Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Ante la necesidad de generar capital a riesgo

En septiembre se celebrará en Madrid el VII Congreso Mundial de Economía, en el que varios especialistas en la materia, entre ellos el autor de este artículo, abordarán las perspectivas de la oferta de capital. El tema es de indudable actualidad. La revitalización de las economías occidentales, incluida la española, requiere inversiones productivas en gran escala.

Los países menos avanzados, en Europa oriental y en el Tercer Mundo, están deseosos de acortar distancias, lo cual no será posible sin una fuerte y tenaz formación de capital fijo. Para generar empleo y reducir así el persistente paro laboral manteniendo elevados los niveles de productividad, tendrán que aumentar considerablemente las inversiones del sector privado. La creciente penuria de algunos recursos naturales exige innovaciones sustitutivas o directamente ahorrativas de las materias primas en cuestión. La búsqueda de más calidad de vida en nuestros países también crea una importante demanda de innovaciones. Existen, pues, innumerables oportunidades de inversión productiva en el mundo. Pero parece que es insuficiente la disponibilidad de capital a riesgo.Este problema se viene gestando desde hace tiempo y tiene raíces económicas e institucionales. Las raíces económicas se remontan al período de fuerte inflación durante los años setenta. Entonces se deprimieron los tipos de interés real con la consecuencia de que el ahorro voluntario decayera, el consumo suntuario aumentara y la inversión fuera cada vez menos productiva.

El despilfarro de capital está a la vista de todos: muchos ciudadanos han invertido en la adquisición de inmuebles, colecciones de cuadros, joyas o coches de lujo. Muchas empresas han implantado procesos de fabricación excesivamente capital-intensivos (reduciendo así las oportunidades de empleo) y han instalado sus oficinas en pomposos edificios. Muchos Gobiernos han aumentado fuertemente sus gastos consuntivos, han acometido inversiones en proyectos de prestigio nacional más que de rentabilidad económica y se han endeudado de tal forma que los países (no sólo Polonia, México y Brasil) se encuentran ahora al borde de la quiebra financiera, y el sistema monetario internacional ve comprometida su estabilidad y viabilidad.

La hora de la verdad llegó cuando el ritmo de inflación se hizo insostenible. A finales de los años setenta, las políticas monetarias en Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania Occidental y otros países de la OCDE se hicieron muy restrictivas y mantuvieron esta tónica hasta mediados de 1982, con el fin de doblegar las expectativas inflacionarias. Los tipos de interés real subieron repentinamente a niveles inverosímiles, quedando de manifiesto cómo la droga inflacionaria había malversado recursos escasos en inversiones no productivas en todas las partes del mundo.

El que los tipos de interés sigan altos a pesar de que las políticas monetarias nacionales son ahora expansivas se debe a que los ahorradores y acreedores padecen del fenómeno de la ilusión monetaria negativa: escarmentados por la experiencia reciente de haber sido explotados, no se flan ya de las promesas que vienen haciendo los Gobiernos en el sentido de querer velar por la estabilidad monetaria. Y efectivamente, en vista de los cuantiosos déficit públicos, la persistencia del estancamiento económico y el crónico paro laboral ,sin remitir, no está fuera de lugar el temer que los Gobiernos vuelvan a intentar fomentar el crecimiento de la economía por la vía inflacionaria (lo cual no haría más que perpetuar la crisis). Este temor ante la inflación futura se anticipa ya hoy en los tipos de interés en forma de una prima al riesgo para los oferentes de capital. Las quejas sobre los altos tipos de interés en Estados Unidos, tan de moda en estos días, descuidan este aspecto. Valdría más estudiar el porqué Suiza sí ha podido desvincular sus tipos de interés de los norteamericanos.

Pero se interponen también obstáculos institucionales a una mayor oferta de capital a riesgo, sobre todo en Europa occidental y los países en desarrollo. En estos últimos, o no existe un mercado de capital o predomina la represión financiera, caracterizada por imponer administrativamente topes a los tipos de interés pasivos de la banca. En estas condiciones, los ahorros no se canalizan a través del mercado de capital o el sistema crediticio, sino que se atesoran particularmente o se transfieren (ilegalmente) al extranjero.

En Europa occidental, el sistema impositivo generalmente discrimina contra la formación de capital: el impuesto sobre la renta grava la parte de los ingresos que se ahorran igual que la parte que se gasta en consumo; la gravación de plusvalías artificiales, derivadas de la inflación, está al orden del día; en diversos países, los dividendos de acciones que reparten las empresas a sus socios están sujetos a una doble imposición, con cargo a la compañía y a los accionistas, lo cual no sucede con los intereses de las obligaciones; siguen aplicándose a las empresas diversos impuestos, independientemente de sí el balance del ejercicio arroja o no un beneficio. Además, la forma de aportación de capital patrimonial por parte de los socios o la admisión de acciones a la contratación oficial de la bolsa se rigen por normas bastante restrictivas; éstas tienden a defender los intereses de las empresas ya establecidas, en detrimento de nuevas y sobre todo pequeñas empresas. Bajo estas condiciones, los ahorros se invierten en buena medida en títulos de renta fija emitidos por las entidades públicas.

Dos condiciones

Con el fin de aumentar la oferta de capital a riesgo, habrán de cumplirse dos condiciones: por un lado, los Gobiernos deben comprometerse a controlar la inflación, y cumplir este compromiso escrupulosamente. Esto reduciría la incertidumbre e incentivaría el ahorro.

Por otro lado, habrán de potenciar los mercados de capital, eliminar el trato fiscal preferencial de inversiones financieras, flexibilizar las emisiones directas de acciones y obligaciones industriales y garantizar la libertad de movimientos internacionales de capital. Debería pensarse también en fórmulas para hacer a los trabajadores de una empresa partícipes del capital social de la misma, a cambio de una moderación en la evolución de los salarios.

En todo caso, no es probable que se pueda producir a nivel mundial una expansión de inversiones productivas lo suficientemente fuerte como para superar la crisis, si no aumenta sustancialmente la capacidad de las economías de proveer capital a riesgo. Y esta capacidad viene en buena medida determinada por la eficiencia con la que los Gobiernos nacionales aplican su política económica. Criterios de eficiencia son de particular relevancia en aquellos países que quieran atraer capital extranjero (sobre todo inversiones directas privadas) para fomentar su desarrollo económico y tecnológico. Pues la competencia por capital extranjero es muy intensiva, y el mercado no perdona intervenciones administrativas que depriman, incluso inintencionadamente, la rentabilidad esperada de nuevas inversiones. El oferente de capital a riesgo generalmente dispone de numerosas alternativas para elegir.

Juergen B. Donges pertenece al Instituto de Economía Mundial de Kiel, en la República Federal de Alemania.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 29 de julio de 1983