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“¡Ya era hora, Bala!”

Valverde alcanza, al fin, el reconocimiento del mundo del ciclismo, encabezado por Eddy Merckx, que le hace llegar su alegría por su victoria

Alejandro Valverde, en la sede del Consejo Superior de Deportes. En vídeo, declaraciones del campeón del mundo a su llegada al Aeropuerto de Barajas.

A Javier Mínguez le llama Eddy Merckx: “Oye, que dile a Alejandro Valverde que enhorabuena, que me ha parecido extraordinaria su victoria”. Y el seleccionador nacional se lo dice después al campeón del mundo, que está empezando a comerse una hamburguesa con todos sus compañeros, el plato que todos han elegido para su cena de celebración: “Oye, que me llama mi amigo Eddy y me dice que se ha alegrado mucho de que ganaras tú”. El reconocimiento del Caníbal, el ciclista más grande de la historia, le llena a Valverde, es el símbolo del reconocimiento que le rinde todo el mundo del ciclismo a un ciclista ya viejo, de 38 años, que ha ganado al Mundial en su 12º intento justo dos semanas después de terminar una Vuelta en la que ha luchado por la victoria hasta la penúltima etapa.

Como le dice Freire, “ya era hora, Bala”. Y Valverde, le responde. “Al final he tenido la tranquilidad que tú siempre has tenido, y he logrado estar escondido en la carrera hasta el momento decisivo”. La 122ª victoria de su carrera es su primer Mundial.

“Espero que por fin tenga el reconocimiento del mundo, que le faltaba”, dice Eusebio Unzue, que le fichó para su equipo, ahora llamado Movistar, en 2005, y siempre ha lamentado que por unas razones u otras, a su Valverde nunca se le hubiera reconocido como uno de los más grandes de la historia. A Valverde, ganador de clásicas, de vueltas, de etapas, de sprints, de llegadas en montaña, ganador en enero y en octubre, ganador en plan oportunista, rematador y fondista, como los ciclistas grandes de antes, que renegaban de la palabra “especialista”, un insulto; ganador a los 23 y a los 38 años, ganador antes y después de la Operación Puerto y de su sanción. “Y por su valor como líder de equipo, como reactivo. Cuando él corre, todos los compañeros rinden al máximo porque saben que casi nunca falla, que siempre remata bien, y eso da mucho más valor a su trabajo”, comenta Unzue.

Intergeneracional

“Ha habido ocasiones que otros eran más reconocidos, pero, bueno, yo lo aceptaba, como en el caso de Contador, que había ganado el Tour de Francia y el Tour es el Tour... A mí nunca me ha preocupado eso, yo lo entendía y lo veía lógico”, dice Valverde, y no se siente cómodo hablando de ello, teme pasar por pretencioso. Él prefiere decir, como dice, “me sigo cargando generaciones”, y hace recordar que el tercero en su primer Mundial, detrás de su segundo puesto, fue el clasicómano belga Peter van Petegem, por ejemplo, nacido en 1970, diez años antes que él mismo, y que el segundo en Innsbruck es el francés Bardet, nacido en 1992, 12 años más joven. “Pero gusta muchísimo sentirse reconocido, y sentir que todo el mundo quiera que yo sea campeón del mundo, pues al final te motiva más y te anima a querer ser campeón del mundo”.

“La consagración de Valverde”, firma en L’Équipe su cronista estrella, Philippe Brunel, uno que comenzó a escribir de ciclismo con Merckx aún en activo y que nunca, rácano, se había permitido un elogio sin un punto de duda hacia el ciclista murciano. Y en su crónica habla de “la redención de Valverde con su victoria en el Mundial”, y, por fin, lo acepta en el club de los más grandes.

Valverde huye porque sus compañeros, ebrios de felicidad tras la victoria, le quieren lanzar. Es medianoche y empieza a refrescar en el idílico Tirol de prados verdes y montañas altas y bosques. Le quieren tirar vestido a la piscina (climatizada) del hotel. Al final se rinde y se moja, pero antes habla de ellos. “Hemos sabido correr toda la selección muy bien...”, dice. “Ellos me han aportado tranquilidad y me han permitido esconderme hasta el último momento. Sabía que ellos en todo momento lo iban a hacer bien, y eso que íbamos sin pinganillos. Tenían todo controlado, tanto que en el último puerto, antes del último repecho, le digo a [David] De la Cruz, ‘¿qué hacemos?’. ‘¿Cómo que qué hacemos? Si eres campeón del mundo’. Así me lo ha soltado, y eso quiere decir la gran unión, la confianza que tenían ellos en mí, mayor que la que tenía yo mismo personalmente”.

Y también cuenta, porque hay que contarlo, cómo la imprevisión que les hizo perder el avión y llegar un día más tarde al Innsbruck no solo demostró que la planificación exacta como base del rendimiento es un mito, sino que el sentirse siete chavales perdidos en un aeropuerto, sin directores ni personal que les dijera lo que tenían que hacer, forjó en ellos un sentimiento de grupo, de jóvenes aventureros, que no se puede lograr con sesiones especializadas. “Nos hemos conocido muy bien”, dice Valverde. “Eso es lo bueno. Al final nos lo tomamos como un ‘esto es lo que hay’, pero estábamos tranquilos. Sabíamos que íbamos a llegar, que íbamos a conocer el circuito, que lo íbamos a hacer todo bien. Cenamos todos juntos y luego nos fuimos a pasear y tomar un helado”.