACE UNA semana que no sé nada de ti, no vienes por aquí, no llamas por teléfono...". Cristina se detuvo en medio de la frase, sintiéndose ridícula. Por fin había conseguido hablar con César. Le había llamado a casa de su madre. Cosa desusada, casi prohibida. Su relación con César le pareció de pronto sembrada de acciones implícitamente prohibidas. No preguntar qué hacía cuando no estaba con ella, no querer internarse en su pasado, no preocuparse por el futuro común. Ni siquiera eso era un tema de conversación autorizado. No era la primera vez que Cristina se había sentido defraudada, confundida íntimamente, ahogada por todas aquellas circunspecciones. Pero hasta ahora, cada vez que reaparecían estas sensaciones de insignificancia y de fracaso, Cristina había reaccionado culpándose a sí misma. "No se puede", razonaba entre sí, "ya a mi edad sentirse frustrada a las primeras de cambio. Tengo lo que quiero. Y lo quiero como lo quiero tener, sin demasiados compromisos por mi parte porque tampoco yo deseo, ni he deseado nunca, comprometerme con César. No es justo culparle a él solo de unas reservas que yo soy la primera en fomentar". Ahora, sin embargo, hablando por teléfono con César, después de haber tratado de localizarle en vano durante toda una semana, Cristin no había podido reprimir la impaciencia, una especie aguda de impaciencia autocompasiva de la que comenzaba a avergonzarse ya con una vergüenza que paralizaba todos sus otros sentimientos y neutralizaba, invalidándolas, todas sus convicciones."Es que he tenido mucho trabajo", oyó decir a César. Y Cristina se avergonzó aún más -con vergüenza ajena ahora- al oír aquella disculpa, obviamente insuficiente, matrimonial, increíble "Bueno, da lo mismo, el caso es que por fin hablamos-. ¿Qué tal estás?''. "Bien, estoy bien, más o me nos como siempre... ¿Cuándo nos vemos?'.

UNA TARDE IMPORTANTE

Quedaron en verse aquella mis a tarde. Y Cristina se acicaló ante el espejo con más atención de lo habitual, como si fuera muy importante para ella aquella tarde y no una tarde más dentro de un largo y monótono noviazgo. Llevaban ya cuatro años juntos. Un noviazgo indefinido que ninguno de los dos había tenido interés en transformar en una relación más estable. ¿Ninguno de los dos? Cristina no se sentía segura del todo esta tarde, mientras se pinta ba los labios. ¿Qué añadiría la estabilidad a la relación que ya existía? Probablemente nada esencial. Los dos estaban muy ocupados durante la semana. A los dos les venía bien aquel arreglo de pasar juntos la noche del sábado al do mingo, más, casi siempre a insistencia de Cristina, algún día extra entre semana, a convenir telefónicamente a última hora. Pasaban juntos 15 días en cualquier sitio de playa durante el mes de agosto. Cristina estaba convencida -o había creído estarlo hasta esta tarde- de que su relación con César se renovaba continuamente gracias a ese calculado distanciamiento. Una relación así le parecía más auténtica, más comprensible, más libre que cualquier otra. Y de pronto, ahora -quizá no sólo ahora mismo, sino más bien últimamente-, la insistencia con que se esforzaba en asegurarse a sí misma que tenía la relación que quería tener se le había vuelto sospechosa. Como si alguien (alguien inimaginable e inexistente, puesto que Cristina no tenía amistad íntima con nadie, sólo con César) tratara tercamente de convencerla de la realidad y la firmeza de algo que poco a poco iba ante sus ojos disolviéndose en detalles contradictorios, en sentimientos contra puestos, o informulados, o insatisfechos. O en comparaciones odiosas. Comparaciones fantasmales con recuerdos. "Soy una calamidad", iba pensando Cristina cuando salió a la calle, mientras esperaba el autobús.

