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El metro cuadrado de Ferenc Puskas

Dos obras, una novela de Daniel Entrialgo y la traducción de un libro de conversaciones con él, recuerdan la vida del mayor goleador del siglo XX

Puskas marca un gol ante Piris, portero del Granada, en un partido correspondiente a la temporada 1959-1960.
Puskas marca un gol ante Piris, portero del Granada, en un partido correspondiente a la temporada 1959-1960.

En 1953, durante un partido de fútbol para la historia, Inglaterra-Hungría, hubo que bautizar a toda prisa (drag-back, se le llamó) un regate que Ferenc Puskas hizo en una esquina del área antes de fusilar al portero. El vídeo puede verse en internet: Puskas espera la llegada del defensa, Billy Wright, pisa la pelota, la adelanta un poco y la recoge bajo su suela para dejar a Wright tirado por los suelos y pasado de frenada. Hay numerosos artículos de la prensa británica sobre aquel momento. Prácticamente cada aniversario se publica algo. Da la medida de quién fue Puskas, y qué fue lo que hizo en Europa durante un tiempo imborrable.

Mucho antes, el mismo día en que Puskas jugó el partido que le dio fama en su país, ante 12.000 espectadores en el campo del Ferencvarós, una nube de paracaidistas alemanes cayó sobre Hungría anticipando la invasión nazi. Puskas tenía 17 años, jugaba en el Kispest y llevaba 18 partidos en Primera y siete goles. Entonces, como un heraldo negro, se presentó Eichmann en Budapest para poner en marcha la sucursal húngara de la solución final, la caza y exterminio de judíos. En dos meses y medio, casi medio millón de judíos fueron enviados a campos de concentración. La locura nazi era tal que uno de esos judíos que salieron de Budapest, un chico de 14 años, se salvó de la muerte en Buchenwald alegando tener 16 para ofrecerse como obrero, Imre Kertész, futuro Nobel de Literatura; se mataban niños, los adultos duraban un poco más.

Así se fue escribiendo la vida de Ferenc Purczeld Bíró, Ferenc Puskas (Budapest, 1927-2006), uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos: brotó, creció y se consagró en paralelo a las peores calamidades del siglo XX. Así la recoge Daniel Entrialgo en Puskas (Espasa, 2018), una novela imprescindible que recrea su vida y abre con una frase de Santiago Bernabéu (“Hay que ser muy hombre fuera del campo y muy niño dentro de él”), y un aviso funesto de Luis Carniglia, entrenador del Madrid: “Está gordo, presidente. Muy gordo”. Llega a las librerías el 26 de abril, el mismo año en el que se ha publicado otro volumen sobre el mayor goleador del siglo XX, la traducción de Puskas on Puskas, un libro de conversaciones con el delantero de Rogan Taylor y Klara Jarmich que publica en España Roca Editorial.

Lo bueno de hacerte viejo, dejó dicho Puskas, es que el balón ya te obedece. Sabía de lo que hablaba: con 31 años, entrenaba en un equipo amateur como jugador en retirada, casi veinte kilos por encima de su peso y declarado traidor a una patria, Hungría, cuyos espías enviaban al gobierno comunista informes de la cervezas y dulces que el antiguo ídolo nacional consumía mientras deambulaba en el exilio. Y sin embargo, Emil Osterreich lo había plantado delante de Santiago Bernabéu, que le gritaba con aspavientos para hacerse entender: “¡Cuatro años, tú, conmigo! 100.000 dólares más primas”. Así fue cómo el “viejo” que planeaba su retirada hizo en un entrenamiento en el estadio más famoso del planeta lo que diez años antes en su país natal: colocar cinco balones al borde del área y convertir lo que parecían tres disparos fallados al larguero en un pleno de cinco dianas al palo. “El gordito maneja la bola con la izquierda mejor que yo con la mano. Con el bamboche ese nos hartamos a meter goles”, dijo Di Stefano.

Daniel Entrialgo recuerda la relación que establecieron los dos ídolos: “Conectan como dos ondas de radio viajando en la misma frecuencia. Se miran y se reconocen. Hasta podría decirse que llegan a caerse bien y todo”. Es Di Stefano quien bautiza a Puskas como Pancho. Y quien se encarga de recordarle dos cosas que no soporta de él: la forma que tiene de protestar a los árbitros y la manera con la que ejecuta los penaltis. A él, famoso por la potencia de su disparo, resulta que le encantaba tirar los penaltis flojito. A Di Stefano ni siquiera le consolaba que los metiese casi todos: los colocaba ajustados, despacio, imposibles para el portero. Pero al argentino tanta súbita finezza le pone de los nervios. Respecto a la relación del húngaro con el reglamento, es conocido el castigo que el Madrid le impuso por darle un cabezazo a un jugador de Viena Sports en el partido de ida en Austria; Bernabéu lo mandó a Barajas con un ramo de flores a recibir a la expedición vienesa.

Puskas fue protagonista de dos de los partidos más bellos del siglo XX: el 3-6 de Hungría en Wembley a Inglaterra en 1953 y el 7-3 del Madrid al Eintracht en Glasgow, en el que marcó cuatro goles en una final de Copa de Europa. Wembley, y un año antes Helsinki 52, fue la coronación del Equipo Dorado, la selección nacional de un pequeño país que dominó el mundo durante años. Una generación irrepetible que perdió contra el Athletic de Bilbao su último partido. Fue con el Honved, un equipo nacionalizado para reunir en él a todas las estrellas y que así jugasen de memoria en la selección. Bozsik, Budai, Czibor, Kocsics, Puskas. No volverían a jugar nunca juntos una gran competición. Como otras generaciones extraordinarias de deportistas que coinciden en un tiempo y en un lugar, como la Yugoslavia baloncestística de Petrovic, Paspalj, Kukoc, Divac o Radja, fueron disueltos no en competición sino por sus propios países: hizo falta una guerra para vencerlos. En el caso magiar, la represión soviética que siguió a la revolución de 1956.

Ferenc Puskas tardó casi treinta años en poder volver a su país. Lo primero que hizo fue visitar la tumba de su madre. Tenía miedo de que el ídolo de un planeta hubiese sido olvidado por su país: falso. También en su casa era el mismo delantero que asombró en un siglo que hizo suyo. En una de las pocas ficciones que Daniel Entrialgo concede en el libro, se imagina al jardinero de Wembley dirigiéndose a Puskas muchos años después para decirle que le vio jugar aquel partido legendario, el del 3 a 6, y que años después de aquel partido una plaga de hongos atacó el césped. La novela pone al jardinero levantando el tepe exacto en el que Puskas le había hecho su famoso drag-back a Billy Wright. Recortando aquel metro cuadrado de hierba, enrollándolo, llevándoselo para casa y replantándolo en un patio trasero, junto a un limonero. Su nieto jugaba ahora al fútbol sobre esa misma hierba: “Aún es pequeño, pero algún día le explicaré quién fue usted y lo que hizo con la pelota ahí encima”.

 

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