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Tribuna:

El desenlace

El problema de Gibraltar ha de ser mirado desde varios ángulos. No es un problema de solución unilateral ni de rápidas decisiones de orden definitivo. Hay el punto de vista español. El punto de vistá del Reino Unido. Y el punto de vista de los residentes en la ciudad de Gibraltar. Para buscar al asunto un desenlace racional, jurídico y amistoso hemos de examinar cuál ha de ser el cauce más conveniente y viable dentro del marco de las resoluciones de las Naciones Unidas relativas a la cuestión.En España hay unanimidad en torno al tema. Todos los partidos del arco constitucional de la democracia parlamentaria suscriben la tesis de la soberanía española sobre el Peñón y la ciudad y la fortaleza, cuya propiedad se cedió en el Tratado de Utrecht. Al plantearse en las Naciones Unidas el problema de la descolonización gibraltareña y durante la larga batalla llevada a cabo por la diplomacia española desde 1964 no hubo una sola voz discrepante entre los españoles de dentro o los de fuera. Las diversas votaciones con clamorosa mayoría obtenidas en aquel foro obligaban, entre otras cosas, a iniciar conversaciones bilaterales encaminadas a buscar soluciones a la secular cuestión. La Declaración de Lisboa, de abril de 1980, suscrita por lord Carrington y Marcelino Oreja, establece una serie de puntos como coordenadas obligatorias de la acción a seguir. Parece innecesario recordar que en ellos se especifica que se trata de iniciar negociaciones entre el Reino Unido y Espafía a fin de solucionar "todas sus diferencias sobre Gibraltar".

En el Reino Unido hay división de opiniones. Es evidente la existencía de sectores parlamentarios en ambas Cámaras y en los tres partidos tradicionales que comprenden la necesidad de hallarle una salida a la actual situación dentro de lo establecido en los Acuerdos de Lisboa. Pero es también notoria la presencia de otras tendencias intransigentes que buscan razones o motivos que dilaten en el tiempo todo lo posible el statu quo presente. La cesión de soberanía no es un programa capaz de suscitar entusiasmo en la opinión británica. Gibraltar se ha convertido a lo largo de 270 años de ocupación y de dos guerras mundiales en un mito nacional de profundo arraigo sentimental. Sería pueril ignorar el hecho. El Peñón es una piedra miliar de la vieja ruta naval del imperio y un símbolo de lo inexpugnable. Pero es también una base estratégica de valor actual considerable por lo que implica su presencia en relación con el área del Estrecho. Y el Estrecho sigue siendo un ámbito de vital importancia para la geopolítica del Occidente europeo.

Los 26.000 residentes en la ciudad mantienen otro punto de vista peculiar suyo. No puede decirse que la incomunicación terrestre de estos últimos años impuesta por los Gobiernos españoles en aplicación estricta de las cláusulas del Tratado de Utrech haya despertado reacciones favorables en sus filas, síno más bien un clima de creciente hostilidad hacia cualquier solución que favorezca la reintegración de nuestra soberanía. Es lógico que así sucediera, como ocurre en los procesos de lazareto político internacional, que aglutina pasionalmente a quien los padece. Las subvenciones británicas muy importantes a la población han mantenido la situación económica y laboral en niveles adecuados, acentuando el ambiente de insularidad de la Roca. Hoy día la inmensa mayoría de los residents gibraltareños vive y se siente de espaldas al entorno continental español.

Posibles soluciones

El planteamiento de las actitudes españolas durante las últimas décadas hacia la población de Gibraltar puede calificarse de erróneo y contraproducente. Ha sido una sucesión de equivocaciones psicológicas por falta de conocimiento de los datos reales y por la existencia de un cierto dogmatismo despectivo. El balance final es negativo y supone haber añadido un elemento conflictivo más a la complejidad del asunto. Pero también es cierto que a los gibraltareños no se les puede reconocer el derecho a disponer de algo que no les ha pertenecido nunca: la soberanía sobre Gibraltar.

