Edinson Cavani: “Uruguay mantiene la esencia que el fútbol moderno te quita”

El delantero de Uruguay, el primer campeón de la historia, afronta su cuarto Mundial decepcionado, dice, con una industria que promueve el individualismo

Edinson Cavani celebra un gol durante el Mundial de Rusia, en 2018.
Edinson Cavani celebra un gol durante el Mundial de Rusia, en 2018.Sebastião Moreira

Tres décadas de faenas en el ámbito salvaje que va del fútbol a las pampas de la banda oriental del Paraná han labrado el cuerpo de decatleta que luce Edinson Cavani (Salto, Uruguay; 35 años) cuando se baja de su camioneta en Paterna calzado con zapatillas de trekking. Parece listo para cualquier eventualidad agropecuaria mientras hace un alto y se sienta a charlar sobre un asunto que le resulta tan familiar como sus pequeños pies de gamo. A las puertas de su cuarto Mundial, pocos futbolistas representan mejor el espíritu de un país orgulloso de haber sido el primer campeón.

Pregunta. Usted hizo algo que únicamente está al alcance de los superdotados para desplazarse en el campo. Empezó como carrilero en el Palermo y acabó de nueve en el PSG. ¿Qué lo convierte en un delantero extraordinario, el remate o el movimiento?

Respuesta. La intuición. Para tener intuición tienes que ser inteligente para leer el fútbol, ver cómo se va a dar una jugada, dónde tienes que llegar a cerrar, si hay un compañero que necesita una ayuda, si puedes salir sin descubrir a tus defensas… La lectura del fútbol me llevó a poder cumplir ese rol de jugar por la banda atacando y defendiendo y haciendo un buen trabajo táctico. En la selección jugué seis años en la banda. La intuición no se ve fácilmente. La ves en futbolistas que no son corredores, no son velocistas, no son resistentes, pero siempre los encuentras bien parados. Y eso es muy importante para ganarle tempo al rival. Imaginar las cosas que pueden pasar y que sucedan. Luego como delantero, esa misma intuición es la que te hace ganarle la posición al defensa, hacer un cierre o hacer una vuelta a la defensa.

Prefiero buscar el movimiento para no tener que ir al choque. Ir al choque te hace perder tiempo. Si vas al contacto en una pelota dividida siempre te quedas por detrás, por más que le ganes al defensa

P. Muchos nueves, tipos como Lewandowski o Giroud, se sienten cómodos cuando contactan con el central. Pastore decía que a usted, a pesar de medir 1,90, no le gustaba ni rozarse con los defensas. Siempre quería la pelota al espacio. ¿Por qué?

R. Hay delanteros a los que les gusta jugar más con el físico, chocar, saltar con el defensor. Casi siempre el nueve se caracteriza por esa función. Yo soy de chocar cuando hay que chocar. Si hay que disputar el balón se disputa. Nosotros muchas veces jugamos con el defensor atrás y con frecuencia tenemos que saltar para peinar un balón y siempre con el defensor atrás. Pero ahí incluso hay que buscar otra forma de moverse. Yo prefiero intuir la jugada para ganar un tiempo y no tener que ir al choque. Pero no porque no quiera sino porque me parece que ir al choque te hace perder tiempo. Si vas al contacto en una pelota dividida y saltas y chocas con el defensa, por más que la toques y la ganes ya te quedas por detrás, porque has tenido que caer y has tenido que reincorporarte a la jugada… En cambio, si intentas mirar por dónde puede venir el balón y a dónde está tu marcador, puedes hacerle un doble ritmo delante de él para peinarla y automáticamente quedar posicionado para seguir corriendo.

P. ¿La intuición es la capacidad de esconderte para volver a aparecer?

R. Si tienes intuición, tienes un tiempo más. El problema es que a veces encuentras defensas que tienen la intuición y te la complican porque ellos también están viendo dónde podría llegar ese balón. ¿Qué pasa? Entras en un juego con el defensor.

