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Sola, recórd olímpico... por media hora

Ignacio Sola, durante los Juegos de México 68
Ignacio Sola, durante los Juegos de México 68 as

Ignacio Sola, bilbaíno del barrio de Indauchu (vecino y amigo desde siempre de Ángel Villar), trabó contacto con la pértiga de una manera casual. Estudiaba en los jesuitas, como el propio Villar. Un cura llamado José Ignacio solía llevar los fines de semana a un grupo de chicos al campo, a pasear y a respirar buen aire. Hacían actividades deportivas, como carreras o el soga-tira. Y saltaban riachuelos con una pértiga de caña. De allí salió la idea de saltar en el colegio, en un foso de arena. Un profesor, llamado José Luis Borbolla, más ilustrado que el resto, les dijo que la pértiga no era para longitud, sino para altura, que así era prueba olímpica. Clavaron dos mástiles en el suelo, los unieron por una cuerda y ahí se pusieron a saltar.

Ignacio Sola era el mejor. Muy pronto pasó los dos metros, “o lo que fuera, porque, claro, la cuerda se abombaba, por en medio quedaba más baja”.

Empezó a ser conocido en el ambientillo del atletismo vizcaíno. Le proporcionaron una pértiga mejor, ya de tres metros y medio, de bambú, que él forró con cinta aislante blanca y roja, los colores del Athletic. Participaba en exhibiciones y en campeonatos. Fue a los Juegos Escolares en Madrid, fuera de concurso, porque su colegio no participaba. Sus marcas empezaron a ser serias.

Fue becado en la Residencia Blume de Madrid. Le vino de perlas, porque quería estudiar para aparejador, y eso no se podía hacer en Bilbao. Todo era ideal: cama, comida, estudios pagados, tiempo para el entrenamiento y un gran entrenador, José Luis Torres. Chico serio, no se distraía más de lo justo. La pértiga era su diversión.

El pertiguista bilbaíno saltó 5,20 metros en México 68 en el que aún es recordado como el mejor concurso de la historia

Sola, vivió la evolución de la pértiga, del bambú al aluminio. Con esta hizo su primer récord de España, 4,23, en 1961. Pronto aparecieron las de fibra de vidrio. Se fabricaban en París. Era importante hacerse con una, pero ¿cómo? Nuestro deporte era pobre.

En 1963, el Real Madrid estrenó su Ciudad Deportiva, con sus pistas. El club tenía entonces equipo de atletismo. Alguien dijo que a Franco le gustaban los saltos de pértiga (¡?), así que como iba a acudir a la inauguración, se invitó a saltar nada menos que al campeón del mundo, Dave Tork. Vino con dos pértigas Sky Pole de fibra de vidrio. Al terminar la exhibición, se las vendió a la Federación, a cien dólares cada una.

—Yo estaba entusiasmado, pero fue un chasco. No podía con ella. Supimos luego que cada pértiga debía ser hecha a medida del que la usara, de la fuerza para doblarla, la velocidad de carrera... Con las de Tork no podía. Pero Rafael Cavero, presidente de la Federación, encargó dos para mí en Dima Sport de París, la exclusivista. Confiaba en mis posibilidades. Era un gran esfuerzo. Me sentí obligado a responder.

Alternaba el dominio en España con Miguel Consegal, catalán, rival y gran amigo. Sus éxitos cada vez fueron mayores, participó en certámenes internacionales, corrió mundo, se quedó asombrado cuando vio los estadios llenos en Finlandia…

Y, todo un sueño, se clasificó para los Juegos Olímpicos de Tokio, en 1964. “El vuelo fue de aúpa. El avión venía de París, nos subimos en Madrid, e hicimos Madrid-Teherán, Teherán-Karachi, Karachi-Calcuta, Calcuta-Bangkok y Bangkok-Tokio. En el mismo avión. En cada sitio había que bajar, porque repostaban. ¡Unos calores en Calcuta! Tardamos veinticuatro horas exactas. Llegamos molidos, pero felices. ¡Menuda experiencia!”.

