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OPINIÓN

Bendito fútbol, maldita pirotecnia

Tanta bronca arbitral no puede soslayar el pulso entre un Madrid abundante, un Barça con estrecheces y el efervescente Sevilla

Cristiano Ronaldo y Messi, con el Madrid y el Barcelona.
Cristiano Ronaldo y Messi, con el Madrid y el Barcelona.

Es tan atávica como delirante la capacidad del fútbol para escupir al fútbol. La coartada recurrente de los conspiranoicos que demonizan a los árbitros, los comités, las cavernas... Hasta meten en el lodo a operadores televisivos que no rebobinan las repeticiones a su antojo. El calenturiento clima es material nuclear para cazadores de audímetros, clickómetros, tuitómetros y demás medidores del infernal ruido. El maloliente tufo soslaya la médula del tinglado: el propio juego. Por ejemplo, los antagónicos formatos con que transitan este curso el Real Madrid y el Barcelona. Quizás sea ese el meollo, no una mano mal sancionada o una bolsita con pinsy otras baratijas.

Mientras todo se enfanga con deliberada intención, valga un paréntesis para reparar en cómo se manejan Zidane en la fertilidad y Luis Enrique en la estrechez. De un lado, Isco, a la sombra en Valencia y con luces en Vila-real, con los resultados conocidos, ofrece sobrados motivos futboleros para el debate. Morata lo mismo: solo Messi tiene mejor promedio goleador.

En el Madrid aprieta hasta el portero suplente y en el Barça nadie pide paso. Cada irrupción de André Gomes es un incendio y de Alcácer no hay rastro. Tampoco han dado argumentos favorables Arda, Denis, Rakitic, Rafinha… El barcelonismo parece haber asumido que hay que tirar con lo que hay, los diez de carrerilla y el socio de Busquets e Iniesta que sortee el técnico.

En el Real Madrid aprieta el segundo pelotón, pero  en el Barça no hay suplente que, por ahora, pida paso

La segunda columna madridista lleva clara ventaja sobre la culé. Ello convierte a los de Zidane en un equipo más diverso, con mayores teclas, y limita al de Luis Enrique a una única ruta: Messi. El fenómeno se acentúa porque el blanco siempre fue un equipo menos definido, sin prioridad de estilos, mientras que la peculiaridad azulgrana hace indiscutible un determinado sello como santo grial. Cada cual tiene su apuesta y ambas pueden ser exitosas, como lo han sido históricamente; por la parte del Barça, al menos desde el advenimiento de Johan Cruyff.

Con tanto cesto a su disposición, el más copioso del Madrid en décadas, Zidane, por mucho que tenga su once fetén, puede alternar. Si opta por un juego entre líneas tiene a Isco, incluso a James y Kovacic. De inclinarse por los extremos, Lucas. Y si remolonea Benzema o tienen cicatrices Bale o Cristiano, Morata. Con tal caladero, el equipo, con mayor o menor fortuna, puede correr con Bale, ir por el embudo central con Isco, tocarla con Kroos y Modric o recurrir con frecuencia al empuje de Marcelo y Carvajal. Sin abuso, no es un recurso vulgar. El Madrid tiene el mejor juego aéreo del momento, con Ramos a la cabeza.

Sin el vivero adecuado, Luis Enrique ha padecido de lo lindo sin Busquets e Iniesta, para los que no dio con un relevo sostenible. Tampoco hay un Morata que al menos achuche a Messi, Neymar y Luis Suárez. Y los laterales no apremian, con Vidal en la enfermería tras meses en el camión escoba, Sergi Roberto extraviado en un puesto postizo y, por lo visto estas semanas, Jordi Alba a rebufo de gente como Mathieu y Digne. Aun con el trueque táctico del Calderón, las rutas azulgrana son contadas.

Del ruido con los penaltis, los regalitos y otras zarandajas que se ocupe un simposio de psiquiatría

Pese a los distintos muestrarios, ninguno ha maquillado del todo sus costurones. Lo pagó el Madrid en la Copa, en la que el Barça ha tenido un tránsito meritorio por el cartel de sus adversarios: Athletic, Real Sociedad y Atlético. En Europa, salvo asombroso prodigio, casi lo ha pagado el Barça, mientras ve mucho mejor horizonte el Madrid. En la Liga ambos se vigilan en la distancia corta sin perder de vista a ese palpitante Sevilla, tan reversible que lo mismo lo sujeta Nasri que Vicente Iborra.

Por todo ello, pese al empeño de los pirómanos, nada más excitante que asistir en los tres meses que restan para la clausura del curso a ese duelo entre Zidane, Luis Enrique y Sampaoli. Al reto del francés para tocar con tino sus muchas partituras sin que nadie se deprima por el camino. Al pulso del asturiano por blindar una sonrisa de Messi con el amparo de un once y a la espera que alguien espabile en la segunda columna. Y al afán sevillista por convertir al sampaolismo en el nuevo cholismo.

Como habrá brotes de penaltis, bolsitas con regalitos, erráticos comités, voceros destemplados y demás zarandajas, de ello que se ocupe un simposio de psiquiatría. Frente a la pirotecnia, fútbol y más fútbol.

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