P. ¿Cómo se evita ese choque cuando el defensa lee la jugada tan rápido como el delantero?

R. Lo mejor es el doble ritmo. El contramovimiento. Por eso es muy importante conocer al compañero. Porque cuando ellos empiezan a entender que si vas al segundo es porque irás al primero, entonces se empieza a ganar tiempo y espacio. Hay que saber el tiempo que tienes para poder aprovechar el espacio que hay. Eso te va a marcar las diferencias en cualquier lugar del campo. Como delantero tengo que ver cuánto tiempo y cuánto espacio tiene mi compañero para tirarme un centro, y yo qué tiempo y qué espacio tengo para moverme dentro del área con un defensor que te marca delante y otro detrás. La intuición es lo principal. Y por eso te toca hacer goles: porque cuando leíste lo que iba a pasar tú llegas preparado para poder rematar coordinado con el gesto que quieres hacer.

P. ¿Quién le enseñó a leer el fútbol?

R. Nadie.

P. ¿Nadie le dijo que pensara antes de recibir la pelota?

R. Eso sí. Mi padre, Luis, que fue uno de esos delanteros a los que les gustaba ir a romper y a romperse, que siempre jugó al fútbol, que fue entrenador en Salto, siempre me decía que antes de descargar un balón o de pivotear, o de iniciar un contragolpe, viera lo que iba a hacer antes de que me llegara el balón para tener preparada la jugada. ¿A dónde vas a descargar? ¿Vas a descargar y te vas a ir? ¿Vas a controlar y te lo vas a llevar? ¿O de primera vas a meter un cambio de frente?

Lo único que no me gusta del fútbol es que me aleja de la naturaleza. Yo estando debajo de un árbol, a la sombra, en un lugar donde corra un poco de aire, ya encuentro un momento que me hace bien

P. ¿Se siente un producto de ese mundo rural que rodea a Salto?

R. Lo único que no me gusta del fútbol es que me aleja del trabajo en el campo. Nosotros producimos carne. Criamos ganado y siempre hay mucho por hacer. A veces arrendamos terrenos y en otros campos nosotros mismos hacemos todo el ciclo de cría, recría y terminación del ganado.

P. Hay una leyenda que le retrata como cazador de jabalíes.

R. Me gusta la naturaleza, la parte salvaje del mundo, y ahí hay un montón de cosas que pueden pasar. Me gusta mucho la pesca. Los jabalíes son un tema delicado. Es mejor no manifestar algunas cosas porque que se pueden tomar a mal.

P. ¿Esa vinculación con el campo le convierte en un futbolista distinto?

R. Atípico. Siempre fue así: se relaciona el éxito con los lujos, la fama y la buena vida. Yo también tengo mi buena vida, pero mi buena vida es muy simple. Hay algo en mí que me saca de esta dinámica del mundo real contemporáneo, de los agobios, de las redes sociales. Lo que me atrae es buscar esos lugares salvajes. Siempre hay una montaña cerca, un bosque, un verde, agua… Yo estando debajo de un árbol, a la sombra, en un lugar donde corra un poco de aire, sin escuchar el ruido de los coches, ya encuentro un momento que me hace bien.

P. ¿Qué tiene Uruguay para competir a un nivel tan alto con solo tres millones de habitantes?

R. Que a nosotros nos enseñan a competir. Venimos de un país donde los campitos de fútbol existen en todos los lugares carenciados. Donde hay un espacio vacío hacemos un partido. Eso nos da el sentido de competencia. Muchos de nosotros hemos competido descalzos, con lluvia, con piedras, rompiéndote un dedo y jugando con el dedo roto porque queríamos ganar el torneo del barrio. Así, cuando los entrenadores te exigen, estás preparado para luchar. No es lo mismo jugar que competir. Jugar, juega cualquiera que tenga algunas condiciones. Competir exige prepararse. Porque si no estás preparado, te pasan por arriba. Eso desde pequeño nos lo dejan claro. Por eso cuando vamos a la selección no queremos que nadie nos gane un duelo, que nadie salte más que nosotros, que nadie nos gane en velocidad. No queremos dar el brazo a torcer. Si no te preparas, lo más probable es que te pase todo aquello que no quieres que te pase.

