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Jugada maestra

Bartomeu contrató a un mito del club para que detuviera todos sus golpes. Laporta debe decidir ahora si compensa aprovechar lo bueno de Koeman o romper la baraja

Ronald Koeman, en el banquillo del Ciutat de València.
Ronald Koeman, en el banquillo del Ciutat de València.Alberto Saiz / AP

Todavía hoy, la jugada de Josep María Bartomeu merece ser catalogada como maestra: contratar a un mito del club para que detenga todos los golpes destinados hacia tu persona hasta el final del mandato. Hablamos de unos cuantos meses, los justos para redimirse en lo deportivo y dejar una pátina de buena praxis como legado fiándolo todo a la paciencia, cierto margen de mejora y, como digo, el peso sentimental de un holandés aproximado a los cien kilos de peso y buenos recuerdos. Tampoco es que fuese el movimiento más audaz del mundo. Otros lo habían intentado antes que él con óptimo resultado, pero ni siquiera el aura incorrupta de Ronald Koeman es capaz de detener el tipo de golpes que propina la policía cuando llama a tu puerta con una orden de registro.

El fútbol es un depredador que devora momentos y estados de ánimo a un ritmo asombroso. En octubre, la afición del Barça había perdido toda esperanza y, con la Navidad a la vuelta de la esquina, los peores presagios hicieron presa en el imaginario popular. Se vislumbraban una especie de brotes verdes con el asentamiento de Pedri y Araujo, se valoraba el paso adelante de Frenkie de Jong, pero el equipo hizo aguas en el partido decisivo del primer examen europeo contra la Juventus y en la Liga transitaba a dobles dígitos del líder pese a acumular algún partido de más. Nadie en su sano juicio apostaría entonces por la continuidad de Koeman hasta que el año nuevo trajo consigo un milagro y el equipo pareció comenzar a carburar. Un buen rato contra el Granada, una eliminatoria honrosa frente al Sevilla, un arreón imponente en liga y una eliminación más o menos decente frente al PSG situaron el trabajo del holandés en el lado cómodo de la balanza.

Entonces llegó la victoria de Laporta en las elecciones, unas cuantas semanas de fútbol-ficción, incluida la final de Copa, y el desplome insondable de un equipo que empezaba a prometer y se abandonó al prorrateo. De golpe y porrazo, el aficionado del Barça regresó al mes de octubre, a la desconfianza total en las capacidades del técnico y los temores primarios sobre la verdadera valía de una plantilla que combate las dudas a fogonazos, como los malos artilleros. Al descanso del partido contra el Granada, con el Barça dominando el juego y el marcador en busca del liderato, yo mismo me esforcé en explicarle a mi padre cómo Ronald Koeman se había ganado el derecho a liderar el proyecto de la próxima temporada. Apenas cuarenta y cinco minutos después, era mi padre el que se empeñaba en convencerme de que todo el mundo se equivoca y nadie nace tonto o de repente, menos aún un hijo suyo.

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Con Koeman, como tantas otras veces en el fútbol, caben y merecen ser respetadas todas las opiniones pues ninguna puede presumir, al menos en este momento, del halo inconfundible de las verdades absolutas. La distancia del Barça actual con los grandes clubes europeos no podrá ser enjugada en una sola temporada y Laporta debe decidir si compensa aprovechar lo bueno que tiene Koeman o romper definitivamente la baraja. Una cosa y la contraria tienen idénticas posibilidades de cuajar en la decisión correcta así que todo dependerá del empeño y la audacia del nuevo presidente y su dirección deportiva. Además, cualquier acción parecerá mejor al aficionado medio que contratar no sé qué servicios con una empresa bautizada como Coyote & Big Data.

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