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La coalición imposible: no estamos en Alemania, sino cerca de Portugal

Cuando se plantea la tesis de un Gobierno de coalición para salvar la democracia, cuando además esta propuesta procede de las filas socialistas, cualquiera entenderá que no se está hablando de una fórmula para hibernar la democracia a la manera militar turca. Suponemos, con lógica, que se nos está proponiendo impulsarla y profundizarla para que se salve por sí misma.Quienes, desde la derecha o la izquierda, han defendido con sinceridad, movidos por preocupaciones éticas y políticas, un Gobierno de coalición UCD-PSOE, creo que han valorado estimables argumentos como la mayor estabilidad parlamentaria y eficacia política de ese Gobierno. Tal vez, el que los partidos políticos españoles estén poco enraizados socialmente, les haya dificultado el análisis en ese terreno. Empero, esta es la cuestión fundamental. Si no sabemos qué representan sociológicamente UCD y PSOE, ¿cómo esperar buenos resultados reales, en la sociedad, además de en el Parlamento o en el BOE, de esa coalición? Para todos está claro que esa fórmula suma votos en las Cortes. No obstante, algunos pensamos que, si fuese posible, restaría apoyos sociales a las instituciones constitucionales, incluído ese hipotético Gobierno, y al futuro de las mismas.

UCD y el príncipe de Lampedusa

Dejaré para otra ocasión el análisis del proceso de enraizamiento social del PSOE, orientado con firmeza e imaginación gracias al resultado del Congreso extraordinario y, especialmente, a la estrategia sindical del movimiento socialista en su conjunto. Una nota más: ese proceso pretende hacer de la alternativa socialista un mediador básico en nuestra sociedad industrial. Pero la opción está amenazada, a derecha e izquierda, por los partidarios del capitalismo de Estado y del sindicalismo burocrático. Veamos ahora qué es y qué representa UCD.Me parece que no hace falta discutir que no es lo que dice ser. Políticamente resulta imposible una síntesis entre ideologías, coherentes en el espacio de la derecha, como son las profesadas por los liberales de Fontán o los cristianodemócratas de Lavilla, con ideologías extrañas a la derecha, como la socialdemocracia defendida por Fernández Ordóñez, o, en fin, con ideologías, en principio, inoperantes en cualquier otro partido de la derecha europea, como las que descubrimos en los numerosos viajeros del Movimiento Nacional que hoy actúan y mandan en el partido gubernamental. Pero este conglomerado ha hecho de UCD el partido que gana las elecciones prometiendo cambios y que conserva el poder impidiéndolos. Impidiéndolos, no hace falta decirlo, en lo fundamental: en la estructura de los poderes económicos y en sus relaciones con el aparato del, Estado.

¿Representa realmente UCD a la burguesía española? Varios colaboradores de la revista Zona Abierta discutieron este te ma en los últimos meses de 1978, cuando se presagiaban elecciones generales. Refiriéndose a esa imposible síntesis ideológica, hubo quien diagnosticó una «crisis orgánica en la burguesía española». En otras palabras, el capital aún no había echado todas sus cartas en el mantel verde de Suárez, pues en sus bolsillos bien pudieran encontrarse ases reformistas del estilo de aquél que había propuesto una reforma fiscal que el instinto de la derecha rechazó.

A mi entender, la campaña electoral resolvió la crisis orgánica. La posibilidad real de una victoria socialista, amplificada en lo que fue una auténtica «primera vuelta» a través de los sondeos electorales, aglutinó a todo el conservadurismo español en torno a la fórmula Suárez que barrió todo lo que se hallaba a su derecha. Coalición Democrática, con representantes tan poco orgánicos para la burguesía como Areilza o Senillosa, apenas tenía diputados para formar grupo parlamentario.

Primera conclusión: con independencia de lo que crean ser o sean los políticos de UCD, la derecha española ne sólo ha apostado por ese partido sino, lo que es muy importante, por esa versión hispánica del personaje de Lampedusa que el presidente de Gobierno confirma cada día: es preciso que todo cambie, para que nada cambie.