P. Sumó nueve años entre el PSG y el Manchester United, dos clubes que representan la opulencia económica y la modernidad mercantil del fútbol, pero que no consiguen encontrar una fórmula para competir. ¿Uruguay es competitivo porque conserva esa complicidad, ese sentido del compañerismo, que a veces se pierde en el fútbol súperprofesional?

R. Mantenemos la esencia. El fútbol moderno está quitando esa esencia. Yo no soy de la vieja escuela pero me formé con jugadores grandes que venían de esa vieja escuela y por eso no encajo tanto en eso que se llama fútbol moderno, a nivel de razonamiento. En una competición de 30 equipos siempre ganará uno solo. Puede haber tres o cuatro que representen los mejores valores del fútbol y no ganen. Eso ocurre. Pero veo constantemente que todo este modernismo, este afán por meter la tecnología en el fútbol, ha hecho que la mentalidad de los jugadores vaya cambiando. Antes el objetivo era más o menos el mismo para todos. Hoy en ciertos clubes, por lo que representa la fama para distintos jugadores, o por lo que la prensa hace creer a los jugadores, los objetivos no son siempre iguales. Dentro de un equipo encuentras futbolistas con objetivos diferentes.

P. ¿Está decepcionado?

R. La verdad es que sí. Porque vengo de una escuela que me enseñó que lo más lindo que te puede pasar en un deporte de equipo es ganar como equipo. No existe ni existirá nunca un jugador que te haga ganar una Copa del Mundo. Puede haber un jugador que haga magia y que haga un golazo, pero para defender ese golazo necesitas compañeros que corran, que se dejen la vida en defensa, y un portero que maneje los nervios. Esas cosas se dejan de lado para darle toda la importancia al que hizo el gol, o al que tiene más nombre, o al que fue Balón de Oro, o al que hizo 50 asistencias. Eso lleva a la deformación de lo que un equipo quiere lograr. Yo cuando estoy en la selección me doy cuenta de que la esencia del fútbol está ahí todavía. Y lo veo con jugadores que tienen su nombre, son reconocidos, son figuras en distintos grandes clubes del mundo. Y cuando llegan a la selección nos encontramos y sientes esa armonía.

P. ¿Pero por qué los jugadores uruguayos no introducen esos vicios en la selección?

R. Por cómo es nuestro país: ese tipo de gestos y de personas no son bien vistas. Es cultural. No nos gusta. Nos gusta el compañero que viene a entregarse por la selección sin pensar que es Cavani o Suárez. Aquí se viene a darlo todo. Aquí todos somos iguales. Todos tenemos las mismas responsabilidades.

P. ¿Cómo transforman al grupo los integrantes de la nueva generación, los Valverde y los Darwin Núñez…?

R. La identidad es tan clara que desde las selecciones juveniles se les inculca un modo de comportarse. Pasa por la humildad: los jugadores saben que necesitas bajarte de ciertos escalones porque lo que cuenta es el funcionamiento de todos y no lo individual. Hoy en día todo empuja a que el jugador sea egoísta. Porque piensa en los premios, en las estadísticas particulares. Y se dejan de lado lo más lindo. Cuando te toca ganar algo en equipo se disfruta el doble. Cuando sales de tu zona de confort y debes hacer un sacrificio para conseguir cosas que no son tan propias de tu naturaleza, los éxitos se valoran más.