NOSTALGIA

Habían quedado en versé en la Puerta de Alcalá, a la entrada del Retiro. El otoño lo había contagiado todo de inutilidad y de nostalgia. Y Cristina, que había llegado primero y que llevaba ya 20 minutos esperando, sintió agudamente esa nostalgia, aquel abismo dulzón, intestinal, que se abría entre su desee de volver a ver a César y un pesimismo anticipado, una sensación ligera de mareo. Nada saldría de esta vez hoy tampoco. Era como si todas las reuniones se hubieran celebrado ya y fuera ya indiferente reunirse una vez más o no reunirse nunca. "Estoy dejándome arrastrar por la melancolía", pensó Cristina. Y paseó enérgicamente de un lado a otro ante las nobles verjas de la entrada, yendo desde la salida del paso de peatones hasta el semáforo de Alfonso XIL Un hombre de mediana edad, gris, no muy alto, la seguía con la vista. Por evitar aquella mirada insistente, como un tábano, se metió en el parque, se sentó en las escaleras junto a la fuentecilla y el estanque. Cesar llegó por fin. Cristina tardó en verle unos minutos. Cuando le vio, de espaldas, esperándola, le dio un vuelco el corazón. Y al acercarse a él volvía a sentir, como una oleada, la atracción de siempre, más intensa esta tarde que la difusa angustia impronunciable de un recuerdo que la caediza luz, el tornasol cobrizo de las arboledas, insistentemente parecían querer sacar a flote. Cristina llamaba estar enamorada de César a aquel sentimiento independiente, más fuerte que la angustia del recuerdo, que no casaba nunca del todo con el resto de sus sentimientos, con su habitual prudencia, con sus pesimismos, sus cautelas.

"¿Dónde te has metido? Llevaba ya media hora esperándote y me metí un poco en el Retiro para que no me mirara el tipo ese de ahí, el viejo ese. Vamos a ver, ¿dónde te has metido? Te lo pregunto por preguntarlo, porque sé que no me vas a contestar. Y me da igual. Me da lo mismo. No siento ninguna curiosidad por saberlo. Sí, sí, ninguna. Sencillamente, estoy contenta de verte aquí conmigo, me alegro de volver a verte. Tengo ganas de hablar, muchísimas ganas de hablar, el otoño me da gana de hablar, gana de meren-

Boceto para una secretaria trastornada

dar; si quieres te convido a merendar. Tú, como nunca tienes gana, así estás de cachas y de hermoso. A mí el otoño me da gana de hablar, pero unas ganas locas... Parece que todo tiene menos importancia, ¿no? Todo es cobrizo, ligero, va a durar muy poco, dentro de nada lo cubrirá todo la nieve, o las escarchas, todo Madrid se quedará sin gente, adiós Madrid que te quedas sin gente, lo mismo que en agosto, pero todo helado, :se irán todos al Sur, a Andalucía, y nos pasearemos tú y yo por un Madrid vacío, sin un alma, ni un alma, como después de una explosión nuclear, lástima de bomba, si cayera seríamos tú y yo los únicos supervivientes, y hale, a entrar a saco en Loewe a robar bolsos y corbatitas de seda natural, un buen bombazo de película... Siempre, ¿sabes?, pero siempre que estoy contigo tengo la sensación de que he de hablar y hablar para que algo ocurra, para provocarte, no sé, para matarte, para distraerte de tus muchas distracciones, para nada, porque tú crees que yo soy igual que todas, y en eso, mira, te equivocas, como no hablas, tú te callas, tú te quedas ahí tan lindo, sin decir oste ni moste, un día voy a decir algo sorprendente, una cosa que nunca hayas oído. Y no creo que sirva para nada, eh. Pero, en fin, de algo hay que hablar, yo por lo menos. Tenemos que hablar de algo, eh, ¿de qué hablamos?..."."¿Qué te pasa, mujer, por qué estás tan nerviosa?"', preguntó César. Y era verdad que se había puesto nerviosa, taquicárdica, excitada por sus propias palabras. Ni ella misma lo entendía. Se sentó en un banco. Se echó a llorar. César se sentó a su lado. "Tú dirás...", dijo. Cristina se secó las lágrimas rápidamente, echó hacia atrás el pelo con las dos manos. Se quedó mirando a César de hito en hito, hasta que César desvió la vista. "Deberíamos dejarlo", dijo por fin Cristina; "no tenemos nada en común". "Cómo tú quieras" dijo César, aspirando el humo de un fortuna recién encendido. "Pero siempre hemos dicho que era mejor así, no teniendo nada en común, las distancias nos aproximan más que las familiaridades. Lo hemos dicho, ¿sí o no?". César precía haber quedado exhausto, aunque aliviado, después de este pronunciamiento. Quizá fue la sensación de alivio lo que le movió a adentrarse un poco en metafísicas: "Ser hombre y ser mujer consiste en eso, ¿a ver, si no?, en ser completamente distintos uno y otro. O sea, que cada cual es cada cual". César dio otra larga chupada al fortuna. Iba ya por la mitad. "No sé de qué hablas, ¿sabes, César? No he entendido nada. Y estoy sorprendida de mí misma. No tenía idea de llorar. Pero es que ni idea. No tengo motivo. Ningún reproche que hacerte. Nada. Debe ser el otoño". Y en la expresión blanca de Cristina, la imposibilidad de seguir se unió a la imposibilidad de no seguir en una única mueca, mitad benevolente, mitad blanda, un gesto irresoluto. Un gesto cómico, como un remoto signo de locura.COMO HORMIGAS

