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El mejor solista del Barça se llama Valdés

Fue único, jugó igual de bien con los pies que con las manos, con el cuerpo y la cabeza, con una mentalidad tan fuerte que le permitía cuidar de sí mismo y del equipo

Víctor Valdés, en un partido con el Barça en enero de 2013.
Víctor Valdés, en un partido con el Barça en enero de 2013. EFE

Hay una historia del Barça, la de un club revolucionario y también ganador, construida a partir de los mejores delanteros, figuras como Samitier, Kubala, Cruyff, Ronaldinho o naturalmente Messi. Hasta Maradona fue jugador del Barcelona. También se puede contar la vida de un equipo único y singular en su estilo, con la biografía de centrocampistas de la talla de Juanito Segarra, Pep Guardiola, Xavi, Iniesta y Busquets. Incluso Luisito Suárez, el único español que ha ganado el Balón de Oro, fue futbolista del Barça. Habrá quien mida también la grandeza barcelonista, la de una entidad sobria y elegante, por los centrales que han desfilado por Les Corts y el Camp Nou, pocos como Olivella, Biosca, Migueli, Gallego, Puyol o Piqué. También Garay o Marinho formaron con el Barcelona.

Los momentos, y si se quiere las gestas azulgrana, remiten en cambio a los porteros hasta la llegada de Víctor Valdés, el guardameta que ha apagado la luz después de su desencuentro con el mundo, peleado con el Mónaco, extraviado en Bélgica, anónimo en la Premier desde que se reencontró con Van Gaal.

Valdés necesitaba jugar con tensión, solo contra la mejor delantera o el punta más temible, como ocurrió en la legendaria final de París 2006, aquel día en que achicó repetidamente hasta desquiciarle a Henry. Necesitaba afrontar cada jugada como si fuera la última de su vida, de manera que cuando anunció que no renovaría por el Barcelona se lesionó de manera fortuita en un partido contra el Celta. El arquero saltó por una pelota en una jugada aparentemente inocua y se quebró su rodilla sin que nadie se diera cuenta hasta que quedó dolorido y rendido en el Camp Nou.

Aunque su currículo quedará resumido en mil y un mano a mano, como si el fútbol fuera uno contra los once contrarios susceptibles de presentarse ante su marco, el portero siempre sufrió en solitario y en silencio, supersticioso y maniático como todos, único a la hora de entender el juego del Barça. Atacaba y defendía con la misma precisión que un ariete y, por tanto, era capaz de acertar en el remate más difícil y también, de vez en cuando, fallar en el más fácil, como cuando por su área asomaban la cabeza pillos como Villa o Tamudo.

Valdés fue un portero de época, único en el Barça, porque jugó igual de bien con los pies que con las manos, así como con el cuerpo y la cabeza, porque su secreto estaba en una mentalidad tan fuerte que no solo le permitía cuidar de sí mismo sino también del equipo y en especial de futbolistas delicados que precisaban de un ángel de la guarda como por ejemplo Iniesta. Hasta que quiso fue el escudo del equipo y hoy es el paradigma del portero que necesita el Barça. Ter Stegen no es fruto de la casualidad sino que su fichaje se explica a través de Valdés y de Zubizarreta. El Barça llegó a jugar con un portero sin manos (Busquets); tuvo a otro que necesitaba rezar un padrenuestro antes de cada partido para salvar su alma y condenar al equipo (Dutruel); los hubo que cerraban los ojos antes de cada tiro (Vítor Baía). Alguno pasó sin que se supiera si valía o no (Reina), también los hubo de entretiempo que contaban cuentos (Bonano). No ha sido extraño tampoco a los populares (Hesp).

Acostumbrado el equipo a jugar sin retrovisor, el único rival de Valdés era el propio Valdés. Quizá por su suficiencia, y porque nunca fue arquero de una jugada ni de un partido

El puesto de portero siempre ha sido mítico en el Barça. Los culers difícilmente olvidarán la tragedia de Enke o el accidente mortal de Urruti. Los más veteranos todavía recitan de vez en cuando la Oda a Platko que compuso Alberti. Muchos recuerdan aún las paradas en la línea de gol de Artola, la seriedad de Sadurní, la clase de Mora o la elasticidad de Reina. La mayoría, sin embargo, se vencía siempre ante el legado de Ramallets, el gato de Maracaná, inmortalizado en películas de cine, a menudo evocado por el cerebral Zubizarreta, capitán del Dream Team y también el director deportivo que dio con Ter Stegen tras descifrar a Valdés. Nadie discutió a Ramallets como el mejor portero de la historia del Barça, incluso después de quedar deslumbrado en Berna, hasta que llegó un chico criado en la Masia de nombre Valdés.

Ni el sol ni el mar pudieron nunca con VV, com reflejaban sus guantes (Víctor Valdés), el guardameta más decisivo que ha tenido el Barça. Acostumbrado el equipo a jugar sin retrovisor, el único rival de Valdés era el propio Valdés. Quizá por su suficiencia, y porque nunca fue arquero de una jugada ni de un partido, nadie le cantará una canción ni le escribirá un poema, aunque puede que más tarde que pronto salga un libro firmado por un periodista que le comprendió mejor que cualquier entrenador y se llama Lu Martín.

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