alienación indebida
Columna
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Rubiales no está exento de regate

De lo moralmente reprobable hemos pasado al espionaje por encargo e incluso al de autor, a la adulteración consciente de una competición o a la administración desleal

Luis Rubiales.
Luis Rubiales.Rodrigo Jiménez (EFE)

Cuentan los compañeros de El Confidencial que Luis Rubiales utilizaba un bolígrafo de espía para grabar —de manera clandestina, lógicamente— sus reuniones presenciales con algunos ministros y diversos altos cargos del Ejecutivo, que es lo más peligroso que puede hacer un presidente de cualquier organismo oficial nada más jurar el cargo: creerse James Bond. Imposible, pues, no acordarse de aquel episodio en el que Seinfeld y Elaine viajan hasta Florida para asistir al homenaje que los asociados del condominio preparan al padre del cómico.

Uno de ellos le muestra su última adquisición, un bolígrafo de astronauta, y Jerry no puede más que alabar el ingenioso invento. Tanto empeño pone en parecer impresionado que el jubilado siente la obligación de regalárselo, dando pie a un violento cisma en el seno de la comunidad: a saber cuántos bolígrafos espía habrá regalado Rubiales a sus víctimas por el mero hecho de no parecer descortés.

De lo moralmente reprobable, que bien podría definirse como un presidente federativo ganando más o menos dinero en función de qué equipos jueguen una determinada competición, hemos pasado al espionaje por encargo e incluso al de autor, a la adulteración consciente de una competición o a la administración desleal, incluido algún viaje no se sabe si más de placer que de negociaos, por cuenta de la RFEF, que, por cierto, repasa uno los antecedentes de la institución y empieza a pensar que toda esta gente se acerca al fútbol con la única intención de conocer mundo, como antes se acercaron tantos otros al ámbito de la religión y las misiones.

“Esto es una mafia, pero no creo que se llegue al punto de que me encuentren tirado en una cuneta con un tiro en la cabeza”, dijo Rubiales en aquella rueda de prensa donde ofreció más disculpas que explicaciones: hombre, tampoco es que Nueva York sea Baltimore.

La parte anecdótica de las informaciones firmadas por José María Olmo y Alejandro Requeijo, si es que alguna de ellas nos permite frivolizar con el contenido, se evaporó con aquellos primeros audios en los que Gerard Piqué proponía contactar con el rey emérito para que este les proporcionara —gratis, como si fuese un alevín del mundillo— algunos contactos en el vergel mercantil de Arabia Saudí: como algún conocido se lo recuerde en el avión que lo traerá de regreso a España, se nos muere Don Juan Carlos de la risa entes de poner un pie en el Real Club Náutico de Sanxenxo. Casi todo lo revelado desde entonces debería ser motivo suficiente para que José Luis Rubiales presentara su dimisión pero, miren por donde, aquel lateral industrial que recordamos de su etapa como futbolista tampoco parece estar exento de regate.

“Soy un tipo normal, de Motril. No fumo, no bebo, pero tampoco puedo asegurar que mañana me vayan a meter un saco de cocaína en el maletero”, continuó diciendo en aquella primera comparecencia. A todos nos sonó un pelín exagerado pero, a poco que le sigan acumulando escándalos y evidencias, que ocurriera algo así podría acabar pareciéndonos el menor de sus problemas.

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