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Muere a los 68 años Carmen Valero, la primera atleta olímpica española

La mediofondista de Sabadell, doble campeona del mundo de cross, tuvo que enfrentarse al machismo de la sociedad en los años setenta

Carmen Valero
Carmen Valero, en una prueba de cross en 1977.EFE
Carlos Arribas

Carmen Valero, que ha fallecido este martes en Sabadell a los 68 años, ha sido la atleta española más importante de la historia. Antes de ella, doble campeona del mundo de cross, en 1976 y 1977, el atletismo femenino era un desierto, territorio de mujeres valientes, muy pocas, y España, un país que se despertaba a la democracia y en el que la mayoría de sus hombres, educados en el franquismo, aún creían que la mujer ha venido al mundo para parir sus hijos y cocinarles la comida. Después de ella, la primera atleta española que participó en unos Juegos Olímpicos (Montreal 76), las que siguieron lo tuvieron siempre más fácil. Todo lo que hacían ellas por primera vez, ya lo había hecho Valero antes; todos los obstáculos que debieron pasar, ya los había superado la atleta que toda su vida perteneció a la Joventut Atlètica Sabadell.

“Carmen Valero era una heroína mía de cuando yo también corría mis buenos maratones”, se deshacía hace media docena de años la norteamericana Kathrine Switzer, la primera mujer que corrió legalmente el maratón de Boston, dorsal 261, la foto del organizador intentando echarla de la carrera. “La admiraba muchísimo y envidiaba que hubiese ido a los Juegos Olímpicos, aunque no envidiaba ninguno de los desafíos a los que me consta tuvo que enfrentarse en España. En los EE UU ya era bastante difícil ser mujer y atleta, pero sé que en España era aún más duro. Siempre tendrá mi agradecimiento por su gran contribución a la historia y a la lucha de las mujeres de todo el mundo, no solo de España”.

En esa España, a Carmen Valero, nacida en Castelserás (Teruel) el 4 de octubre de 1955 y hecha atleta desde muy joven en Sabadell, de la mano del gran entrenador Josep Molins, el valor se le suponía, pero el talento lo demostró ante las mejores atletas del mundo. “Fui pionera, abrí puertas, pero lo hice todo sin darme cuenta. Solo ahora me doy cuenta de que realmente hice algo y la gente lo valora”, recordaba Carmen Valero en una entrevista hace unos años. “Yo siempre he sentido que todos tenemos un talento. El mío es el de correr. Y para disfrutarlo te tiene que gustar. Me encantaba correr”. Ya campeona de España absoluta de 1.500m a los 16 años, Valero, madre de una hija, fue medallista de bronce en el Cross de las Naciones (Mundial de cross) a los 19, en 1975, en Rabat.

“El problema estaba ya de entrada, porque era el propio directivo el que no creía en la capacidad deportiva de la mujer. Al año siguiente, en Chepstow (Gales), cuando íbamos a hacer la reunión técnica, los hombres no nos dejaron ir a las mujeres. El directivo nos dijo en los pasillos del hotel: no, ya la hemos hecho con los chicos... ‘Vosotras, las españolas, ya lo sabéis, sois unas culonas y unas pechugonas que no servís para nada’”, recordaba la atleta. “Me lo decía a mí, que me hacía 25 y 30 kilómetros diarios... Y al día siguiente gané mi primer Mundial”. Tenía 20 años la gran Carmen Valero entonces. Y a los 21 fue también campeona del mundo, por delante de las soviéticas que batían récords mundiales de medio fondo con una facilidad de máquina, como Ludmyla Bragina o Tatiana Kazankina. “A los chicos por ganar un campeonato del mundo les prometían 6.000 pesetas. Ninguno lo ganó. Yo gané dos, a las mejores soviéticas y todo, y me dieron 200 pesetas por cada uno. Estamos dando pasitos pequeños, pequeños granitos de arena, y al final tendremos lo que nos merecemos. En el extranjero yo me veía muy enana, pero nunca me encogí”, reflexionaba recientemente Carmen Valero, que medía 1,66m y pesaba 53 kilos en forma.

