Tribuna:La elipseTribuna
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1 jueves

Informa este periódico de que Antonio Gala ha terminado en el Albaicín su serie de Paisajes con figuras, para Televisión Española, que constará de 26 capítulos. Los últimos que ha escrito el dramaturgo se construyen en torno a Cisneros, Ana de Austria, el Greco, el príncipe de Viana, Jovellanos, Gaudí y Larra. Cuando la anterior serie, controvertida, pero generalmente bien aceptada, me parece que nadie dijo lo que a mí me era esencial: que el acierto estaba en la situación de las figuras en el paisaje, en su paisaje, y que éste era el protagonista de todos los episodios. Y no se trata, naturalmente, de jugar a don Hipólito Taine (a quien Fernando Savater acaba de colocar la última cebada envenenada en el rabo, en las jornadas interrogativas de Gerona, hablando irónicamente de la España varia: ¿cómo es que no invitaron a maestro Laín, que es quien prímero y antes que nadie se ha repreguntado por España, recogiendo todas las preguntas anteriores, históricas?). Taine tiene su último discípulo inopinado y coherentemente decimonónico en Tejero y su carta de vinos, inolvidable, sobre España. No se trata, pues, de que el personaje quede condicionado por los riachuelos y los repechos de su geografía habitual, que eso no es su circunstancia orteguiana ni su ecología greenpace. Se trata, en un lírico como Gala, de que el paisaje, rural o urbano, nos dé y explique por sí mismo el clima de época, con lo que, como de paso, queda más explicado el personaje a tratar. Es lo que uno llamaría la función historiadora del paisaje. El paisaje haciendo de Historia. Por eso hay que rodar cada episodio en su sitio. Y esto, el clima de época, sólo suelen darlo los escritores, ya que al historiador profesional se le escapan las brisas por entre las fichas. A medias entre el nihilismo geográfico de unos y el fanatismo pedáneo de otros, Gala consiguió en su primera serie (esperamos que también en la segunda) un delicado equilibrio: la figura histórica en su clima, como la da Velázquez, como la dan los maestros holandeses. Como la da la vida.

2 viernes

Me llega invitación del Siglo XXI para un debate de Ruiz-Gallardón sobre el aborto. Parece que va a coloquiar con una dama. Aparte ideologías -y aparte la habilidad/labilidad con que José María le entra a todos los temas-, lo que a uno comienza a parecerle razonable es que también en la derecha estos temas sexuales y genitales comiéncen a tratarlos los seglares autorizados: y quién, en temas tales, no está autorizado, siquiera por la experiencia personal. La gran ironía del funmanentismo, el fundamentalismo y el esencialismo es que la vida sexual la han regido siempre unos ciudadanos -el clero- que empezaban por confesarse ajenos a cualquier clase de sexualidad. Pero el erotismo no es una cosa dada, zoológica (en esto se contradicen y rebajan al hombre), sino un hecho cultural. Como hubiera dicho don Antonio, también el sexo se inventa. La Iglesia, en este orden, no ha inventado nada. La Iglesia, más bien, desinventa el progreso.

3 sábado

El corporativismo es pequeño-burgués y mesocrático. El corporativismo armado, como ahora quiere armarse en España, "contra el terror y la delincuencia", es ya un fascismo larvado. Hay guardianes armados más o menos profesional es, o siquiera con licencia de armas, hay mercaderes de la seguridad -verjas, rejas, alarmas, blindajes- que recorren a diario, corredores del comercio siniestro del alarmismo, viajantes del miedo, las pequeñas y medianas tiendas de Madrid, ofreciendo sus servicios y protección. Chicago años 30. Es toda una mesocracia postgaldosiana y prefaseista la de algunos empresarios de barriada y comerciantes de semiesquina que han decidido organizar su western vecinal, pues que para ellos la democracia es como el Lejano Oeste. Ha nacido, sobre todo, sí, la industria del miedo, que se incrementa cada día y ejerce presiones corporativistas, personales o psicológicas sobre la cotidianidad de las mercaderías. Su mercadería es el miedo y su fascinación la violencia, la de la justicia por la propia mano. La oferta del miedo precede siempre al terror que, ya -ay- no ofrece nada.

4 domingo

La baby boom generation parece que es lo que mola. Según los entomólogos yanquis que estudian estas cosas y nos entomologizan a diario (seguidos muy de cerca por los españoles), de una generación deliberadamente poco fecunda nace otra generación poco fecunda, hasta que el sexo pega el salto cualitativo, que es el que se pega siempre, para salvarse de la entropía, y viene otra generación de quintillizos. La última, que fue la de los felices 60 y los primeros 70, dio a Kerouac: y los beats, Gingsberg y los hippies, Rudy el Rojo y Mayo/68, los venecianos y Pere Gimferrer, las feministas con botas amazónicas bajo la falda ad/lib, y Montserrat Roig, a quien leo en Madrid y beso en Barcelona, que ha venido a una presentación de un book mío. Y ahora estamos con los babies de los babies (esto es sociología estructural y no literatura), o sea, los hijos de las madres terribles que amé tanto, y que son otra vez una generación reventona. La segunda baby boom generation, o sea ahora mismo, se caracteriza por la multiplicación indiscriminada y el consumo de hamburguers de la casa, la música de Michael Jackson (vienen de teuve a preguntarme sobre este nuevo juglar del blue), el sexo de Brooks Shields y las motos suicidas. Visten ya de marcianos, para enrollarse bien cuando lleguen los marcianos, estudian y/o trabajan y hacen fines de semana que comienzan el viernes por la tarde y terminan el lunes, dos horas antes de volver a casa, "sucio de besos y arena", que hubiera dicho Lorca: la del 27 sí que fue una baby boom generation, que eran treinta poetas y todos buenos. Tengo en la familia una baby boom generation, Carola y catalana, de 20 años, que riñe a los adultos y quema automóviles como Miguel Strogoff reventaba caballos. Esta niña parece el Correo del Zar. La amo/la amo. Para la segunda baby boom generation todos somos carrozas con trenka, practicantes de una extraña y penúltima religión que se llama política. Ellos passan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 03 de marzo de 1984.

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