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PISTA LIBRE OPINIÓN i

Martin Peters y la irrupción del 4-4-2

Era un centrocampista con un ojo clínico para alcanzar el área y sorprender a las defensas rivales, cualidad muy infrecuente en el hermético fútbol inglés de aquellos días

Martin Peters, en primer término, con la selección inglesa en 1971
Martin Peters, en primer término, con la selección inglesa en 1971

Entre las pequeñas revoluciones del fútbol, el sistema 4-4-2 es una que se mantiene vigente. El entrenador que la convirtió en moda fue Alf Ramsey, técnico de la selección inglesa que ganó el Mundial de 1966. Éxitos de esa naturaleza tienen inmediatas consecuencias. La más relevante fue el papel declinante de los extremos, regresión que molestó especialmente en Inglaterra, el país de Stanley Matthews. Un futbolista alto, flaco y listo se arrogó el papel de hereje en aquella final de Wembley. Se llamaba Martin Peters, tenía 21 años y marcó el segundo gol del encuentro. Peters murió el sábado, aquejado de Alzheimer.

Jugadores como Peters significaban una aberración para los puristas. Su principal cualidad era la sencillez y la astucia. Era un centrocampista con un ojo clínico para alcanzar el área y sorprender a las defensas rivales, cualidad muy infrecuente en el hermético fútbol inglés de aquellos días. No tardó en ganarse un apodo para la eternidad: The ghost (El fantasma), adscrito a su sorprendente invisibilidad en el área. Su papel como usurpador de la figura del extremo fue tolerada a regañadientes. Sin embargo, otros le veían como el futbolista futuro. Alf Ramsey, el técnico que apostó por él, dejó una frase para la historia: “Martin Peters se ha anticipado diez años al fútbol”.

La innovación se concretó en un Mundial que la selección inglesa comenzó con más dudas que certezas. John Connolly, extremo del Manchester United, fue titular en el primer partido. En los siguientes encuentros le sucedieron dos extremos, Terry Paine (Southampton) y Callaghan (Liverpool). Ramsey no estaba convencido del rendimiento del equipo, pero sí de la importancia de Peters, que debutó en el tercer partido del Mundial, contra Francia. Una leve lesión del industrioso Allan Ball permitió su aparición en el equipo. Nadie le sacó de allí.

Hijo de un gabarrero del Támesis, Martin Peters estaba lejos de la idea que se tiene del jugador inglés. Era fino, elegante y nada ruidoso en el campo. Junto a Bobby Moore, capitán de la selección, y Geoffrey Hurst, autor de tres goles en la final contra Alemania, formaba parte de la gran trinidad del mejor West Ham de la historia. Como tantos otros jugadores altos, flacos y huesudos, Martín Peters desmintió durante toda su carrera que no estuviera preparado para los barrizales ingleses. Como le sucedía a Sarabia en el Athletic, Peters se deslizaba sobre el lodo como un pajarito.

Lo que no se entendía es la razón por la que Alf Ramsey colocaba en la izquierda del centro del campo a un jugador diestro, más dotado para el pase que para la habilidad con el balón, sin regate. El técnico tenía tres razones de peso: 1) con Allan Ball, Peters, Bobby Charlton y Nobby Stiles superaban en número a sus adversarios, todavía enganchados al 4-2-4. 2) Peters conocía muy bien el juego, era un centrocampista por naturaleza. 3) Su olfato para sorprender en el área rival era un arma temible.

Inglaterra ganó aquella final, impuso su táctica y comenzó a relegar a los extremos. Mientras tanto, los holandeses del Ajax decidieron resistirse a la moda. Pero ésa es otra historia. La de Peters fue la de un excelente jugador que pasó del West Ham al Tottenham y finalmente al Norwich. El fútbol no le garantizó la solvencia económica. Como varios de sus compañeros, vendió su medalla de campeón para obtener dinero. No fue la primera vez. En la víspera de la final de la Copa del Mundo vendió las dos entradas VIP que le correspondían, y que pensaba regalar a sus padres, a Stan Flashman, el rey de los reventas londinenses. Los padres vieron la final por televisión. Martin Peters decía que ese recuerdo le había torturado toda la vida.

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