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Leedores y lectores

Con explicable frecuencia nos lamentamos de lo poco que se lee en España. Aunque la queja suele ser interesada al proceder de las gentes que viven del libro, todos barruntamos que el hecho en sí debe ser grave, pero de difícil remedio. Importa hacerse cargo de los factores de muy diversa índole que lo producen para no convertir nuestro plañir en simple reproche al Gobierno por no hacer en este campo lo que debiera. Y no es que la política del libro sea ni remotamente satisfactoria, pero antes de plantear una alternativa conviene delimitar aquello que puede y debe hacer la Administración, entre lo mucho que está fuera de su alcance. Los problemas que hunden sus raíces profundamente en la sociedad no admiten fáciles soluciones administrativas.Cierto que no vendría mal que la Administración gastara más, y sobre todo de mejor manera, en hacer asequible el libro a los ciudadanos. Pero a nadie se le oculta que el problema, teniendo una vertiente económica indiscutible, de ningún modo se agota en ella. Frente a la protesta indiferenciada que se concreta únicamente en pedir más dinero hay que dejar constancia de algo tan obvio como que el desarrollo cultural no estriba exclusivamente en la cantidad de recursos que se asignan a este objetivo, ni siquiera, aunque esto ya signifique un avance enorme, en conseguir una utilización más racional. La magnitud de los medios disponibles, así como la racionalidad en su empleo -cuanto más pobre un país, más dado al despilfarro- son factores dependientes de otros más difíciles de detectar que englobamos en la noción de cultura. La cultura de un pueblo no es el resultado de su capacidad económica, sino a la inversa, el potencial económico es índice de un desarrollo cultural avanzado. Ya es hora de poner en solfa tanto materialismo vulgar, criticando la reducción de cualquier problema a sus aspectos crematísticos.

Empecemos por denunciar la esquizofrenia que caracteriza a los productores de cualquier bien o servicio: pintan los males del intervencionismo estatal con los tintes más negros, reclamando a la vez subvenciones y franquicias para salir del atolladero. En la producción de bienes culturales, que por idiosincrasia se adaptan mal a las leyes del mercado, esta esquizofrenia llega al paroxismo. Todos concuerdan en delatar los peligros patentes del dirigismo estatal, a la vez que exigen una mayor participación en los presupuestos del Estado. Entre el Escila de la intervención estatal y el Caribdis del marchitamiento de cualquier actividad cultural sin apoyo público, es preciso encontrar el paso angosto por el que navegar sin encallar.

En la lucha de los distintos sectores económicos por una parte creciente de los presupuestos estatales, indudablemente no son los productores de bienes culturales los que se encuentran en la posición más fuerte. Puede pronosticarse para los años venideros una congelación, cuando no incluso un descenso, de los recursos públicos dedicados a la creación cultural. En fin de cuentas, en ningún otro campo resulta menos clara la relación entre el monto de inversión y los logros inmediatamente perceptibles; no en vano la cultura tiene preferentemente que ver con criterios de calidad, y éstos, además de ser subjetivos, no se dejan medir fácilmente. En abstracto se podrá reconocer tanto la interdependencia del desarrollo cultural, científico, tecnológico y educativo, así como la enorme incidencia que todos ellos ejercen sobre la economía; en la práctica, faltos de grupos de presión lo bastante fuertes para imponer sus criterios, por lo demás discordantes y vaporosos, los creadores de cultura se verán cada vez más relajados.

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Por mucho que exaspere a la clientela socialista, abundante en los medios culturales y científicos, no cabe esperar ya que este Gobierno salga de los caminos trillados, redistribuyendo el presupuesto de manera un poco más imaginativa al contar con una política cultural de nuevo cuño. Mientras que la cultura se entienda bien como un lujo de elites que tiene que costearse una sociedad que ha llegado a un cierto grado de bienestar, bien como el solaz del pueblo para que olvide su subordinación real, creyéndose por unas horas el verdadero protagonista, no hay tampoco por qué dolerse demasiado de que se reduzcan los presupuestos culturales. La política cultural socialista, balanceándose entre estos dos polos, ha conseguido reforzar en la sociedad española el viejo prejuicio de la derecha: dinero gastado en cultura es dinero tirado. ¡Qué duda cabe que existen necesidades más frecuentemente sentidas que gastar los pocos recursos disponibles en obras de prestigio o en fiestas populares!

