Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La futbolización de la vida

Casillas ataja un balón ante Robben en la final de 2010.
Casillas ataja un balón ante Robben en la final de 2010. reuters

“Es más fácil construir una buena historia cuando sabes poco”. Daniel Kahneman

Si Casillas hubiera estirado el pie derecho un centímetro menos o si Robben le hubiera dado un pelín más de elevación al balón España seguramente no hubiera ganado el Mundial de 2010; si el árbitro noruego Ovrebo hubiera pitado un probable penalti al Chelsea en la semifinal de la Champions de 2009 el Barcelona seguramente no hubiera ganado el torneo; si un montón de cosas que no ocurrieron pero fácilmente podrían haber ocurrido hubiesen ocurrido, ni España ni el Barcelona hubieran acabado siendo consagrados durante varios años como los equipos más triunfadores y admirados del planeta.

Lo mismo podemos decir de la mayoría de los equipos que han ganado Mundiales o Champions o ligas o copas de todos los colores en todos los países. Lo cual es tan obvio que no valdría la pena siquiera mencionarlo, si no fuera por el hecho de que nos ofrece otro motivo más para reflexionar que el fútbol ofrece un fiel espejo de la condición humana, en este caso de nuestros procesos mentales en todas las esferas de la vida, pero especialmente hoy en la política, en la época de populismos, simplismos y postverdades en la que vivimos.

Existe un libro de casi obligada lectura para cualquiera que quiera intentar comprender el fenómeno. Se llama Pensar rápido, pensar despacio y está escrito por un psicólogo israelí ganador del premio Nobel de economía llamado Daniel Kahneman. Kahneman no omite mención del fútbol. Ofrece en su libro el siguiente ejemplo:

Dos equipos de fútbol que ocupan la misma posición en la tabla, con el mismo número de victorias y derrotas, se enfrentan a mitad de temporada y uno gana por un margen decisivo. Instantáneamente revisamos nuestra evaluación de los méritos de ambos equipos. Ajustándonos a la nueva información, juzgamos que el ganador es más fuerte, más hábil, más completo que el perdedor y que tiene mejores posibilidades de proclamarse campeón.

Lo que no menciona Kahneman es que esta interpretación de los hechos puede perdurar no más de una semana. Si el ganador de aquel partido pierde el próximo y el perdedor lo gana, hacemos otro ajuste y emitimos otro juicio. Lo que tampoco menciona Kahneman, aunque hubiera servido para apoyar su argumento, es que cuanto más se identifica uno con el equipo ganador más uno suprime aquellos elementos que ponen en cuestión la habilidad como factor decisivo en la victoria. Emitimos nuestros juicios, en el fútbol, como en todo, en función de nuestros deseos o circunstancias y no de la compleja, enigmática y azarosa realidad.

Si somos españoles, por ejemplo, ponemos en un pedestal a los héroes de 2010, a Carles Puyol o a Sergio Ramos o a Andrés Iniesta, y explicamos aquella victoria mundialista en función de sus virtudes, superiores a las del rival. Preferimos olvidar que si Robben hubiese marcado aquel no gol en tiempo adicional de la final y Holanda hubiese levantado el trofeo la interpretación de la historia hubiese sido muy diferente.

“El cerebro humano necesita mensajes sencillos sobre el triunfo y el fracaso que identifican las causas e ignoran el poder de la suerte”, escribe Kahneman, y agrega: “Es todo cuestión de darle sentido al mundo, de la necesidad de creer que es más coherente de lo que es… de la necesidad de creer que el mérito tiene su recompensa”.

El mismo proceso selectivo mental, lo que Kahneman llama el pensamiento rápido, nos permite depositar toda nuestra fe en la grandeza de nuestro equipo de fútbol o de nuestro político predilecto. Saltamos a una conclusión en base a evidencia limitada y suprimimos la duda, la ambigüedad o hechos incómodos que nos puedan arruinar el cuento.

“Las explicaciones que nos gustan”, escribe Kahneman, “atribuyen un papel más importante al talento o a la virtud o a la estupidez que a la suerte y se centra en unos pocos acontecimientos que nos llaman la atención y no en innumerables acontecimientos que no ocurrieron”. Todo se basa, agrega, en nuestra casi ilimitada capacidad de ignorar nuestra ignorancia.

Así es que nos convencemos de que los nuestros son los mejores y los dignos merecedores de la victoria, sean ellos un equipo de fútbol o Donald Trump. Así es que, cada día más, la política se futboliza y el pensamiento despacio, el que se enfrenta a la complejidad de la vida, desaparece del mapa.

Puedes seguir Deportes de EL PAÍS en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.