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Silvia Navarro, una medalla en el cajón del olvido

La portera, de 37 años, pide un apoyo más continuo al balonmano femenino

Silvia Navarro detiene un lanzamiento de Franca Da Silva. Ampliar foto
Silvia Navarro detiene un lanzamiento de Franca Da Silva. AP

Silvia Navarro es uno de los referentes de la selección de balonmano. Mide 1,69 metros y es una de las porteras más bajas en las selecciones de elite. Pero para como pocas y, a sus 37 años, sigue siendo una pieza clave en la selección que aspira a repetir o superar el mayor éxito de su historia, la medalla de bronce que obtuvo en Londres hace cuatro años.

Tengo el brazo izquierdo un poco fastidiado. Se ha desprendido un huesecillo y se ha quedado ahí suelto

“Sí, todo el mundo recuerda aquella medalla. Fue una enorme alegría. Pero luego cayó en el cajón del olvido. Todo el mundo se olvidó del balonmano y del deporte femenino en general”, reivindica. El balonmano, en especial el femenino, ha sufrido notablemente la crisis económica durante los últimos años. Muchas jugadoras han tenido que emigrar a otros países. La Liga española se debilitó y los éxitos de la selección son una de las pocas ventanas que motivan cierta presencia mediática. “Necesitaríamos consolidar unas bases, un mayor apoyo económico y una mayor promoción. Sería bueno obtener una regularidad y una estabilidad, que la gente no tuviera que irse a fuera”.

Silvia empezó en el Colegio de la Comunidad Valenciana. Tenía ocho años y le dieron a escoger. “Entre ser portera y ser jugadora, me sentí mejor entre los tres palitos”, recuerda. Le quita importancia a los riesgos que asume una portera. “Yo recibo pelotazos, pero mis compañeras reciben codazos. Lo que sí es cierto”, matiza, “es que a veces las porteras, al tratarse de una posición tan específica, estamos un poco apartadas, como si perteneciéramos a otro mundo”.

La ex seleccionadora Cristina Mayo la sometió a una prueba y la captó para el Osito Eliana, uno de los mejores equipos de Europa. Ya entonces le decían que tenía que fortalecerse físicamente. “Apuntaban que no iba a crecer mucho. Me potenciaron muchísimo conmigo para fortalecerme las piernas, haciendo sentadillas, saltando, corriendo… Lo trabajé con Cristina Mayo, luego con Gregorio García, y también cuando llegué al Itxako”. Fue su antepenúltimo club, pero desapareció y tuvo que emigrar a Rumania, donde jugó una temporada, antes de regresar a España, al Rocasa Remudas de Gran Canaria donde está establecida. Allí, junto a Unai, su hija de tres años y medio, está establecida y encantada. No quiere siquiera recordar la crisis que acabó con la desaparición de su antiguo equipo, el Itxako. “La crisis está pasando poco a poco, a pasitos lentos vamos remontando, pero puede que si se nos hiciera un poco más de caso, algunas empresas nos ayudarían un poquito más”.

Toca madera, dice, cuando cuenta que nunca ha tenido que ser operada. Pero ahora, ya sabe que tendrá que pasar por el quirófano cuando concluyan los Juegos. “Tengo el brazo izquierdo un poco fastidiado. Se ha desprendido un huesecillo y se ha quedado ahí suelto”, dice con toda naturalidad.

Las perspectivas de la selección en Río, tras haber superado a Brasil y a Montenegro y haber perdido ante Noruega, son buenas. “Estamos contentas porque las sensaciones son buenas. Son vitales los dos partidos que nos quedan para acabar la fase de grupos”, indica en referencia a las citas de Rumanía, hoy, y Angola, el domingo. Asume la importancia vital de su posición no solo a la hora de parar sino también a la hora de iniciar el juego o incluso de arriesgar con algún pase. “Es nuestro juego. Hay que intentar arriesgar, pero sin ir a lo loco”.

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