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ANÁLISIS

Vivir sin Messi

Messi celebra un gol en la final de Copa entre Barça y Alavés.
Messi celebra un gol en la final de Copa entre Barça y Alavés.

No son pocos los que todavía continúan disputándose el título honorífico de profeta del messianismo, el primero de los mortales en anunciar la venida del cuarto hijo de los dioses del fútbol a la tierra. Desde Minguella a Rexach, muchos son los que se declaran culpables de haber intuido el aura especial que desprendían los regates de aquel muchacho antes que nadie, así como de haber movido todos los hilos a su alcance para que el Barça no dejase escapar a la mayor perla contemplada desde la Peregrina: una histórica joya que engalanó los pescuezos de varias reinas de España hasta terminar acunada sobre los majestuosos pechos de Elisabeth Taylor.

Más allá de leyendas urbanas y fabulaciones onanistas, se podría concluir que el primero en comprender la absoluta excepcionalidad del argentino fue Pep Guardiola. Temeroso de no saber interpretar al genio en toda su dimensión, el catalán decidió colocar otro Messi al lado de Messi, un cacique de idéntica dimensión, alguien consciente de que los más grandes jamás luchan contra sus rivales sino contra sí mismos. Así llegó al vestuario Manel Estiarte, el dios del waterpolo, y así empezó Guardiola a desentrañar y adaptarse a aquellos comportamientos extraños que, en ocasiones, advertía en su joven estrella.

En una ocasión, gracias a un buen amigo, tuve la suerte de compartir una gozosa charla y un par de cervezas con algunos antiguos integrantes de aquel vestuario. Como soy de naturaleza rumorosa, comencé preguntando por las supuestas malas relaciones de Leo con algunos de sus compañeros, en especial con Zlatan Ibrahimovic. “Todos lo adoran”, me respondieron. “Zlatan sería capaz de matar por Leo, lo quiere y protege como si fuese su hermano pequeño”. Sobre el carácter especial de Messi me contaron una anécdota bastante descriptiva: en cierta ocasión, tras haber dado la charla previa a un partido, Guardiola se dirigió a Leo para saber si estaba de acuerdo. El delantero respondió que sí, se levantó y descargó dos patadas sobre sendos botellines de agua que encontró a su paso. “Ahí supimos que no, que no estaba de acuerdo”.

Con la ayuda de Estiarte, Guardiola supo interpretar como nadie las necesidades y ambiciones de un Leo Messi que pasó del extremo endiablado que todos intuían al invencible mariscal de campo que nadie había imaginado. Si de Fraga se decía que tenía al Estado en la cabeza, qué no se podría decir de Leo Messi después de que Guardiola descubriese el modo de colarse en su complicada psique. “Si Leo está bien, mi táctica estará bien”, explicó una vez el de Santpedor en rueda de prensa, convencido de haber moldeado al monstruo de las arrancadas hasta convertirlo en un arquitecto del juego.

Volviendo a aquella charla rodeada de cerveza y tras la anécdota de los botellines de agua, mi amigo preguntó: “Debe ser difícil vivir el día a día con un tipo así en el vestuario, ¿verdad?”. Los presentes se miraron unos a otros, como si se enfrentasen a la pregunta de un loco o un hereje, hasta que uno de ellos se levantó a pedir la cuenta y zanjó la cuestión con en cinco palabras: “Pues imagina vivirlo sin él”.