Continuaron el paseo. Los dos se habían levantado a la vez del banco. Y ese movimiento automático, común a los dos, de levantarse, desazonó a Cristina repentinamente mucho más que su incomprensible llanto, mucho más que su frustrado deseo de arrojarse en brazos de César y estrecharse en sus brazos para siempre. Mucho más que toda una semana sin recibir señales de comunicación. Pasearon durante un hora. Una hora y media, dos horas. A buen paso, picado y silencioso. Una caminata que no acababa nunca, que parecía no haber empezado nunca. Cristina caminaba cabizbaja, arrastrando un poco los pies en los montones de hojas secas, como a la salida del instituto.

Varias veces estuvo a punto de decir que no sabía lo que la pasaba; y varias veces dejó de decirlo por prudencia. Pensó: "Ahora tengo que ser muy prudente". Y pensó: "Ahora es de pronto igual que la otra vez. Con mi primer amor". Y se vio Cristina en este punto acometida por las analogías como hormigas. Como quien habiéndose sentado por descuido casi encima de un hormiguero, en un camino polvoriento, descubre (le repente toda la pierna cubierta de hormiguillas que corretean alocadamente. Y por un instante la (16sorientación de las hormigas que acarrean sus inverosímiles granos, campanillas de avena gigantescas, se comunica a quien acaba de sentarse, mientras se sacude las hormigas, brevemente espantado, convertido en res cogitans. De la misma manera que César, sin rechazarla, la rechazaba ahora (ahora y siempre), así también la había rechazado su primer amor allá en el instituto, oh el brillante, el indeciso pasado.

Ahora paseaban más despacio. La mano derecha de Cristina y la mano izquierda de César se balanceaban ligeramente, casualmente rozándose. ¡Cuánto había deseado rozarse así, sólo la mano, al pasear por el Retiro, aquel otro Retiro del pasado, brillantísimo otoño! Una escena casi igual, un caso casi igual, una mano casi igual. Le daban asco a Cristina las manos de las niñas, blancas, graciosas, blandas como sus propias manos, las medias lunas de las uñas, aquellas manitas escolares un poco sudorosas, todas las repugnantes otras niñas con sus miles de trajecitos diferentes, igualitos todos, sus collarcitos diferentes, igualitos todos, sus collarcitos y sus sortijitas y sus cuerpecitos lindos de molusco, idénticos al suyo... Algunas niñas, otras niñas, se acariciaban entre sí, se hacían confidencias, se sentaban juntas, salían juntas, hablaban juntas de los chicos, las mujercitas del día de mañana, con ya sus grandes culos, tetitas incipientes, todo incipiente, como el flujo y reflujo de su propia regla...

