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BLOGS Por EDUARDO SALETE VELA

Islas Feroe, el parque temático ‘outdoor’ de Europa

'Trekking' por los dominios del dios nórdico del viento

Eduardo Salete observando el Trøllkonufingur, al pie del acantilado. Ampliar foto
Eduardo Salete observando el Trøllkonufingur, al pie del acantilado. Balder

Por las ventanillas aparecen las montañas que escoltan al avión hasta su aterrizaje. El paisaje es duro, frío, desolador. Nos recibe un día gris arropado en un viento gélido nada más salir del aeropuerto de Vagar. Vamos camino a Bour, un pequeño pueblo en la misma isla para almorzar en una antigua posta comercial reconvertida en restaurante típico feroés. No se ve un solo árbol en todo el camino.

La comida en Bour es deliciosa. Antes de dirigirnos a nuestro hotel, remontamos un poco más por la costa sur de Vagar para ver la catarata Mulafossur, uno de esos puntos turísticos. De repente sale el sol y la isla muta la piel, como un camaleón: de oro viejo a verde oscuro. Uno empieza a ser consciente de la belleza de estas montañas que surgen de las entrañas del Atlántico Norte.

Bahía del pueblo de Bour. ampliar foto
Bahía del pueblo de Bour. Balder

Mulafossur, ahora con sol, es espectacular. El guía nos explica que hay que tener cuidado con los golpes de viento, cerca del acantilado algunos turistas ya se han despeñado hasta el mar helado. Mañana recibiremos más raciones de esos golpes de viento.

Cinco cosas que he aprendido de las Islas Feroe

MTB en Islas Faroe
MTB en Islas Faroe GripGrab Media Crew

[1] las islas son un auténtico parque de atracciones para las actividades al aire libre. Ya sea bicicleta, tanto de montaña y carretera, la práctica del senderismo y la escalada. Las posibilidades son infinitas mires a donde mires. Si tiene estos deportes entre sus favoritos, échele un vistazo a las islas como destino.

[2] En una sola jornada puedes experimentar las cuatro estaciones. El tiempo cambia a una velocidad asombrosa. Aunque estando tan cerca del círculo polar ártico, el clima es bastante templado con una media de 3 ºC en invierno y 12 ºC en verano. Alli tienen un dicho: "¿No te gusta el clima? espera cinco minutos".

[3] La gente es fantástica, muy amable y abierta. En 2014, National Geographic eligió las Feroe como la comunidad isleña más atractiva del mundo entre 111 destinos insulares. Corroboró el fallo de National Geographic, sin pensármelo dos veces. Un dato: casi no tiene delitos y ni una sola cárcel.

[4] La cocina es especialmente exquisita: sobre todo por el salmón, su principal industria, y el cordero. Fantástica. También probé ballena, como en una especie de cecina. Tiene un sabor… con carácter. Número de veces que la caté: 1; veces que la volveré a comer: 0.

[5] El paisaje es “pornográficamente” espectacular. Puedes tirar una foto al azar casi en cualquier dirección y las montañas, los pastos, las cascadas, las gargantas, el océano, las casas, los puertos o las ovejas compondrán un panorama de postal.

Después de la vuelta turística nos dirigimos a Magenta Guesthouse, una antigua casa donde una vez los reyes de Dinamarca fueron recibidos para un almuerzo real. Mañana nos espera un trekking con escalada y rappel. Estamos en un viaje organizado por The North Face para la presentación de su película Land of Maybe, donde James Pearson, escalador presente en el viaje y compañero mío de rápel, junto a Cedar Wright y Yuji Hirayama, intenta vencer el acantilado más grande de Europa.

A la mañana siguiente salimos para Krosstindur, montaña ubicada en la misma isla, que se alza vacía, cubierta con los pastos que cubren todas las Feroe, como si fuese un extraño templo Zen. El ascenso es fácil, casi distendido. A nuestra derecha se extiende el mar, a nuestra espalda el pueblo de Sandavagur, con sus casitas de colores que asemejan a construcciones de Lego. El sol se asoma tímidamente entre las nubes grises filtrando rayos de luz y resaltando el Trøllkonufingur, el “dedo de la bruja”. Una roca de 313 metros de altitud que solo ha podido ser escalada dos veces en la historia, y que guarda la leyenda de un malogrado escalador que subió a su cima en el siglo XIX para ondear la bandera de Dinamarca, pero que se despeñó intentando rescatar uno de sus guantes.

