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Maradona

Rosa Montero

Entre mis múltiples ignorancias, quizá sea la del fútbol la más profunda. Jamás he asistido a un partido, cambio de canal cuando retransmiten un encuentro y me salto impúdicamente las páginas que los periódicos dedican a este tema. Pero, a pesar de estar sumida en la más oscura sima del analfabetismo futbolero, no he podido por menos que sobrecogerme ante la noticia: ya no queremos a Maradona. Qué desastre.Da lo mismo que no haya visto nunca en acción a Diego Armando: le conozco como si de mi hermano se tratara. Son muchos meses de verle en las revistas, en la tele, en los diarios. Me sé su edad, su vida y el estado de su hígado y de sus rótulas. Conozco a su novia Claudia y a su parentela más cercana. La implantación social del fútbol es tal que incluso los legos en la materia hemos aprendido a convivir con Maradona. Diego Armando se convirtió en nuestro orgullo, joya de la corona deportiva, sangre de nuestra sangre, hijo amantísimo. En puridad no pertenecía al Barcelona, sino al Patrimonio Nacional. Maradona nos enseñaba a comer hamburguesas, palmeaba cabecitas de niños, nos advertía de los peligros de la droga. Yo me había acostumbrado a considerarle cosa mía. Pero ahora, de repente, todo cambia: ya no queremos a Maradona. La confusion me embarga.

Y aún hay más. Apuremos este amargo cáliz hasta el fondo y digamos lo peor: Maradona tampoco nos quiere ya a nosotros. Ahí esta el chico, arrinconado y solo, con el único apoyo moral de ese amigo suyo que tiene nombre de pala ex cavadora, el Czysterpiler ése, escrito sea con zeta más o menos. Ahí está el muchacho, poniéndole velas a santa Rita para que el Barcelona le traspase. Tan sonriente y simpático que era y ahora nos odia. Tan paternales y afectuosos que parecíamos y ahora le echamos. Así caen los imperios, así se deterioran y fragmentan las pasiones. No hay ejemplo más claro del desamor, de la fugacidad de la vida, de lo evanescente de la gloria. El caso Maradona es una parábola ejemplar que conmueve el ánimo, favorece la meditación y propicia trances metafísicos.

Para que luego digan que el fútbol no cultiva los espíritus.

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