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Hasta que se aburra Messi

Hoy nadie disfruta del Barcelona. El equipo perdió la pelota, el juego y más tarde el alma

Messi, en el partido ante el Leganés. Ampliar foto
Messi, en el partido ante el Leganés. REUTERS

Al Barça se le ha olvidado jugar a fútbol y no parece muy preocupado por recuperar ni que sea una versión digna que complazca a la afición más entregada del Camp Nou. Ahora mismo es un pelotón despersonalizado, aburrido y desganado, despreocupado por el qué dirán y convencido también de que llegará a tiempo de defender el título de campeón de Liga y de disputar la Champions. No tiene ninguno de los rasgos característicos de los mejores equipos azulgrana ni admite comparación con los más respetables de Europa. No puede competir desde la convencionalidad después de perder la identidad y dejar de ser el Barça.

Alcanza con ver el partido de Butarque para advertir que sus síntomas son muy preocupantes con independencia del momento de forma y de la edad de Messi (32). No tiene ritmo de juego ni velocidad de balón, dejó de presionar, no encuentra a buenos laterales y extravió el tercer hombre, una figura representada por el medio centro, puesto a la medida de uno de los jugadores más discutidos como es Busquets. La mayoría de asociaciones funcionan por amistad, o incluso por familiaridad, más que por sintonía futbolística, un pecado capital para el ecosistema del Barça, que sobrevive a partir de jugadas de estrategia espontáneas y afortunadas, no ensayadas en la Ciudad Deportiva Joan Gamper.

A falta de orden, de entrenamiento y trabajo de campo diario, sin intensidad ni movilidad, los azulgrana se agarran a la quietud y a la rutina, el recurso de los equipos veteranos, liderados por futbolistas con oficio, muchos títulos y más dinero, jugadores que ganan los encuentros a partir de los córners, las faltas y las tarjetas, como se vio en Leganés y contra el Celta: solo uno de los últimos siete goles ha sido de jugada y lo marcó Busquets. No se piensa en jugar sino en ganar porque no tienen más sustento que el liderato de LaLiga y también del grupo de clasificación de la Champions. El resultadismo, sin embargo, no acostumbra a funcionar en el Barcelona.

El precedente Ronaldinho

La hinchada ya está escarmentada desde los tiempos en que el secretario técnico (Begiristain) invitaba a leer el teletexto para confirmar que el equipo encabezaba la clasificación, el presidente (Laporta) pedía a los peñistas que no les embaucaran porque “no estamos tan mal” o la estrella Ronaldinho pasaba más ratos en la discoteca que en el Camp Nou. El Barça vuelve a envejecer mal cuando todavía cuenta con una buena versión de Messi. Hubo un tiempo en que la pelota acababa siempre en los pies y hasta en la cabeza del argentino, más tarde fue el rosarino el que la repartía; y hoy ha desaparecido hasta de las botas de Messi.

La etapa post-Messi se anuncia como un vía crucis si no se interviene a tiempo en un plantel que perdió la ilusión, saciado de dinero y harto de fútbol, amo del negocio y de la agenda del club que preside Bartomeu. El vestuario está viciado por los hábitos de una vieja guardia cuyos contratos no son regresivos sino que aumentan con los años, una política que fomenta el sedentarismo y el abandono, el interés por el ocio y no por el juego para desdicha de Valverde. El técnico es más un rehén que un cómplice de unas vacas sagradas que viven de renta. Ya no sirve agitar la alineación porque el equipo se queda quieto y los que se desmarcan juegan un fútbol distinto al del Barça.

Griezmann se ha extraviado, De Jong va y viene sin llegar a ningún sitio, Carles Pérez figura siempre en la lista de descartados y ha desaparecido el factor Ansu Fati. Acostumbra a ocurrir en muchas transiciones como recordaba recientemente Jordi Puntí después de citar a Antonio Gramsci y uno de sus textos políticos: lo que está muriendo no deja de morir y lo que está naciendo no acaba de nacer, justamente lo que pasa en el Barça por más que intente mediar Ter Stegen. No es casual que no se acierte en los fichajes y se apueste por renovar en las mejores condiciones a unos veteranos que forman parte de la mejor generación de la historia del Barcelona.

No quiere la directiva que se le reproche la salida de ninguna figura después del adiós voluntario de Puyol, Xavi e Iniesta y de la fuga de Neymar. La junta actúa con miedo, prisionera del vestuario, y condicionada por la falta de un plan desde la partida de Zubizarreta. El drama del consejo es que no sabe qué necesita ni qué le conviene al Barça. Hablar del estilo es tan vacuo como llenarse la boca con el més que un club; vale para vender camisetas y negociar créditos, no para seducir ni reconquistar a los admiradores del fútbol del Barça. No sirve de nada cambiar las piezas de un coche y embellecer la carrocería cuando el motor no arranca aunque el conductor sea Messi.

No basta con cortar y pegar. Para construir un relato, y también un equipo, para ser consecuente con la idiosincrasia azulgrana, se necesita una idea que tenga sentido y sentimiento, fácil de divulgar a partir de la convicción y la ambición, no desde la presunción y el acomodamiento, justo la sensación que desprenden muchos de los que ya han dado los mejores años de su vida al Barcelona. No es un problema de calidad ni de nombres —hombre por hombre el Liverpool no parece el mejor equipo de la Champions— sino de sincronía, complicidad y credibilidad, de creer y compartir un proyecto que necesita ganar para ilusionar, emocionar y reinar en España y Europa. No alcanza con ganar a diferencia del Madrid. Hoy nadie disfruta del Barça sino que su juego incluso aborrece y provoca desafección en días como el de Leganés.

El equipo perdió la pelota, después el juego y más tarde el alma, razón de más para que se haya convertido en un club de descreídos que solo aspira a que Messi no se canse también del Barça.

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