Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Alejandro Valverde renuncia al Giro de Italia

El campeón del mundo no se ha recuperado del golpe que sufrió hace ocho días y no estará en Bolonia el 11 de mayo

Alejandro Valverde giro
Valverde, por delante de Kristoff, en el Paterberg del pasado Tour de Flandes. Getty

El jueves 25 de abril, el día que cumplió 39 años, el destino llamó a la puerta de Alejandro Valverde no con el tatatata, las cuatro notas que poética y estruendosamente abren la Quinta de Beethoven, sino con un golpe en el culo. Valverde se cayó de la bicicleta y aterrizó sobre la rabadilla. Después de verlo en las radiografías los médicos describieron sus efectos como un edema óseo, muy doloroso. El golpe, que le obligó a retirarse de la gélida Lieja-Bastogne-Lieja tres días después, aún le duele. Dentro de ocho días, el sábado 11 de mayo, comienza en Bolonia el 102º Giro de Italia, que debería ser el escaparate en el que el campeón del mundo luciera orgulloso, pletórico y feliz su maillot arcoíris, un esplendor imposible. Valverde ha renunciado a correr el Giro. En julio le espera el Tour.

“Aún le duele, aún le duele”, decía la víspera del anuncio oficial Eusebio Unzue, director del Movistar, su equipo. “La cosa está complicada. Si no va al 100% no tiene sentido que vaya, allí no va a mejorar y tampoco tiene sentido ir para retirarse o sufrir, sino para disfrutar y triunfar. No para ganarlo, que para intentarlo ya tenemos a Mikel Landa, sino para ir a por etapas y honores. Y físicamente estaba para ello, si no fuera por la caída... Tenía mejores números que nunca”.

La renuncia al Giro es el golpe de gracia a una primavera ciclista que no le ha ido a Valverde tan bien como soñaba. Iniciado mayo, en el palmarés del murciano solo destaca la victoria en la etapa reina del Tour de los Emiratos, disputada el 26 de febrero. La victoria le requirió tal esfuerzo que terminó la carrera con fiebre. Enfermo, tuvo que retocar su calendario ya por primera vez. En las clásicas comenzó bien, con puestos de honor en la Milán-San Remo (séptimo, su primer top ten en la Classicissima) y en el Tour de Flandes (octavo), un monumento que descubría. Después, en las Ardenas, su territorio, todo se vino abajo. Sufrió la resaca de Flandes en la Amstel (66º), donde el torbellino joven de Mathieu van der Poel y la suficiencia de Alaphilippe le desbordaron: fue la primera carrera en años en la que no terminó entre los 50 primeros, incluido todo tipo de etapas. Fue incapaz de aguantar la rueda de Alaphilippe en su Muro de Huy, en la Flecha (donde ya había ganado cinco veces) y, de negro vestido, lúgubre, se metió en el coche en la Lieja, su monumento favorito, el día en que aspiraba a igualar las cinco victorias de Eddy Merckx.

Si, como destaca Unzue, su estado físico era magnífico; si la edad no parece afectar a la frescura y el vigor de sus piernas y su corazón, ni a su ambición ni a su apetito de victorias (y mediado marzo, se veía tan bien, que retrasaba la fecha de su jubilación a finales de 2020, como pronto, y más allá), la única razón que podría buscarse a su primavera gris es la del influjo negativo del arcoíris, un síndrome ya diagnosticado a variados campeones a lo largo de la historia.

La víspera del Mundial de Innsbruck, cuando se le comentaba que Peter Sagan, tres veces seguidas campeón del mundo, vería lógico que se retirara desde el podio si triunfaba, Valverde se ponía serio. “¿Estás loco?”, respondía. “Cómo me voy a retirar si lo mejor de ganar el Mundial es vestir de arcoíris todo un año”.

El arcoíris supone para Valverde la prueba palpable de su grandeza, una demostración que necesita, un deseo de reafirmación que está pudiendo más que él. “La verdad es que el peso del arcoíris le está resultando muy pesado muy pesado”, dice Unzue. “A una persona como Valverde, que se exige mucho, que se siente muy responsable de lucirlo bien, de estar siempre arriba para hacerle honor al título de campeón del mundo, le está costando mucho digerirlo”.

Caído Valverde, el equipo al menos se congratula porque después de varios meses de lesiones, caídas y bajos momentos morales, Mikel Landa, líder único en el Giro, acompañado del ecuatoriano Richard Carapaz, está pletórico. “Lo mejor de su Lieja, en la que acabó séptimo, es que demostró que fue el único con iniciativa y fuerza para atacar después de la marcha de Fuglsang, y que esto le dará moral, a él, que a veces duda tanto de su capacidad”, dice Unzue sobre el alavés. “El fin de semana corre la Vuelta a Asturias, pero allí no tiene necesidad de destacar, aunque El Acebo atrae. Ya sabe que tiene el trabajo hecho”.

Nairo Quintana se prepara en Colombia para un nuevo asalto al Tour de Francia, que se le resiste; Landa deja caer que después del Giro se sentirá tan fuerte como para intentar ir a por el Tour. Alejandro Valverde no pensaba para nada en la carrera francesa. Su calendario era el Giro y la Vuelta en agosto. “Pero, claro”, dice Unzue, “Valverde estará en el Tour”.

Se reeditará, así, al menos aparentemente, la tricefalia del Movistar que tanto dio que hablar y escribir en 2018, y que tan poco premio obtuvo. “Pero aquello del tridente no fue más que una fórmula de marketing, no tenía nada que ver con el plan deportivo”, dice Unzue. “Y este año, menos aún. Valverde no irá a ganar el Tour, claro”.

Puedes seguir Deportes de EL PAÍS en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >

Más información