Si en compañía de tanto ciudadano defraudado abandonamos un enfoque político y nos preguntamos por las causas de la escasa vigencia que tiene la lectura en nuestro entorno social, puede resultar útil la distinción entre leedores y lectores que establece Pedro Salinas en un hermoso ensayo en Defensa de la lectura. Leedor es aquel que posee los conocimientos suficientes para enterarse del contenido de un texto escrito que necesita para su formación. Es imnumerable, hoy en día también indispensable, la información que se transmite por escrito, desde el rótulo de una calle hasta la guía telefónica, que nos obliga a un ejercicio permanente de lectura. En las ciudades repletas de anuncios y vallas publicitarias todos somos leedores, aun a pesar nuestro, con la sola excepción de la minoría decreciente (?) de analfabetos que, para nuestra vergüenza colectiva, todavía conservamos. Lector, en cambio, es "el que lee por leer, por el puro gusto de leer, por amor invencible al libro, por ganas de estarse

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Leedores y lectores

Viene de la página 9con él horas y horas, lo mismo que se quedaría con la amada; por recreo de pasarse las tardes sintiendo correr, acompasados, los versos del libro y las ondas del río en cuya margen se recuesta. Ningún ánimo en él de sacar de lo que está leyendo ganancia material, ascensos, dineros, noticias concretas que le aúpen en la social escala, nada que esté más allá del libro mismo y de su mundo".

La lectura es un medio imprescindible para recabar información que podemos utilizar para los más diversos fines; la lectura también es un modo de ser, de hacerse humano, cuya finalidad se logra en la entrega generosa al libro.

Tratándose de dos fenómenos tan distintos, bueno será diferenciar un problema de la lectura, visto desde el ángulo del leedor, de otro muy diferente, que se plantea desde la perspectiva del lector. Existen o han existido sociedades en las que los leedores constituyen una minoría en el inmenso océano de analfabetos, pero entre aquéllos predominan los lectores; otras, en las que ha crecido el número de leedores y de lectores, manteniéndose una relación constante entre ambos; otras, en cambio, en las que los leedores parecen desplazar a los lectores a una marginalidad cada vez más insignificante. ¿Cómo clasificar a la España actual desde estos criterios?

Lo primero que hay que resaltar es que si bien vivimos en una sociedad alfabetizada, los leedores recurren a la lectura lo menos posible. Siempre que haya opción se prefiere cualquier otro medio, desde las tertulias, que hoy se han desplazado de los cafés a las oficinas, los círculos de amistades o las relaciones entre vecinos, a escuchar la radio o ver la televisión. El español sólo se entera de aquello que: llega a su oído. La noticia que ¡aparece en el periódico no lo es cabalmente hasta que se comenta; el escritor no existe hasta que se habla de él. El predominio de la comunicación oral sigue siendo uno de los rasgos fundamentales de nuestra sociedad, recordándonos tanto lo reciente de nuestra alfabetización como el auge que tuvo entre nosotros la tradición oral: el romancero es gesta única de la que nos podemos sentir orgullosos.

Sólo en una sociedad de tan claro dominio de la comunicación oral el rumor puede adquirir la importancia crucial que tiene en la nuestra. Vivimos de él en el franquismo, pero el que el restablecimiento de las libertades públicas en nada haya cercenado su imperio es prueba convincente de lo fuertemente que ha arraigado. El español no conoce otro modo de participación política que a través del rumor, el chisme, la habladuría. Si a ello añadimos esa filosofía maligna que rezuman proverbios como "Piensa mal y acertarás", "Cuando el río suena, agua lleva", se explica lo emponzoñada, servil, intrigante que, al menos desde la perspectiva de sus receptores, aparece la actividad política. Cualquier análisis de la política española ha de partir de este carácter marcadamente oral de nuestra cultura.

