El entrenador que marcó a...

Garralda: “Cruz Ibero me enseñó que no basta con trabajar como una mula”

El campeón del mundo de balonmano en 2005 y técnico de Chile recuerda el impacto a los 18 años de una charla del seleccionador júnior

Cruz Ibero, exseleccionador de balonmano, en los noventa.
Cruz Ibero, exseleccionador de balonmano, en los noventa.

A los 18 años, Mateo Garralda pensaba que lo hacía todo bien, como buen adolescente. Su mentalidad en el vestuario, recuerda, era oír, ver y callar. “Me esforzaba todo lo que me daba el cuerpo, como una mula. Yo llegaba, me cambiaba y me ponía a trabajar. Mi relación con el resto del equipo no era ni buena ni mala”, reconoce el exjugador de balonmano de 50 años, campeón del mundo en 2005 y actual técnico de Chile. Hasta que un día, en medio de un entrenamiento con la España Júnior previo a un campeonato, el seleccionador, Cruz Ibero, lo llamó a capítulo. “Mira, Mateo, no vale con ser un buen jugador”, le dijo de profesor a alumno. “Tú vas a lo tuyo, pero debes implicarte mucho más, conectar con tus compañeros y aglutinar voluntades para un fin común”.

Aquella advertencia sorprendió al joven Garralda, un martillo ya a esas alturas en una generación brillante. “Creía que hacía las cosas bien, pero esa charla me dio un punto que no era capaz de ver hasta entonces”, confiesa. Esas palabras se le quedaron grabadas. No provocaron, eso sí, un cambio inmediato de actitud, ni tampoco un rechazo; dejó que las cosas fluyeran. “Instintivamente, esperé a que llegara el momento, no me impuse a nadie”, comenta. “Y un año y medio después, el Granollers [su club] se renovó por completo y dejó una plantilla muy joven. Ahí sí di un paso adelante, y me sentí muy cómodo. Fue el punto de inflexión”, apunta.

Las palabras de Cruz Ibero habían hecho palanca y habían despertado el espíritu colectivo del lateral derecho. “Me tenía mucho cariño porque éramos del mismo pueblo. Me cogió en palmitas, me exigía”, señala el navarro, que admite que hace mucho que no sabe de él. “Sí he hablado con su hijo, que nació durante el Mundial Júnior del 89, en Galicia. Su padre no estaba allí y todos en el equipo veíamos cómo sufría. Hace 30 años eso era normal, no fue el único que se perdió el nacimiento de un hijo por una responsabilidad deportiva”, apunta el siete veces medallista con España, séptimo con más partidos internacionales (233) y noveno máximo goleador (593), además de ganador de seis Copas de Europa y ocho de Ligas.

Cruz Ibero lleva un cuarto de siglo retirado del balonmano y de los focos. Cuesta trabajo encontrarlo. En 1995, cuando acabó su etapa de dos años en la selección absoluta, lo dejó y se apartó. “No quería irme con la maletica a recorrerme el mundo”, afirma ahora a sus 70 años desde Francia, donde le ha pillado la pandemia. “La verdad es que no recuerdo aquella conversación con Mateo. Es que tuve muchas con él”, suelta sincero. “Fui seis años seleccionador júnior y siempre me preocupó más la formación personal que la deportiva. Por eso hablaba mucho con ellos”.

Técnico de una generación dorada

Por sus manos y sus enseñanzas pasó una camada dorada, con Garralda, David Barrufet o Enric Masip, dos veces subcampeones del mundo en categorías inferiores, el germen de las primeras medallas grandes, la plata europea y el bronce olímpico de 1996. Antes había sido ayudante de Juan de Dios Román en el Atlético, técnico del histórico Helios y portero-entrenador del Bofarull. “Una vez vi un vídeo donde exjugadores calificaban a antiguos seleccionadores. Uno dijo de mí que era como un padre. Al principio me afectó un poco, pero era cierto”, cuenta. “Lo recuerdo muy didáctico y pasional. Se movía mucho por emociones, era todo corazón. En esto me parezco a él”, lo define Garralda. Sin embargo, el balonmano se acabó pronto para este pamplonés, que siguió ejerciendo de profesor de Educación Física hasta su jubilación.

La lección de Cruz Ibero a su discípulo a finales de los ochenta es la misma que le ha tocado dar décadas después Mateo Garralda a jugadores suyos cuando pasó a dirigir equipos en 2012. “Lo he hecho en dos ocasiones. Les conté lo mismo que me dijeron a mí. Que cuanto más peso deportivo, más responsabilidad tienes con tus compañeros para liderar, empujar y saber dar un paso atrás. Lo entendieron y el cambio fue espectacular”, se felicita ahora desde Santiago de Chile, adonde llegó en 2016 y aspira a quedarse hasta los Juegos Panamericanos de 2023, feliz en la ciudad y fascinado con el desierto de Atacama.

Quizás en aquella reprimenda de Cruz Ibero se gestó uno de los mejores gestos y anécdotas en la carrera de un tipo tan volcánico como Garralda. Nada más aterrizar en Barcelona con el bronce olímpico de Atlanta 96, se marchó a un orfebre que vivía cerca de su casa y le pidió que le cortara en dos la medalla para darle la mitad a Enric Masip, a quien se lo había prometido tras romperse un dedo de un pie en el Europeo anterior. Por suerte, el platero, estupefacto ante semejante encargo, le propuso cortarla por el canto con una sierra para suavizar el estropicio. Cuando ambos volvieron a verse en el vestuario del Barça, el navarro le entregó el paquete como quien trae unas chocolatinas compradas en el último momento en el aeropuerto y el catalán, al descubrir lo que había dentro, salió corriendo a buscarle al grito de “estás loco”.

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