A veces un psicólogo te enseña que el trauma no lo produce el fútbol si no tu educación, lo que tú te crees que eres porque desde pequeño has pensado que ser un superhéroe era la única forma de vivir la vida

P. Ahora comparte grupo con Corea, Ghana y la Portugal de Cristiano, tres selecciones con las que Uruguay ha tenido cruces muy duros en Mundiales. Los ghaneses hablan de venganza para restituir la afrenta de Sudáfrica en cuartos, cuando Suárez evitó la derrota parando un tiro con la mano…

R. Podemos charlar y hacer muchas suposiciones. Pero cuando llega el momento, todo lo que pasó en la historia no cuenta. Cuentan los 90 minutos. Y lo que hay que hacer en esos 90 minutos siempre es lo mismo.

P. ¿No siente la presión?

R. Tengo una edad. He visto muchos escenarios diferentes. Yo al fútbol no lo veo como una presión. La mayor alegría que puedo tener es la foto con mis compañeros de un triunfo que hemos logrado todos. Si das todo en los entrenamientos, si das todo por tus compañeros, la presión y los miedos no existen. La presión solo te abruma cuando sabes que no estás haciendo las cosas bien, cuando das de la boca para afuera. Otra cosa son los nervios antes de un partido o un Mundial. Eso te demuestra que estás vivo. El día que me falten esos nervios, me retiro. Uno tiene que tener miedo. No el miedo que te paraliza, te bloquea, o te hace pensar que no puedes lograr algo, sino el miedo que te hace dar el plus. El miedo que te avisa que si no haces las cosas con la intensidad necesaria, puede ser que te vaya mal y el rival te pase por arriba. Es una sensación que muchos confunden. No es cagazo. Es bueno y es importante sentirlo, y debe ir acompañado por la seguridad de que has trabajado para enfrentarte a esa situación.

P. ¿Eso lo ha trabajado con psicólogos?

R. Con los psicólogos he hablado de un montón de cosas que son personales y que pueden haberse relacionado con el trauma del fútbol y no saber manejar ciertas situaciones en el alto nivel. A veces un psicólogo te enseña que todo eso no lo produce el fútbol si no tu educación, tu crianza, lo que tú te crees que eres porque desde pequeño has pensado que ser un superhéroe era la única forma de vivir la vida.

P. ¿Qué le enseñó el fútbol de usted mismo?

R. Aprendí que siempre me ayudó tener un motivo claro. Eso me mantuvo vivo para perseguir lo que me propuse. A veces me pregunto: “¿Cómo lo logré? ¿Cómo fui capaz de hacer esto?”. Por ejemplo, goles que hice. Algunos miran sus goles y piensan que los hacen porque son cracks, o porque los metieron de casualidad. Yo me siento, los miro, y digo: “¿cómo fui capaz de hacerlo? Si lo tiro diez veces más, no lo hago”. Si fuese un crack, de los diez balones que voy a tirar así tienen que entrar mínimo ocho. Y si yo los vuelvo a tirar me entra uno en quinientos. Cuando tienes un motivo para hacer las cosas consigues lo increíble.

P. En los últimos años convivió en el mismo equipo con futbolistas como Neymar o Ronaldo que trascendieron el fútbol por su imagen o su fama. ¿Qué aprendió de ellos?

R. Como nunca he tenido el deseo de ser más que nadie ni en el fútbol ni en la vida, he analizado mucho a mis compañeros. Y como aquel que es más famoso o reconocido siempre resalta un poco más porque a veces tiene la necesidad de demostrarlo, en el momento de analizarlo he visto muchas cosas negativas y positivas que me han ayudado. Descubrí que hay cosas que nunca quiero tener en mi vida, cosas que muchas veces veo y rechazo totalmente. Eso me ha enseñado a crecer como persona, del mismo modo que en estos jugadores he visto otras cosas que por más que yo haya sido muy perfeccionista, me han ayudado. He dicho: “Este es el ejemplo. Esto sería bueno para cualquier ser humano”.


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Sobre la firma

Diego Torres

Es licenciado en Derecho, máster en Periodismo por la UAM, especializado en información de Deportes desde que comenzó a trabajar para El País en el verano de 1997. Ha cubierto cinco Juegos Olímpicos, cinco Mundiales de Fútbol y seis Eurocopas.

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