Los Cómicos del Carro divierten a los niños en el Retiro

«Oiga, señor, ¿a qué hora van a echar las comedias?», pregunta curiosa una niña de unos cinco años. La función no empezará hasta las ocho, pero dos horas antes comienzan los preparativos, un espectáculo excitante en sí mismo que ya empieza a entretener a los niños que han ido al Retiro a jugar y han descubierto un carro de comedias. Los Cómicos del Carro, algunos de ellos maestros además de actores, están actuando esta semana en el Retiro, ante un público infantil que hasta ahora no sabía que un carro puede ser, a la vez, un escenario.

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Un carro a la antigua usanza, repintado de colorines por todas sus caras y del que emergen, bajo un fondo verde botella, genios, magos, danzarines y personajillos medievales sacados de los entremeses de Cervantes, es ya una invitación a la fantasía.. Mientras los actores van abriendo su caja maravillosa y sobre la puerta trasera montan el primer escenario al que luego acoplarán escaleras y barandillas para superponer tres espacios escenicos, los niños husmean y fisgan entre las máscaras y disfraces. Una de las actrices cose entre tanto, sentada en una silla de enea: «Estoy intentando rematar fuertemente este rabo gigante de la ratita para que no se caiga del muñeco, porque ayer unos chavales lo desprendieron a base de tirones». La desinhibición de los niños en estos espectáculos suele ser tan espontánea, que no sólo tiran del rabo, de las plumas a los hombres-animales de fieltro, sino que corean por su cuenta las escenas y se convierten en sus propios actores cuando una escena les resulta especialmente mágica.Primero en las fiestas de Tetuán, Chamberí, Pozuelo y Mediodía, y ahora en el Retiro, junto al palacio de Velázquez, los Cómicos del Carro han llegado a la villa de Madrid con su teatro llamativo y diferente, muy lejos del teatro convencional y muy cerca de los cómicos de antaño. Al igual que los antiguos cómicos de la lengua, pasan la gorra al final del espectáculo como parte irrenunciable de su propio rito, aunque en esta ocasión sus actuaciones estén financiadas por el ayuntamiento a través de Cultura y Acción Vecinal. «El ayuntamiento se ha propuesto descentralizar las fiestas y crear acontecimientos lúdicos en cada barrio, de forma continuada », dice un portavoz de Acción Vecinal.

Varios centenares de niños y adultos se congregan estos días en torno a los Cómicos del Carro. Ese es el público justo para conservar el marco intimista y apiñado que requiere el teatro al aire libre. «Generalmente actuamos en las plazas de los pueblos pequeños», precisa Cristian Casares, padre de la idea de hacer teatro en carro, «no como alternativa, sino corno recuperación». El propio diseñador de la Barraca, el teatro itinerante de García Lorca, creó este primer carro de comedias contemporáneo que desde 1975 recorre pueblos y aldeas representando teatro clásico. «Fíjate si somos antiguos que lo que realmente nos fascina es el teatro clásico, los entremeses de Rueda o de Cervantes, y el fastuoso Siglo de Oro con Lope y Calderón... En Madrid, el asfalto aísla a la gente y son muchas las alternativas que el sujeto enterado puede procurarse, pero en los pueblos el público participa de una manera absolutamente delirante». Esta temporada presentan un espectáculo infantil, los cuentos persas de Calila e Dimna, en la versión -adaptada- de Alfolso X el Sabio. Pero el año pasado pusieron en escena textos de Jorge Manrique, «con motivo de su centenario», un trabajo inusual que incluía máscaras, canciones y bailes, ya que en el staff de los cómicos hay un flauta y un guitarra. Antes habían representado al Arcipreste de Hita, Juan del Encina, Cervantes y Samaniego. Su próximo proyecto será la escenificación de Los sueños, de Quevedo. «Ya tenemos el boceto del espectáculo y el diseño de trajes y máscaras. Nuestro trabajo es artesano y nos hacemos nosotros, mismos el vestuario y el atrezzo a base de retales, fieltro y guata, uniendo a la vez lo profesional y lo artesano». Pero como suele ocurrir en la mayor parte de los grupos marginales, aún están pendientes de la subvención prometida por el Ministerio de Cultura.

Al modo de Berceo

Cristían Casares, antiguo actor de Los Goliardos, al igual que los miembros del colectivo más veterano, invirtió el importe de su beca -Premio al Mérito para la Vocación 1974- en poner a andar su carro. El grupo originario nació en Sigüenza, se disolvió en una etapa crítica y renació en Sevilla, en la plaza de la Alianza. Más tarde, tras una segunda muerte del grupo, Cristian Casares decidió convertirse en un trovador en solitario que iba por los pueblos con una guitarra poniendo en práctica aquello de Berceo de pedir un vaso de bon vino, o un bocata en los bares a cambio de unos versos. Sólo que casi siempre le confundieron con un vago y maleante y se convirtió en cliente asiduo de calabozos y cárceles, «así que decidí dejar esa vida tan romántica y volver a lo mío, al teatro». Y de nuevo, ahora desde Cuenca, el tercer equipo de los Cómicos del Carro se ha puesto en marcha. «Sólo pincharán las ruedas del carro el hambre y el abandono de la Administración ». El del público no parece faltarles.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 25 de julio de 1980.

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