Allí, Fred Hansen dejó establecido el récord olímpico en 5,10. Sola quedó muy lejos de eso, en 4,40.

Los cuatro años siguientes fueron de gran progresión. La mínima para México era 4,80, pero la Federación Española exigía 5,05 o saltar dos veces 4,90. Hizo el 5.05 el 3 de junio, en el madrileño y entrañable estadio de Vallehermoso. Y los elevó a 5,10 el 23 del mismo mes.

Los JJ OO fueron en octubre. Sola ya no era el chiquillo que había ido a Tokio a hacer experiencia. Ya era gente entre la élite mundial. Torres le había programado bien la temporada, llegaba en un pico de forma. Aunque tuvo que pasar un susto: “Estábamos Garriga, Frutos, uno de hockey hierba, creo que Dalmau, y yo de paseo por el centro cuando fue la matanza en la plaza de las Tres Culturas. ¡Qué miedo! ¡Nos sacaron de debajo de un coche cuando ya hubo pasado todo!”.

Los Juegos empezaron el 12 de octubre. Se huyó del calor. El 16 era la final de pértiga, a la que pasaron quince saltadores, entre ellos Sola, que en la clasificación saltó 4,60, 4,80 y 4,90 a la primera. Para entonces, ya se había resuelto el enigma de los entrenamientos previos, en los que todos los saltadores vieron, extrañados, que les costaba mucho acercarse a sus marcas. Resulta que el pasillo de carrera estaba un poco en cuesta arriba, de ahí que abordaran mal el salto. Lo corrigieron.

El 16 es la final. Sola salta el primero. Todos renuncian al 4,40. Él pasa los 4,60 a la primera, los 4,80 a la segunda, los 5,00 a la primera. Renuncia a los 5,05 y salta los 5,10, que pasa a la segunda, igualando su récord nacional y el récord olímpico.

El siguiente desafío son los 5,15. Sola, siempre el primero. Antolín García, en televisión, nos advierte de que podemos estar ante algo histórico. Sola va ¡y pasa a la primera! Antolín García lo transmite con euforia. Él ni se había enterado:

—Me enteré un poco después, cuando me acerqué a la grada, y un periodista, José María Lorente, me lo dijo. Tuve una gran sensación. Pensé que se estaban cumpliendo mis sensaciones. Me sentía bien, había ido bien preparado. Podía soñar…

Su récord duró media hora. Varios lo fueron empatando. Luego, los 5,20, sólo los pasó a la tercera. Otros lo hicieron antes que él. Pero, nos recordaba Antolín García, él había igualado el de 5,10 primero y el de 5,20 después, y entre medias batido el de 5,15. ¿No podría volver a batirlo en 5,25?

Desgraciadamente, no. En 5,25 hizo tres nulos. El nuevo récord lo estableció Bob Seagren en 5,40. Sola se quedó en los 5,20, igual que el octavo, el alemán Engel. Fue noveno por el segundo nulo en 5,20: “Lástima. Octavo es diploma. Me quedé a un nulo. Pero volví satisfecho. Fue, dicen aún, el mejor concurso de pértiga de la historia”.

Se ha escrito con frecuencia que en aquellos juegos se había pasado a la pértiga de fibra de carbono, de nueva generación. Pero no fue así: “Eso vino después. Yo no llegué a utilizarla. El avance fue por mejoras técnicas y porque la altitud de México favorecía ciertas pruebas, entre otras la nuestra”.

Sola se quedó sin diploma, pero paró a España ante el televisor y dio la primera gran campanada olímpica de nuestro atletismo. Y su récord fugaz sigue en el recuerdo colectivo de una generación, como algo singular en unos Juegos sensacionales, aquellos de Beamon, Hines, Fosbury, Evans… y Tommy Smith, el del puño enguantado.

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