Crítica:El cine en la pequeña pantallaCrítica
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'Aguirre o la cólera de Dios' abre el ciclo Herzog

Lope de Aguirre fue un peón de Pizarro que quiso encontrar Eldorado. Él y un puñado de soldados iniciaron una interminable expedición para su descubrimiento. Las penalidades amazónicas fueron su único tesoro. Al margen del mito, de ese tuerto y casi enano personaje, lo cierto es que su fracasada epopeya es el primer episodio de la independencia de América.

En una carta enviada por Lope de Aguirre al rey Felipe II, áquel le dice a éste: "Ya de hecho habemos alcanzado en este reino cuán cruel eres y quebrantador de fe y palabra, y así tenemos en esta tierra tus promesas por de menos crédito que los libros de Martín Lutero ( ... ). Mira, mira Rey español, que no seas cruel a tus vasallos ni ingrato, pues estando tu padre y tú en los reinos de España sin ninguna zozobra, te han dado tus vasallos a costa de su sangre y hacienda, tantos reinos y señoríos como en estas partes tienes, y mira rey y señor, que no puedes llevar con título de rey justo ningún interés destas partes donde no aventuraste nada, sin que primero los que en ello han trabajado y sudado sean gratificados..." (Eduardo Galeano lo recoge de Casto Fulgencio López).Las, cada vez más menguadas, huestes de Aguirre coronaron a su propio príncipe porque el trono español no se merecía Eldorado. Merecimiento sobrado por su parte que, sin embargo, no tuvo recompensa.

Herzog no toma la figura del maese de campo Lope de Aguirre para hacer historia sino para construir una poética de la utopía. Lo que realmente le interesa a Herzog es la locura de su aventura imposible. El filme es una minuciosa descripción del trayecto, del tormento de los jejenes, de la inútil compañía de los monos, de los pellejos abrigados por la humedad y la fiebre, de la sangre, del desastre. En esta minuciosidad está el riesgo del filme cuyo escaso progreso narrativo es un reflejo del trayecto sin término que andan sus personajes. Años después, también en tierras americanas y con el mismo actor, Klaus Kinski, Herzog retomaría el tema, el de los grandes batalladores por sueños desmesurados, en Fitzcarraldo. Tampoco en este filme haría un análisis histórico del colonialismo económico o del mercado del caucho, sino que magnificaría -de ahí las protestas indígenas- a este comerciante loco que quería llevar a Caruso a la selva y consiguió que un barco cruzara una montaña.

Abundancia de ciclos

Aguirre, la cólera de Dios inaugura un ciclo de cinco filmes del realizador alemán. La programación cinematográfica de Televisión Española se sistematiza cada vez más. Lo aleatorio, el título solitario, la sorpresa, casi queda reducido a la sesión de noche sabatina. Hay un ciclo dedicado a Buster Keaton, otro a Cukor, el de cine de humor (el más dudoso en sus criterios de selección) y ahora otro a Herzog. La clave somete la búsqueda de su filme a la disciplina temática del debate -lo que a veces justifica títulos realmente exóticos- e incluso la sesión de tarde del sábado construye, sin mencionarlo, ciclos de autores como Boetticher o Walsh.La ventaja del ciclo es doble. Por un lado se sigue el trabajo de un determinado cineasta o actor y, de otro, Prado del Rey tiene un indiscutible amparo a la hora de programar menudencias que sólo están porque deben estar en virtud del rigor que impone un ciclo y no porque aquella película tenga un mínimo interés. Con todo, es algo que los cinéfilos agradecen.

Lo distinto

El cielo de cinco filmes dedicado a Herzog, que olvida los primeros títulos más esotéricos y brutales, permitirá sacar una primera conclusión estadística de los intereses temáticos del cineasta.A Herzog le interesan los monstruos, la locura, lo distinto. Gaspar Hauser(cuya educación es un intento de integración) es el personaje que más evidencia el sufrimiento que supone ser otro, un ser diferente al vecindario que le cobija o, mejor, encierra. El protagonista del filme, Bruno S., volvería en una nueva película de Herzog, que también emitirá Prado del Rey. Se trata de Strozek, el relato de una soledad radical que culpabiliza mucho más al espectador ya que la comunidad que lo rechaza ya no es del pasado sino contemporánea en su expresión más espectacular, los Estados Unidos. La presencia de Bruno S. , personaje peculiar en sí mismo, hace que su aislamiento no sea un argumento de la ficción sino un hecho real. Colóquese donde se coloque a Bruno S., ha de salir un filme parecido en sus trazos fundamentales y tal cosa no ha de parecer mal a un autor. Woyzek insiste en un don nadie que sin los galones que se reparten en su mundo, la milicia, verá perder lo más propio que tiene, su mujer. En Corazón de cristal la diferencia se establece a partir del momento en que Herzog aniquila la humanidad de sus criaturas. Afirma el propio director que hipnotizó a sus actores con tal fin.

Quizá la ausencia más notoria del ciclo, presumiblemente por razones de distribución comercial, es Nosferatu, una nueva versión del vampiro de Murnau. Que Klaus Kinski vuelva a ser su protagonista no es, únicamente, por afinidad personal con Herzog, sino porque, en el fondo, el orejudo personaje es una variante más de sus héroes. Mientras la corte simiesca de Aguirre es la mejor caricatura de un testigo asombrado por lo grotesco, las ratas de Nosferatu son la peste y, al mismo tiempo, la metáfora de una supervivencia del mal que Herzog no ve del todo con malos ojos.

Aguirre, la cólera de Dios se emite hoy a las 22.00 horas por la segunda cadena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0004, 04 de mayo de 1983.