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El Sky, un equipo como los demás

El Ventolín de Froome es el último caso de un cierto dopaje 'light' que contradice la imagen ultratecnológica del conjunto británico

El Sky al completo, en el podio del último Tour, con Froome de amarillo. Ampliar foto
El Sky al completo, en el podio del último Tour, con Froome de amarillo. Corbis via Getty Images

En 2010 nació el Sky con una declaración de principios y una promesa. Venceremos al dopaje. Instauraremos un método científico que demuestre que un nuevo ciclismo es posible. Sometió a sus ciclistas y a los miembros del staff a entrevistas con su director médico, Steve Peters, un psiquiatra, que determinaba si estaban preparados para el desafío. A cualquiera que confesara haber sido malo antes y haber tenido contactos con el dopaje, se le rescindía el contrato, y tampoco tenían sitio en el equipo quienes no quisieran confesarse con Peters. Al mismo tiempo contrató una docena de fisiólogos, nutricionistas, entrenadores, ingenieros, físicos cuánticos, biomecánicos y todo tipo de especialistas que probaban que la mejora del rendimiento de cualquiera de sus cracks no era cuestión de doping, sino de entrenamiento inteligente, método y sacrificio, y los pequeños detalles. Muchos pocos hacen un montón, es su lema y la razón del Tour de Wiggins y los cuatro Tours de Froome, y una Vuelta.

El viejo ciclismo, entonces, lo representaba el pasado, del que renegaban. Los equipos cuyos corredores disponían todos de exámenes que demostraban que sufrían de asma y alergia y contaban con autorizaciones terapéuticas para medicarse en competición con corticoides y betaagonistas (antiasmáticos como el Ventolín) para poder competir en igualdad de condiciones con los sanos.

Hace unas semanas, Shane Sutton, uno de los jefes más importantes del Sky, declaró en un documental de la BBC que siempre habían creído que es lícito aprovechar todas las rendijas del sistema para lograr el máximo beneficio, para sacar provecho de las zonas grises de la lista de sustancias prohibidas, aquellas en las que el reglamento es ambiguo y la decisión de si hay dopaje la toma el arbitrio de una persona, no la simple presencia de un principio activo prohibido en la sangre o en la orina.

Lo decía para justificar que Bradley Wiggins, el primer ciclista con el que el Sky ganó el Tour, en 2012, solo sufriera de asma y alergia el mes previo al Tour y al Giro, cuando, según se supo gracias a las filtraciones de los Fancy Bears, recibía dispensas de la Unión Ciclista Internacional (UCI) para ingerir corticoides por vía oral e inyectable, métodos prohibidos sin autorización. Y también que Froome solía estar siempre tan malo en abril que recibía permiso para competir aun medicándose con dosis de caballo de prednisona (un corticoide). Lo decía, en el fondo, para demostrar que el Sky era como los demás equipos, que la clave de su éxito residía en hacer lo que los demás hacían y aún más, pues políticamente estaban bien situados.

La Agencia Antidopaje abrió una investigación sobre el misterioso producto que, portado expresamente por un mensajero desde Londres hasta Ginebra en avión, Wiggins recibió un año nada más ganar la Dauphiné Libéré. La investigación concluyó archivada de la manera más triste: como no hemos podido saber qué producto había en el paquete, o el Fluimucil, lo que mantenía el Sky, o el corticoide Kenacort, que dicen las acusaciones, no podemos hacer nada. El descontrol médico, el hallazgo de parches de testosterona en su sede, y la desorganización que sacó a la luz la investigación, no tuvieron consecuencias disciplinarias.

La forma en que se ha conocido lo del excesivo Ventolín de Froome y el momento en que se ha sabido significan algo. El tiempo es justamente el del cambio de presidente de la UCI. A finales de septiembre e inesperadamente, el inglés Brian Cookson, en el cargo desde 2012, pierde las elecciones ante el francés David Lappartient, quien nada más llegar al cargo afirma que cualquier tipo de dopaje debe ser perseguido. Antes de ser el jefe del ciclismo mundial, Cookson había sido presidente de la federación británica, justamente el organismo del que nació el Sky, cuyos primeros años de desarrollo supervisó desde cerca y con quien compartió sede en Manchester. No hay pruebas para afirmar que si Cookson siguiera en el cargo, del salbutamol de Froome nunca se habría sabido, pero sí hay declaraciones oficiales. La noche del martes, Dave Brailsford, el responsable del Sky, sabe que dos diarios, Le Monde y The Guardian, van a publicar la noticia. Inmediatamente prepara un comunicado incluyendo declaraciones de Froome y admitiendo que la cantidad de salbutamol en su orina llega a los 2.000 nanogramos. Rompe así en cierta forma el alcance de un escándalo que la UCI no tarda en reavivar con un comunicado desacostumbradamente rápido confirmando el positivo del mejor ciclista del momento. Justo las tácticas, por todas partes, que se decía que correspondían al ciclismo de antes.

 

 

 

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