Cristina recordaba cuatro y cinco veces al día, horrorizada de su propio olor, oliendo más olores de los que en realidad podían olerse, avergonzada de sus propias formas, aquellas aborrecibles caderas anchas, los bracitos redondos, las medias, los sostencillos, las bragas, las sabidurías milimétricas de las niñas de quinto y sexto curso, las lacas de las uñas de sus madres, los plumieres, las mierdecitas de los papelitos, los dijes... Se enamoró de aquel chico, un compañero, porque era lo contrario Iba vestido siempre igual, tan fácil Un chico modesto, alto como César, menos guapo quizá que César, pero también moreno, más delgado; los brazos eran largos, las manos eran grandes, los calzoncillos serían puercos, de algodón, o no llevaría, a lo mejor, calzoncillos. Se enamoró de todos los chicos juntos en aquél. Y deseó ser desbaratada por aquellas piernas, brazos, la irrepresentable verga negra y colorada.

Cristina no tenía hermanos. Su padre era un hombre amable, una persona dócil, un hombre gordo. Cristina, claro, le quería, temiendo imaginársele desnudo. Y luego las películas. Las películas que no servían para figurarse de verdad a ningún chico. Cristina jamás pegó fotografías de caras de actores en las paredes de su cuarto. Le hubiera gustado pegar sus genitales. ¡Semejante horror! Se avergonzaba de eso. De toda aquella proliferante semoviente semiconsciente turba. Por eso el chico aquel fue para ella, junto con su primer amor, su primer modo de tranquilizarse un poco. Pensando en él durante las clases se sentía justificada e inocente. Así que creyó, después de darle muchas vueltas (o dejar pasar lo que en aquel momento le parecía ser muchísimo tiempo, cosa de dos meses), que por fin podía dirigirse al chico aquel de igual a igual, llegar a ser quizá su novia. Comprobó entonces, primero con sorpresa y luego con angustia, que entre los dos se tendía casi infinitamente una distancia.

Por fin, un mediodía, salieron juntos del instituto, a las dos. El chico la acompañó a su casa. O, mejor dicho, la dejó, al pasar, a la puerta de su casa, porque la casa de aquel chico quedaba en la misma dirección que la de Cristina, de suerte que acompañarla podía muy bien interpretarse como una simple coincidencia. Pero Cristina no lo interpretó así. Durante toda aquella tarde y toda la mañana siguiente se imaginó que el chico la había acompañado adrede porque estaba interesado en ella. Pero por lo visto no. Por lo visto fue una coincidencia. Y esto se fue viendo más claro cada vez durante la semana siguiente y la siguiente y la otra. Y lo más horroroso de aquel chico era que lo más atractivo que tenía venía en resumidas cuentas a sumarse en el hecho de que no la hiciera, en realidad, el menor caso. Y llegó el verano, un verano agotador, inacabable. Y un otoño, como ahora, brillantísimo, definitivamente melancólico.

César y Cristina habían llegado ya al Ángel caído. Y parecía que el ángel aleteaba de verdad y que se retorcía entre serpientes en el precipitante crepúsculo. Y había en toda la zona abierta de la Rosaleda un brillo sucio, frágil, de oro, y polvo casi cristalino, distanciador. Mudo.

"¿Sabes, César?", dijo Cristina de pronto, sin levantar apenas la cabeza, sin mirarle, "casi me gustaría que fueras mariquita, ya ves tú".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 1985

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  • César y Cristina habían llegado ya al 'Angel caído'. Y parecía que el ángel aleteaba de verdad y que se retorcía entre serpientes en el precipitante crepúsculo. Y había en toda la zona abierta de la Rosaleda un brillo sucio,frágil, de oro, y polvo casi cristalino, distanciador.
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