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Liberales y democristianos: pura teoría alemana

Creo detectar en los socia listas que formulan la tesis de la coalición valoraciones contradictorias según aprecian esa propuesta en relación con los liberales y democristianos, o lo hacen en relación con los socialdemócratas y los, a falta de definición más precisa, llamados «azules».Liberales y cristianodemócratas, la crítica minoría ucedista despiertan, entre los Socialistas, simpatía. Apreciamos la coherencla de quienes, por tener seguras convicciones democráticas, no sienten prejuicios para defender posiciones muy conservadoras. El problema reside en que estos liberales y cristianos sin complejos franquistas no sólo están contra las, reformas de fondo del Fernández Ordóñez, «reformista fiscal» de ayer, sino que están también contra esas otras reformas «superestructurales» que permiten a UCD afirmarse como «partido del cambio para que nada cambie», corno las del Fernández Ordóñez, ministro hoy impulsor de a ley de divorcio. En cualquier caso, si UCD fuese sólo el partido de Herrero de Miñón, Fontán o Lavilla, la coalición tendría tres ventajas. Primera, que cada fuerza, ante el electorado, mantendría sus postulados nítidos durante la coalición. Segunda, si una derecha así aceptase la coalición con los socialistas, significaría que la crisis a resolver sería la del sistema, pero no, como aquí, además, la crisis de alguno de los partidos coaligantes. Y tercera ventaja, la que se deriva de la coincidencia existente entre ambas fuerzas en el tema de la democratización del Estado y de las relacíones industriales.

Efectivamente, el PSOE coincide con liberales v democristianos en la teoría de qÍie el Estado y la Adruinístración deben ser autónomos de las presiones políticas, dando a sindicatos, patronales y otros agentes sociales la -libertad e independencia que la Constitución consagra, pero que «azules», socialdemócratas y el PCE se resisten a aceptar.

La lástima, por tanto, es que esas corrientes sean rninoritarias en UCD. Esa burguesía liberal y de mocrática siempre ha sido débil en España, porque aquí, como en Portugal y algún otro país de nuestro entorno, la burguesía no domina por su poder industrial. Lo hace gracias a que su poder político, por ser el económico dependiente del capitalismo mundial, se apoya en las estructuras del Estado. Liberales y democristiamos representan en UCD y en España, aproximadamente, lo que el partido de Freitas do Arnaral en Portugal. Los so cialistas portugueses creyeron al coaligarse con ellos obtener un pacto para superar una crisis tal vez peor que la nuestra. No sirvió de nada, fundamentalmente, porque el interlocutor elegido representaba menos de lo que se pensaba. El poder económico, como aquí, con fiaba y se sentía mejor representado en otros sectores aparentemente menos conservadores. Segunda conclusión: esas tres ventajas operaron en la gran coalición alemana de los años sesenta. No estuvieron presentes en Portugal ni lo estarán mañana en España.

Frecuentemente se ha hablado de una potencial defección social demócrata en UCD que permitirla al PSOE formar una auténtica mayoría reformista. Estimo que esa socialdemocracia, por sí misma representa tan pocas cosas que es incapaz de cobrar autonomía y despegarse del partido gubernamental. Con el PSOE, aparte las sensaciones heroicas que algunos pudieran sentir, iban a aportar, aproximadamente, lo poco que los auténticos socialdemócratas le han aportado a Mario Soares teniéndoles dentro de las listas en las últimas elecciones. Sin embargo, dentro de UCD desempeñan un valiosísimo papel que saben vender caro. Coinciden con el presidente Suárez y con los hombres procedentes del sistema anterior en su concepción intervencíonista del Estado, comparten un populismo socializante que exaspera a sus colegas liberales y practican un regalismo pragmático en sus tratos con el mundo católico que sabe mal a sus compañeros democristianos. En UCD son el rostro del cambio que sólo Lampedusa podría desenmascarar.

Es real su coincidencia con el PSOE cuando se muestran partidarios de fortalecer el sector público. Pero no es menos real el conflicto cuando socialdemócratas y antiguos miembros del sindicalismo vertical, aliados, pretenden a toda costa, ayer apoyando a CC OO, hoy a USO, hacer fracasar la más importante apuesta que el socialismo español ha hecho desde que aceptó la reforma política: el desarrollo de un sindicalismo y unas relaciones industriales fundadas sobre la libertad y la autonomía de las partes.

