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La flor de Guardiola

Estamos convencidos de que su método ha caducado, de que los rivales ya no se dejan engañar por sus embustes y de que el fútbol ha evolucionado hacia un nuevo escenario

Guardiola, después del partido contra el Mónaco.
Guardiola, después del partido contra el Mónaco. REUTERS

Me pregunto a qué deidad habrá sobornado Pep Guardiola para que su fortuna no se agote nunca, para que temporada tras temporada siga acumulando victorias y agrandando su leyenda sin que los demás mortales alcancemos a comprender el porqué, convencidos como estamos de que su método ha caducado, de que los rivales ya no se dejan engañar por sus embustes y de que el fútbol ha evolucionado hacia un nuevo escenario en el que no tiene cabida una visión tan romántica y ortodoxa del juego. Ante el Mónaco, más allá del resultado, su equipo se mostró perfectamente reconocible, capaz de competir con las viejas armas de siempre frente a un rival que lució las suyas con destreza, una nueva demostración de principios que arrinconó a sus detractores en una calle sin salida y mal iluminada, al amparo de un viejo neón rojo que llamaba la atención sobre ‘La flor de Guardiola’: un antro de mala fama o el más habitual de sus maltrechos argumentos, quién sabe.

Lo cierto es que explicar las derrotas ajenas resulta bastante sencillo, lo puede hacer cualquiera, pero desembrollar los méritos del triunfo supone una labor exigente y poco gratificante, de ahí que para analizar los éxitos de Pep Guardiola se acuda, sin el menor reparo, a los tres comodines habituales de cualquier baraja trucada: sus futbolistas son muy buenos, los contrarios son muy malos y su ventura es infinita, una flor invisible y resistente que lo acompaña a todas partes, capaz de brotar en cualquier terreno o clima. La suya se ha demostrado como una presencia incómoda para los pregoneros del minimalismo, un reflejo molesto capaz de desnudar los discursos vacíos y las coartadas de quienes no son capaces de comprender cómo lo hace. “El fútbol de toque no me pone. Cuando se enfrenta a jugadores de nivel, no sirve”, dijo hace poco Javier Clemente, otro ejemplo de que tras el cacareado derecho a la pluralidad supura la incomprensión y el desprecio hacia una singularidad muy concreta.

Esta misma semana, sin ir más lejos, uno de los antiguos pupilos de Guardiola repitió el manoseado soniquete sin apenas ruborizarse, supongo que un tanto obligado por las circunstancias y las buenas intenciones. Se trataba de ejercer como presidente, puesto vacante en el club desde que el propio Guardiola se marchó, y defender al actual entrenador en sus horas más bajas, por eso no dudó Gerard Piqué en subirse al carro de los evolucionistas y asegurar que ordenarse a través de la pelota o atacar sin desmayo son cachivaches del pasado, como los tocadiscos o las enciclopedias. Aprovechó el defensa catalán para denunciar la escasez de memoria que asola el fútbol actual y, para demostrarlo, intuyo que sin mala fe, terminó descargando un volquete de tierra y deposiciones sobre las figuras de sus anteriores entrenadores, principalmente sobre un Gerardo Martino al que defendía en 2013 con idénticos argumentos y un Pep Guardiola que, como ha vuelto a demostrar este martes, sigue empeñado en alimentar sus equipos con filosofía holandesa y carbón, contaminándolo todo. Si vamos a criticarlo, llamemos a las cosas por su nombre y reconozcamos, al menos, que la dichosa flor es un tulipán.

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