Lo grave es que el sistema de educación lo refuerza y lo perpetúa; hasta la enseñanza superior está basada en el monólogo ininterrumpido del profesor. Lo más angustioso de la falta escandalosa de libros en nuestras universidades es que apenas se echan de menos. La actividad docente, como en los tiempos anteriores a la invención de la imprenta, gira en torno a la lección magistral, sin necesidad de otro apoyo escrito que el libro de texto, en el mejor de los casos, y los malhadados apuntes, en el más frecuente. Conozco quien se ha licenciado sin haber leído un solo libro -de oído y con los apuntes ha ido sobreviviendo- para pasar luego a aprenderse de memoria 500 temas, preparados y condensados por la academia de turno. La lección magistral, los apuntes, los demás, por un lado, y la memorización de sus contenidos para pasar las distintas pruebas, por otro, hacen innecesaria, si no contraproducente, la lectura de libros. Si alguno cayera en la tentación de leer y, después de orientarse bibliográficamente, realizarse la proeza de encontrar los títulos buscados en las bibliotecas públicas, ya no tendría tiempo para aprender lo que exigen los programas, dudando, además, de la validez de lo que le piden reproducir miméticarnente.

La Universidad no educa para leer, sino, en el mejor de los casos, para opositar, diferenciándose tres grupos de alumnos: una mayoría que pierde tristemente el tiempo, pues ni escucha, lee o memoriza, y dos minorías, la de los leedores, que a veces se convierten en lectores, quedando fuera de juego, y la de los opositores, dispuestos a aprenderse de memoria los temarios que les echen al coleto por absurdos que sean. Un estudio detallado de los temas que exigen en las oposiciones no sólo revelaría lo poco que tienen que ver con la actividad profesional que luego se espera que desarrollen, sino, sobre todo, lo desfasados e insostenibles que son desde el nivel actual de conocimientos. Con los sistemas todavía. vigentes de enseñanza y de selección se comprende que el rasgo más sobresaliente de nuestras elites sea el que reducen la lectura al mínimo imprescindible. Los que sólo leyeron apuntes y temarios, en su vida profesional se satisfacen con los informes y documentos que pasen por su mesa. El libro no ocupa una posición demasiado significativa en la vida profesional de los españoles.

La conversión del leedor en lector es un proceso psicosocial extraordinariamene complejo, que no cabe condensar en pocas líneas. Al margen de la vida profesional, manteniéndose oculto, no conviene adquirir fama de raro, lo encontramos en las más distintas actividades. Nada me parece más urgente para diseñar el perfil cultura¡ de España que un estudio sociológico sobre la fisonomía del lector. Las ventas de libros nos revelan que su número es escaso y cuáles son sus preferencias. Lo demás es un misterio. ¿Quién saca horas al día para el vicio de la lectura?, ¿qué influencia social, si alguna, ejercen estas personas inteligentes y sensibles que, huyendo del mundanal ruido, se entregan, generosas, al placer de leer sin otra finalidad que ser fieles a sí mismas? ¿Predomina la mujer o el varón, la primera juventud o la edad adulta, el habitante de la gran ciudad o el que goza del sosiego de la vida provinciana? ¿Existen acaso diferencias sustanciales entre los distintos pueblos de España? ¿Cómo pudieron descubrir el hechizo de la lectura y permanecer fieles a ella en ambiente tan hostil? De una respuesta aproximada a estas preguntas depende mucho más que una política adecuada del libro, al poner de manifiesto las razones de la actual mediocridad, de la inmoralidad creciente, de la rápida disolución de la sociedad española. Pues aunque a algunos parezca exagerado o paradójico, en las condiciones del mundo de hoy una sociedad sin lectura resulta a la larga inviable.

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