Es real también la coincidencia entre esos sectores y el PSOE, como ocurre hoy con la ley del divorcio, buscando fórmulas secularizadoras y europeas de entender los derechos civiles. Pero no es menos real y profundo el conflicto cuando el PSOE se encuentra con las consecuencias de ese centroizquierdismo lampedusiano. UCD, gracias a él, gana elecciones como las ganaba Richard Nixon: adoptando el programa del oponente. Y liquida su estrategia y su identidad al incumplir o desvirtuar ese programa. Nos ocurrió con los pactos de la Moncloa, nos está ocurriendo hoy con unos presupuestos del Estado que se presentan, sin serlo, como potenciadores de la actividad del sector público, pero que encierran un dardo envenenado contra UGT: la intervención del Gobierno en la negociación salarial. Cuando Fraga le advirtió al presidente Suárez que aquellos pactos monclovitas abrían el camino del poder al PSOE, seguramente hacía tiempo que había leído El Gatopardo. Muchos socialistas hemos optado, a la vista del fenómeno, por releerlo después.

No es extraño que sea este el sector mayoritario de UCD y el que recibe la confianza de la gran derecha española. Hasta ahora le viene asegurando el control del Estado y de la Administración. Miremos otra vez hacia Portugal, cuyo proceso político va por delante del nuestro. ¿Quiénes han articulado la nueva mayoría conservadora? Los socialdemócratas de Sa Carneiro; un mensaje homologable dentro de UCD.

Tercera conclusión: no es posible la coalición con Suárez, argumento no por repetido menos obvio. Pero si mis reflexiones no son inciertas, a Suárez no le puede sustituir al frente del partido Landelino Lavilla. Mientras UCD siga en sintonía con los intereses que representa, Suárez será sustituido cuando aparezca un Sa Carneiro. Salvo, claro está, que Lavilla se convierta en un nuevo Suárez.

Dejando claro que no estoy hablando exactamente de personas, sino de fuerzas sociales que históricamente se personifican en nombres propios, propongo una cuarta conclusión: si la situación política llegase a tales límites que, con todo, se exigiese la coalición, podrían suceder dos cosas.

La probable, y el príncipe de Lampedusa sonreiría desde ultratumba, que la coalición llegase a duras penas a convocar elecciones generales, que perdería un PSOE responsable de haber abierto el camino hacia una política de austeridad y pacto social capitalizada por una derecha ahora con marchamos democráticos.

La posible, que la situación revistiese tales peligros que una conjunición de acontecimientos impulsasen incluso a UCD a dar un salto adelante como recurso final contra la involución: por ejemplo, grandes transferencias de poder a las fuerzas políticas y sociales comprometidas con la legalidad constitucional, una desburocratización y democratización a fondo. Posible, mas improbable, por lo que se impone una quinta conclusión: si para salvar la democracia hay que profundizarla, y si para ello hay que desplazar o desalojar a los representantes orgánicos de esa burguesía de Estado, ¿la coalición, si la aceptasen, no la harían precisamente para afianzarse más aún en los aparatos estatales?

Las elecciones, dispuestas

Ultima conclusión: somos oposición y toda negación implica una afirmación si es algo. Estimo que con un programa bien apoyado en la Constitución no tenemos necesidad de modificar nuestra estrategia: la mayoría pasa por las urnas. Perfilar diferenciadamente nuestra oferta alternativa, afirmar nuestra voluntad descentralízadora y antiburocrática, nuestro apoyo a unas relaciones industriales libres que impulsen un capitalismo industrial moderno y compatible con un sector público vigoroso, nuestra disposición a combatir el terrorismo movilizando al pueblo, prestigiando las autonomías y el Estado y mejorando las condiciones de actuación de las fuerzas de seguridad, nuestra prioridad por reducir el desempleo y el pluriempleo injustificado y desmoralizador...Que nadie se engañe: este Gobierno Suárez no está preparándose para una coalición. Estamos ante el mejor equipo UCD posible... para convocar elecciones anticipadas, pues de nuevo están en condiciones para presentarse con la habitual fórmula que augura el éxito: ese «centro-social» que devora a derecha e izquierda los programas rivales, que garantiza el cambio y el orden... hasta la investidura. No tenemos otro lugar que el de la oposición. Con la Constitución en la mano, oposición en todos los frentes, Ofrezcamos nuestra alternativa, pero sin movernos: que vengan a buscarla, nos la reconozcan y paguen su valor. Puede ser el de su derrota. es secretario general del Grupo Socialista del Senado.

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