“No podía pensar en la desigualdad de la mujer entonces por una razón, empecé muy pequeñita, tenía 12 años, y era imposible que lo viera, aunque cuando salía a correr con chicos a la calle, normalmente me decían de todo: vete a lavar los platos, estate con tu familia, cómo piensas que así vas a funcionar. Y vi la diferencia con España ya en Alemania, donde chicos y chicas compartían duchas sin problemas. En cambio, los españoles estaban por allí mirando. Ya tenían otro tipo de formación. Nos sacan al menos 30 años de diferencia, y eso se nota. El atletismo me ayudó totalmente a cambiar de mentalidad”, explicaba.

Cuando contaba su historia era como si hablara de otro siglo, de otro país, de otro mundo, no de la España en la que ya había nacido la campeona olímpica de 2016 Ruth Beitia y en la que nacerían por entonces las futbolistas que se proclamaron campeonas del mundo y mostraron al país su fortaleza y su poder ante los ramalazos de machismo imborrables. “En España tenía que correr con bombachos porque correr con braguitas como las que hay ahora solo podía en el extranjero, dentro estaban mal vistas...”, recordaba. “Iba a misa los sábados si competía los domingos, y los domingos si era el sábado la competición. Así hasta que me casé”.

Fue docenas de veces campeona de España de todas las distancias del mediofondo, desde los 800m hasta los 5.000m, y plusmarquista nacional también. Sus marcas aguantaron hasta la llegada, a comienzos del siglo XXI, de Marta Domínguez o Natalia Rodríguez. Más milagroso aún que una española, puro coraje y clase, llegara a ser dos veces campeona del mundo de atletismo, lo que ningún hombre ha conseguido, era aún que una mujer decidiera dedicarse a correr en la España de los setenta, y que lo consiguiera. “En el extranjero se hacía la enseñanza técnica del atletismo en las escuelas sin diferencia de géneros, y me llamaba la atención porque aquí en España no había nada para niñas. Gracias a Josep Molins y a otros mayores que estaban entrenando, yo me apuntaba y me enganchaba a ellos y ya está”, decía Valero. “Los colegios solo era fútbol, una pelota en el patio y a dar patadas. Ese era el deporte que se hacía. A mí me perdieron el examen de política del Servicio Social. Pilar Primo de Rivera me preguntó. Yo dije que no quería jugar al fútbol, sino correr y me perdieron el examen para forzarme. Me lo hizo y me dio la autorización a los dos días. Y no, no veía, repito, la desigualdad en la vida cotidiana...”.

Carmen Valero, en 2011.
Carmen Valero, en 2011.Gianluca Battista

Cuando se retiró del atletismo, Carmen Valero tomó aún más conciencia de las desigualdades hombre-mujer. Lo hacía sin aspavientos, con la humildad de las campeonas, pero participaba feliz en actos de reivindicación de la mujer. “Si hubiera sido hombre... No, no lo he pensado nunca. Solo hace 15 años que mis amigos y los que me conocen empezaron a valorar lo que había hecho”, recordaba en 2017. “Yo no le daba importancia porque lo que me gustaba era correr. Me gustaba correr y no necesitaba dar explicaciones a nadie, me las daba a mí misma. Era mi espacio de libertad. Necesitaba ir a correr, y ahora lo necesito igual porque en vez de tomarme una pastilla, me voy a correr y estoy superbien. La mujer tiene que trabajar mucho más para alcanzar lo mismo que un hombre. En el mismo banco en el que he trabajado al dejar el atletismo, normalmente había muchos chicos como directores, como representantes y apoderados, y las chicas éramos más bien el cuerpo administrativo, las cajeras. Evolucionó un poco, claro, pero aún hay mucha desigualdad…”

El 28 de diciembre, un derrame cerebral masivo quebró a Carmen Valero, la atleta que abrió una puerta que parecía infranqueable con tal fuerza que nunca más nadie logrará cerrar.

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Sobre la firma

Carlos Arribas
Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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