PISTA LIBRE
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Francia gana, España también

Luis Enrique ha construido un equipo en formación, pero el más singular y excitante del panorama europeo

Luis Enrique, tras la final ante Francia.
Luis Enrique, tras la final ante Francia.Miguel Medina (AP)

Se le atribuye a Luis Aragonés una frase que ha hecho fortuna en el mundillo del fútbol. “Las finales no se juegan, se ganan”, dijo. Ha calado tanto que se repite hasta la saciedad. La pregonan futbolistas, entrenadores, aficionados y periodistas. La frase encierra una idea estrictamente funcional del fútbol, propia de los tiempos que corren: nada vale excepto la victoria. Si el fútbol tiene algún contenido moral, esta discutible premisa se lo retira.

España perdió en Milán contra Francia, campeona del mundo, selección trufada de estrellas, con tres futbolistas —Pogba, Mbappé y Griezmann— que han superado los 100 millones de euros en el mercado de traspasos. Sólo dos de sus titulares —Tchouameni y Mbappé— juegan en la Liga francesa. En el equipo de Luis Enrique, cinco titulares —Unai Simón, Eric García, Busquets, Gavi y Oyarzabal— juegan en la Liga española. Casi todos los restantes son apreciados futbolistas en la Premier League, sin que a que ninguno se le atribuya la etiqueta de estrella.

La selección alcanzó la fase final de la Liga de las Naciones después de propinar a Alemania la mayor goleada (6-0) en nueve décadas. En la semifinal se impuso a Italia. En el partido definitivo, se midió con Francia. El recorrido dice todo de la sólida progresión de España, después de varios años de decepciones y pérdida de prestigio en el concierto internacional, detenida en la reciente Eurocopa, donde España perdió con Italia en la rueda de penaltis. ¿Las semifinales se ganan y no se juegan? España jugó maravillosamente y el efecto en la autoestima del equipo fue indiscutible. También en el optimismo de los aficionados, excepto en los que confunden el fútbol con una hoja de Excel.

Italia, España, Alemania y Francia son los últimos cuatro campeones del mundo. España se ha enfrentado, por tanto, a los tres rivales que han definido el ciclo planetario desde 2006. No hay mejor medida para valorar el estado de salud de un equipo, más aún de un equipo joven, con varios jugadores que hace medio año no habían disputado más de cinco partidos internacionales.

La derrota en la final produce tristeza en el perdedor, pero no descarta un tipo de satisfacción superior al que disfruta el ganador. El fútbol está lleno de sensacionales perdedores de finales. La Hungría de Puskas en el Mundial de 1954 y la Holanda de Cruyff en 1974 son dos casos palmarios de equipos cuyo legado permanecerá en la memoria colectiva del fútbol, no encerrado en una vitrina.

La derrota de España en la final no impide imaginar una excelente selección en un futuro más o menos cercano. No sin críticas, polémicas y fuego a discreción, a Luis Enrique le cabe todo el mérito. Ha construido un equipo aún vulnerable, en fase de formación, pero el más singular y excitante del panorama europeo. Contra los tres grandes del fútbol continental, España ha marcado las directrices de los partidos y ha empequeñecido a sus rivales.

En muchos aspectos, la selección ha recuperado el aliento perdido después de 2012. Aquel equipo gobernó el fútbol sin previo aviso. Tampoco disponía de estrellas mundiales. Venían de un largo periodo de decepción y críticas. Cinco gloriosos años convirtieron a Iniesta, Xavi, Puyol, Sergio Ramos, Casillas, Silva, Xabi Alonso, Busquets, Piqué, Villa y Cazorla, entre otros, en referentes del panorama futbolístico. Es cierto, ganaron todo lo que encontraron por el camino, pero sobre todo dejaron la impronta que esta selección pretende recuperar. Su partido en Milán fue un éxito mayúsculo. Perdió, pero dejó en cueros a Francia durante casi todo el partido. El resultado no le concede el trofeo, pero le invita a soñar. Si tampoco cuenta eso, el fútbol vale muy poco.

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