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Empate lánguido entre Real Sociedad y Girona

Ambos equipos se muestran romos en ataque y apenas generan ocasiones de gol

Zubeldia conduce el balón.
Zubeldia conduce el balón.Ion Alcoba Beitia (©GTRESONLINE)

A los entrenadores les gusta jugar a entrenadores, que en realidad es su trabajo, pero el aficionado de a pie, que tiene carné de abonado, pero no de entrenador, a veces no comprende esos juegos que en su tiempo fueron sobre una pizarra o un cuaderno pero ahora suelen ser sobre una tablet, que casi siempre maneja el segundo de abordo, como si utilizar la tecnología de cara al público, desvirtuara las funciones intelectuales del entrenador. Cuadernos todavía quedan, pero son como menús de restaurante turístico, con folios metidos en fundas de plástico, que en vez de fotografías de paellas, platos combinados o chuletones, reproducen jugadas que el futbolista que va a salir al campo mira con desgana.

En el baloncesto, por ejemplo, es muy diferente. El técnico, con su traje impecable, no tiene pudor alguno en mover imanes sobre una especie de cancha de baloncesto de viaje, o mancharse los dedos al borrar la pizarrita escolar.

Tanto Garitano como Eusebio jugaron a entrenadores al elaborar sus equipos para jugar en Anoeta. Ambos dejaron a sus joyas en el baúl. La Real jugó sin William José, su máximo goleador. El técnico del Girona le respondió con la misma jugada: dejó fuera a Stuani, el hombre más inspirado frente a la portería contraria. ¿Y qué pasó?, que ambos equipos estuvieron romos a la hora de acercarse a la portería del rival. Además, cuando Eusebio Sacristán, que se las sabe todas en Anoeta, decidió regalarle el campo a la Real, le dio un disgusto gordo a Asier Garitano, porque para ese instante, los donostiarras habían decidido que la posesión está sobrevalorada, y no les estaba yendo mal con los balones largos de Navas a la carrera de Jon Bautista o de Sandro. Todo el trabajo de Bono en la primera parte le llegó en varias jugadas de apenas dos o tres toques, con remates lejanos, eso sí.

La Real, por jugar en casa, parecía más obligada a dar una imagen decente en ataque. El Girona, mientras, se limitaba a cerrar espacios. Nada más. El partido iba decayendo con los minutos. Después del último disparo de Sandro en el minuto 39, y el lío en el que se pudo meter Moyá en el 44 al intentar sacar un balón jugado dentro del área pequeña, en vez de cogerlo con la mano, ya no hubo más hasta muy avanzada la segunda parte. Discurría el fútbol con languidez, e incluso un cierto halo de tristeza. Jugadores como Oyarzabal, en la Real, parecen en fase melancólica, una peculiaridad de los futbolistas zurdos, que a veces se enredan en su propio bucle. Pero los diestros también tienen lo suyo. Rubén Pardo, al que Garitano está intentando recuperar para la causa, le dio la razón a Eusebio, que durante varias temporadas le consideró un futbolista intrascendente. La Real no daba más de sí. Sólo en el minuto 66, con Juanmi ya en el campo después de cumplir tres partidos de sanción, pegó un latigazo en una doble ocasión de Sandro y Oyarzabal que Bono desbarató en dos buenas paradas.

Del Girona no llegaban noticias más allá de las que proporcionaba su portero. Ni cuando salió al campo Stuani, ya muy tarde, cuando su presencia se antojaba residual. Entonces tampoco se estiró el equipo catalán, muy cómodo defendiendo el empate a cero. Un remate de Lozano con la chepa en el minuto 89, tras un saque de córner se puede considerar ocasión, pero casi tanto como pulpo como animal de compañía.

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