La escena es de las más agradecidas que puede encontrar un fotógrafo o un amante a la montaña. La pendiente se pronuncia cada vez más y el viento nos obliga a usar los cortavientos y ajustar capuchas. Llegamos a una planicie, donde el céfiro racheado golpea y hace tambalearnos como bolos. Comienzan las primeras dudas, si el viento es algo más fuerte no podremos proseguir hasta la cima. Continuamos trepando una montaña que falsamente parece suave desde la cota cero. Llegamos a la cresta que separa el pico Krosstindur de Húsafelli, de no más de unos 70 centímetros de ancha en la cúspide. La visión es hermosa y a la vez aterradora, con el mar por su cara este y el valle por el oeste. Y por ambos lados una caída de unos quinientos metros. No es la longitud de la cresta o lo escarpado del terreno lo que hace la ruta ahora más inquietante. Es el viento. Sin avisar, golpea racheado, provocando dar pasos en lateral y desplazamientos en la dirección contraria de la dirección. Uno podría pensar que como barlovento está de la parte de los acantilados si caes al menos lo harás hacia el valle. El problema es que el viento no es constante, es como si el dios nórdico del viento nos lanzase Jabs imprevistos por profanar sus dominios. El temor es desequilibrarse y, por reacción inconsciente, moverse en contra del viento con demasiado ímpetu. No hay lado bueno por donde caer.

Cresta entre el Krosstindur y el Húsafelli. ampliar foto
Cresta entre el Krosstindur y el Húsafelli. Balder

Jóhannus Hansen, el guía de Reika Adventure, y los escaladores determinan que se puede pasar. Vamos evolucionando con pies de plomo, mientras esperamos que el viento no nos perturbe excesivamente. La visión es espectacular, pero tomar imágenes se hace un poco complicado. Ganada la cresta, la tensión muscular se suaviza y alcanzamos el hito que corona el Húsafelli sin mayor dificultad. El viento en la cima se muestra implacable, pero es el momento para relajarse y apreciar uno de los parajes más extraños y hermosos que se pueden contemplar. Estamos a 591 metros de altitud. Nos falta atacar el Malinstidur, la montaña más alta de la isla con 683 metros, pero el tiempo se nos echa encima. Hay que bajar. Me apunto el trekking más divertido e inspirador que he realizado hasta la fecha en mi diario de viajero.

Eduardo Salete descendiendo a rápel en la garganta Ravnagjógv ampliar foto
Eduardo Salete descendiendo a rápel en la garganta Ravnagjógv Reika Adventures

El descenso a cota cero no es un paseo por los prados, pero casi. Un par de ovejas autóctonas de largas melenas nos observan con curiosidad. Por la tarde tenemos fiesta en el campamento base de The North Face, con sopa caliente, algo de bacalao y ballena en cecina, cerveza y un rápel de poco más de 35 metros por Ravnagjógv una de las gargantas más negras, mojadas y sublimes de las Islas…, pero esa es otra historia.

Documental 'Land of Maybe'

754 metros de rocas sueltas, pasto resbaladizo y pájaros con mala uva

James Pearson, atleta de The North Face se enteró de que el acantilado más grande de Europa nunca había sido escalado. Así que ni corto ni perezoso, ni sin preparar mucho el tema porque la mayoría de las veces los proyectos no salen adelante, propuso a The North Face capitanear una expedición para vencer al coloso marino de 754 metros. Y The North Face dijo que sí a bote pronto. Superada la sorpresa de una aceptación tan tempranera, el escalador británico completó el equipó con el norteamericano Cedar Wright y el japonés Yuji Hirayima y puso rumbo al Atlántico Norte, hacia las islas Feroe, hacia un territorio bastante más desconocido de lo que él esperaba.

El acantilado se alza en el Cabo Enniberg, el punto más septentrional de las islas. Con una altura de 754 metros. El acceso por mar y no siempre está abierto, pero, además, la imponente pared escondía dificultades que pusieron a prueba la técnica, logística y preparación emocional de los escaladores.

Tardaron 10 horas más de lo calculado en alcanzar la cima. Los motivos fueron la cantidad de rocas sueltas, debido a los fuertes vientos y tormentas que azotan la pared. Además, en muchas repisas crece el pasto que enmoqueta toda la isla, y estos tapices mojados, aparte de resbaladizos, son sitios donde es difícil asegurarse. Y luego estaban los propios habitantes del acantilado con los que no contaban los alpinistas: Las aves marinas que esperaban en sus nidos alojados en agujeros del acantilado, y cuyo patrón de comportamiento defensivo es salir de repente y vomitar sobre el “intruso”, al estilo de la niña del exorcista. Bueno, quizá esto fuese lo más divertido de la escalada y del documental, para nosotros, no para los escaladores claro... ellos se llevaron más de un susto.

Land of Maybe, es el documental que recoge esta aventura, la tenacidad de james Pearson, la belleza de las islas, lo apasionante del reto del acantilado Enniberg, las dificultades en la pared y lo sublime que puede ser el deporte de la escalada en entornos tan sobrecogedores. Incluso si no está interesado en la escalada, es muy agradecido de ver.

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