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Los Spurs despiden a Pochettino tras cinco años como técnico

El Tottenham destituye al técnico que lo llevó a la última final de la Champions, víctima de un vestuario hundido y de un proyecto más centrado en infraestructuras que en títulos

Pochettino, en el Tottenham-Sheffield del 9 de noviembre.
Pochettino, en el Tottenham-Sheffield del 9 de noviembre. AFP

La noticia de que el Tottenham había preguntado por Julian Nagelsmann, el técnico alemán del Leipzig, anunció la decisión ejecutiva más dramática de la temporada en el fútbol inglés. La primera respuesta de Nagelsmann, a quien la semana pasada ofrecieron hacerse cargo del equipo inmediatamente, fue que todavía tenía cosas que hacer en la Bundesliga. Pero la maquinaria no se detuvo. Este martes el club londinense comunicó la destitución tras cinco años como técnico de Mauricio Pochettino, y este miércoles ha anunciado que Jose Mourinho ocupará su lugar, con un contrato hasta 2023.

El Daily Telegraph informa de una indemnización a Pochettino de 15 millones de euros. Parece poco a la luz de los resultados de un entrenador que hizo que el Tottenham compitiera durante años al mismo nivel que el Liverpool y el City con un tercio de su presupuesto en fichajes, promoviendo canteranos hasta convertirlos en figuras internacionales y elevándolos a la última final de la Champions sin más consecuencias que un desplome. Tras cinco años de sobreexplotación, la plantilla está exprimida.

No hay erosión más ácida que el desafecto. Ocurre cuando los jugadores no ven un horizonte que les entusiasme y comienzan a buscar una salida. En el verano de 2018 lo raro en el vestuario del Tottenham era encontrar un futbolista que estuviera convencido de querer seguir en el club. Los pocos que no tenían dudas eran, como Dele Alli, jóvenes con salarios fuera de mercado, demasiado acomodados en el negocio y sin ambición de prosperar. Hasta Harry Kane, la bandera, esperaba una oferta que lo liberase de un proyecto que condenaba al equipo a convertirse durante años en un mero aspirante al cuarto puesto de la Premier. A Daniel Levy, el presidente, le preocupaban más las obras que los títulos. Empeñada en financiar un estadio recientemente inaugurado que costó poco menos de 900 millones de euros, la institución deportiva con más solera del norte de Londres apenas podía mantener una plantilla con nivel de Champions.

Pochettino, de 47 años, financió el sueño de su directiva convirtiendo en estrellas a canteranos y adolescentes como Kane, Walker, Trippier, Winks, Alli, Rose o Dyer. Pero tuvo que trabajar más duro aun la temporada pasada para devolver a los jugadores a la faena. Debió entusiasmarlos contra la evidencia. La promesa fue simple. Si conseguían redondear una buena campaña encontrarían el modo de fichar por clubes con más aspiraciones. A esa ilusión se agarraron hombres como Kane, Trippier o Eriksen, para volver a competir con la energía necesaria. El resultado superó todas las expectativas. El pasado mayo el Tottenham acabó la Premier en cuarta posición tras un desenlace de temporada festivo. El gol de Lucas Moura en el último minuto de la semifinal de la Champions contra el Ajax en Ámsterdam (2-3) fue la culminación de una obra agónica. El último grito de rebeldía significó la primera final que lograba el club en la máxima competición de clubes después de medio siglo. El golpe que sufriría ante el Liverpool, en Madrid, descubrió la realidad bajo la superficie brillante.

Después de dos años sin hacer fichajes el Tottenham necesitaba reformar su plantilla en profundidad. El equipo, aparentemente plagado de excelentes futbolistas, se había instalado en un ecosistema tóxico. Oscilaba entre la indulgencia de unos y la frustración de otros. Entre la distracción de Dele Alli, más preocupado por los videojuegos que por la pelota, y la desesperación de Kane porque no se veía rodeado de gente con la misma ambición.

Si las salidas de Trippier, Llorente, Janssen y N’Koudou; y las entradas de Ndombelé, Sessegnon y Lo Celso, con un balance de gastos de unos 70 millones de euros, apenas modificaron la estructura del plantel, mucho menos evidente fue el cambio en el plano anímico. Eriksen se encontró a disgusto. Kane parecía abatido. Las malas noticias se acumulaban cuando la poca autoridad que le restaba a Mauricio Pochettino acabó por resquebrajarse el día que uno de los líderes morales más importantes, el capitán Hugo Lloris, se fracturó el brazo izquierdo en Brighton, hace un mes. Lloris era el hombre de confianza del entrenador. Su repentina ausencia precipitó los acontecimientos.

El empate en casa ante el Sheffield United (1-1) dictó sentencia. El público rompió a pitar. El Tottenham se ha hundido al puesto 14 de la tabla después de sumar 12 puntos en 14 jornadas de Premier, a 20 del líder, el Liverpool. El descenso parecía una amenaza nítida. Si había una solución, se imponían acciones tajantes. El presidente Daniel Levy ha dicho este martes que para eso están los ejecutivos: “Para tomar las decisiones difíciles”. Su amistad con el técnico argentino no fue un impedimento: lo verdaderamente difícil habría sido despedir futbolistas populares. Ahora Levy deberá encontrar alguien que convenza a los chicos de repetir la hazaña una vez más.

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