Perdón por Bale

Lo que de verdad molesta del galés es que no sea Cristiano Ronaldo porque la propaganda institucional teorizó durante demasiado tiempo con esta posibilidad

Gareth Bale, esta temporada contra el Celta.
Gareth Bale, esta temporada contra el Celta.SERGIO PEREZ / REUTERS

Ya falta un poco menos para que algún rival político le exija a Pablo Iglesias que pida perdón porque Gareth Bale juega al golf. Definitivamente, la política española se ha futbolizado hasta el punto de que dicho proceso empieza a resultar ofensivo incluso para el propio fútbol, que ni en sus peores épocas alcanzó un grado de crispación y brusquedad dialéctica como el que se viene advirtiendo en el Congreso de los Diputados de un tiempo a esta parte. En el país de Jesús Gil, Joan Gaspart, Ramón Mendoza o los tres Jose Marías (Del Nido, Caneda y Ruíz Mateos), por poner algunos ilustres ejemplos, tiene su mérito haber rebasado con creces el nivel de esperpento perpetrado, en sus mejores días, por tan dignos herederos de Don Latino. Incluso aquel famoso“al negro le corto la cabeza” de Gil quedaría hoy un tanto diluido entre las riadas de insultos, amenazas y muertos arrojados a la cara del adversario político de turno.

En realidad, que Gareth Bale juegue al golf no es culpa de nadie y mucho menos del vicepresidente del Gobierno o del propio Bale, que debería poder hacer con su tiempo libre lo que le venga en gana sin que esto derivara en una parodia constante del personaje. Su contrato ya establece las limitaciones lógicas en cuanto a actividades alternativas para cualquier deportista de élite -esquiar, montar en moto, torear- pero jugar al golf no está entre ellas, motivo por el cual tantos y tantos futbolistas, estrellas de la NBA, la NFL, la NHL, tenistas, nadadores o pilotos de Fórmula 1 lo practican casi a diario. “No debería ser un problema para mí jugar al golf pero lo es. Mucha gente tiene problemas con el hecho de que juegue al golf”, se lamentaba el galés durante la grabación de un podcast esta misma semana. La cara de incredulidad en su interlocutor, el productor Erik Anders Lang, debería bastar para focalizar la verdadera naturaleza de una polémica que poco o nada tiene que ver con las constantes lesiones del galés, su hipotético desinterés por el fútbol o aquello tan diestefanesco de la mujer del César y el escudo del Real Madrid.

Hablamos de prejuicios, claro: hacia el propio jugador pero también hacia un deporte que, al menos en España, se sigue relacionando con el privilegio, el esnobismo y una cierta ausencia de conciencia social, no digamos ya medioambiental. Nadie osaría echar en cara a Bale, por ejemplo, que saliese a correr todas las mañanas, entre otras cosas porque trotar sigue siendo una actividad emparentada con la cultura del esfuerzo en nuestro imaginario colectivo, pero también porque resulta asequible a todos los bolsillos: cualquiera puede comprarse unas zapatillas y echarse a los caminos, incluso al asfalto.

Lo que de verdad molesta de Bale, sospecho, es que no sea Cristiano Ronaldo, una característica que comparte con el resto de futbolistas del planeta pero de la que solo se hace partícipe al galés, quizás porque la propaganda institucional teorizó durante demasiado tiempo con esta posibilidad. El otrora escudero debía convertirse en heredero y es este asunto espinoso, el de las sucesiones, el quién es hijo de quién, lo que podría terminar llevando su caso al mismísimo Congreso de los Diputados, visto lo visto en las últimas sesiones plenarias. Que Bale solo sea Bale no es culpa de nadie, aunque semejante perogrullada no debiera impedirnos la búsqueda de un responsable político que aceptara disculparse ante esa parte descontenta del madridismo: a fin de cuentas, tampoco es que haya matado a nadie.

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