Estos son, en breve síntesis, los elementos esenciales en presencia. Veamos ahora, objetivamente, cuáles puedan ser las soluciones. El proceso de las negociaciones hispano-británicas previsto en la Declaración de Lisboa quedó detenido por un impasse en torno a la apertura de la verja y restablecimiento de las comunicaciones directas acordado en el punto tercero de la Declaración y el principio de la reciprocidad y plena igualdad de derechos a que hace alusión el mismo punto. La simultaneidad de ambos comprorqisos habrá de requerir una flexibilidad en su interpretación. Abrir una verja es más sencillo que establecer un nuevo statu quo que acabe con una vejatoria discriminación. Personalmente, creo que los efectos psicológicos de todo orden que se derivarán del restablecimiento del tráfico de personas, vehículos y mercancías llevará consigo un dinamismo positivo en los demás aspectos negociadores que ha previsto la Declaración.

No acabo de entender los argumentos que se invocan para contraponer el proceso bilateral de la negociación hispano-británica qué se lleva a cabo de acuerdo, con la Declaración de Lisboa con el planteamiento por parte del Gobierno de una adhesión de España a la Alianza Atlántica. Se ha dicho que es preciso exigir del Reino Unido un explícito reconocimiento público y previo de la soberanía de España sobre la Roca. Y que, de no lograrlo, nuestro ingreso en la OTAN haría imposible en lo suce sivo el logro de nuestra reivindicación. ¿Por qué? Es un argumento al que es difícil encontrarle sentido, salvo el de utilizarlo como condición utópica para justificar el rechazo al ingreso español en la Alianza. Si las negociaciones en curso se proponen resolver todas las diferencias scibre Gibraltar es evidente que el restablecimiento de la integridad territorial de España también figura, y de modo preferente, en la agenda de ese diálogo bilateral. ¿Para qué pedir una altisonante exigencia de tal naturaleza en estos momentos?

Clima de buen entendimiento.

No sé cuándo ingresará España en la Alianza Atlántica, si dentro de seis o de ocho meses. Lo que sí me atrevo a vaticinar es que la adhesión española no ha de perturbar el clima de buen entendimiento hispano-británico, sino que ha de servir de estímulo para dar a esas negociaciones un impulso definitivo. No hace muchos días escuchaba yo de labios de una relevante autoridad europea la reflexión confidencial de que tanto los socios del Reino Unido en la Comunidad, como los de la OTAN, se hallaban deseosos de que el único contencioso existente entre el Reino Unido y España entrase en la fase de resolución definitiva. A los foros europeos occidentales no les interesa el avivamiento o la persistencia de malentendidos bilaterales y menos de residuos de arcaísmo político como puede serlo la superviviencia de un enclave colonial en la Península Ibérica.

Tampoco comparto la objeción de que la internacionalización supuesta de la base británica elimine a España de su legítima proyección geopolítica en el área mediterránea del Estrecho. Pienso en que la base española de Cartagena debe jugar un papel importante en cualquier hipótesis de una España integrada en la Alianza, con predominio sobre otros emplazamientos logísticos como el del Peñón.

El aspecto relativo a la población de los residentes en Gibraltar y la defensa de sus legítimos intereses debería ser planteado en el s.eno de la sociedad española como un tema realista sin bloques mentales previos. Hará falta para ello el concurso de los líderes políticos y sindicales y el flujo del contacto humano recíproco sin actitudes críticas, esquemás dialécticos o atribución de etiquetas previas. Los medios privados y públicos de comunicación deben jugar un papel relevante en la creación de un nuevo,clima de confraternidad que, de hecho, existía antaño. Que convivan libremente 26.000 ciudadanos británicos con estatuto propio en nuestro país, en el que anualmente nos visitan y residen con nosotros cuatro millones de ingleses, no debe ser un problema de ninguna clase. Treinta y tantos millones de turistas foráneos -el equivalente de nuestra población total- forman parte, temporal y rotativamente, del país que llamamos la España de hoy.

El desenlace del problema de Gibraltar se adivina ya en un próximo porvenir. Habrá que atravesar todavía un período de paciente y tenaz negociación, pero por un camino que conduce a un fin establecido. Y el entendimiento en profundidad de dos grandes naciones que tienen tantas cosas en común: su excéntrica ubicación en relación con el continente; su insularidad y su peninsularidad; su vocación marinera universal; su pasado imperialismo expansivo y dominante; su herencia cultutal ex,tendida por el mundo; sus formas de Estado monárquicas y democráticas con dinastías de vínculos estrechos:entre la Corte de San Jaime y la Corte de Madrid, será una realidad plenaria y sin nubes. Cuando haya desaparecido, como decía Fernando VI, "la espina de nuestro pie".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de octubre de 1981

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