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Iñaki Bea, un segundo con historia

El preparador fue ferretero, fontanero, jugador, ojeador y ahora ayudante de Mendilibar en el Eibar

El fisio Manu Sánchez junto a Iñaki Bea. Ampliar foto
El fisio Manu Sánchez junto a Iñaki Bea.

Tres días a la semana, Iñaki Bea (Amurrio; 38 años) se entrenaba con Villa, Ibisevic y Götze, entre otros. Pero al acabar la sesión, los jugadores se quitaban la camiseta del ídolo y se echaban el cigarrillo a la boca para luego beberse alguna que otra cerveza. “Caí en manos de un representante que me llevó a un equipo de quinta alemana, que me ofreció luego una salida como director deportivo. Era terrible por más camiseta famosa que llevaras puesta”, reconoce Bea. Por lo que dejó el fútbol. Pero no lo abandonó, toda vez que ahora, tras dar unas cuantas vueltas como siempre hizo, ejerce en el Eibar de escudero de Mendilibar. Hoy se baten con el Barça. “Nos podemos perder nuestras señas de identidad de presión, intensidad y táctica. No vamos a ser talibanes, pero tampoco nos encerraremos atrás”, anticipa Bea.

Más vídeos que alineaciones

A Iñaki Bea, que se define como un excentral que jugaba en esa posición hasta en los partidos de solteros contra casados, nunca le sobró el toque para sacar el balón limpio desde atrás. Pero como segundo del Eibar siempre quiso que el equipo sea protagonista desde la raíz. “Han incorporado el inicio en corto, se asocian bien entre centrales y pivotes y tendremos que poner atención a las caídas a las bandas con la gente de arriba, porque ponen centros y remates con mucha gente”, les reconoce Luis Enrique.

Otra cosa es quién jugará. “No me meto en las alineaciones”, asegura; “pero siempre doy mi opinión si el mister me pregunta porque sabe escuchar”. Y prosigue: “Lo que sí que hago es ser muy activo en los entrenamientos, corrigiendo posiciones o detalles”. Asimismo, le gusta preparar vídeos cortos que envía mediante mail o enseña en la sala de los entrenadores. “Analiza partidos o explica rivales a los que nos vamos a encontrar”, desvela Arbilla, lateral del Eibar; “pero siempre está en consonancia con la idea del mister”.

También suele entrar en los partidillos —“es competitivo”, le reconoce Arbilla— y fomenta la unión de grupo. “Porque es un tío muy cercano, gracioso y dicharachero, además de un pedazo de pan”, añade el lateral.

Curtido en campos de tierra, incluso en Tercera cuando jugaba con el Amorebieta, Bea nunca pensó que podría vivir del balón. Tampoco su padre, que le obligó a trabajar en una ferretería y después de fontanero. “Pero cuando le pedí irme y probar fortuna, me aseguró que siempre tendría cama y plato en casa”, explica. Hizo las maletas para ir al Ciudad de Murcia, donde al año siguiente se topó con Juanma Lillo, segundo de Sampaoli. “En una habitación de hotel me dijo a la cara que no contaba conmigo. Entonces me dolió la leche, pero ahora valoro que fuera sincero”, resuelve Bea, que se lo encontró hace unos meses en Ipurua y recordaron el capítulo sin acritud. No fue, en cualquier caso, el único entrenador reconocido que pasó por su carrera; en el Lorca, su siguiente club, compartió habitación con Unai Emery. “Llegó como extremo pero lo reconvirtieron a lateral izquierdo”, cuenta; “había pasado una mononucleosis y no estaba muy fino, por lo que le animé a dar el paso a entrenador porque lo llevaba en la sangre”. Precisamente, Emery le llamó en 2006 para jugar en el Almería, pero Iñaki ya había dado el sí al Valladolid y, de paso, a José Luis Mendilibar.

“Mendi era mi vecino, pero nuestra relación no era demasiado estrecha. Era cercano, sí, pero también me echaba buenas broncas porque es muy exigente”, recuerda Bea, que fue titular en un curso y en los otros dos no pasó de actor secundario. Así que aprovechó para sacarse el primer nivel de técnico. Se marchó al Real Murcia —“el peor año de mi vida porque el club estaba dejado de la mano de Dios”, apunta— y de ahí emigró al extranjero porque quería conocer mundo. Y se decantó por el Wacker Innsbruck austríaco. “Aprendí alemán y reforcé mi idea de fútbol porque el técnico exigía que ordenara el sistema defensivo del equipo”, cuenta. Pero tenía demasiado tiempo libre y pocas aficiones. “Era un parásito social”, dice; “solo me interesaba el idioma y el balón, aunque con el tiempo me entró el gusanillo por la historia, por la Segunda Guerra Mundial”. Y por Twitter porque sonada fue su despedida del club, una borrachera transmitida en directo. “No me arrepiento porque no le doy importancia a lo que la gente opina de los demás, pero no lo volvería a hacer”, acepta.

El descubridor de Ebert

De Austria pasó a la chapuza germana y pronto colgó las botas para hacer de ojeador de un agente local. Reclamo idóneo para una agencia española, que lo contrató para rastrear Suiza, Alemania y Austria. Entre otros aciertos, llevó a Ebert al Valladolid y a Ivanschitz y Sergio Pinto al Levante de Caparrós. Curiosamente, ese fue su siguiente destino. “Asumimos el Levante y quiero saber si querrías entrar conmigo”, le preguntó por teléfono Mendilibar, con quien no había perdido el contacto porque le había ido a visitar en dos pretemporadas por el extranjero. Ocurrió, sin embargo, que la aventura duró cuatro meses.

Sin trabajo, Bea se sacó el carnet de técnico y aguardó a la llamada de Mendilibar, ahora en el Eibar. “Ha evolucionado su metodología, pero Mendi no ha cambiado en nada futbolísticamente”, señala Iñaki, que ahora lo vive de nuevo en primera persona. El martes, por ejemplo, hacía un frío exagerado en la ciudad deportiva de Atxabalpe y algún futbolista soltó: “¡No me siento los pies!”. Bea, con su habitual sentido del humor, replicó al tiempo que los jugadores se desternillaban: “Pues yo hace 30 años que no los siento y aquí estoy”. Él y toda su historia.

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