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Ona Carbonell: “He pasado cuatro años de mi vida en el agua”

La nadadora española pronuncia un discurso sobre la adaptación al medio acuático y sus consecuencias en las componentes del equipo olímpico de sincronizada

Ona Carbonell en una imagen de archivo Ampliar foto
Ona Carbonell en una imagen de archivo

Ona Carbonell razona que no es un ser humano normal. Porque un ser humano normal es un mamífero vertebrado, bípedo, de hábitos terrestres, sujeto a todo el rigor de la ley de la gravedad. Ella no. Ella es más bien un anfibio tetrápodo de estructura ósea laxa y ligera, que cada vez que apoya los pies en la tierra experimenta tensiones que el común de la especie desconoce. La suya es la condición de las chicas que practican la natación sincronizada para competir por las medallas en unos Juegos Olímpicos. A fuerza de modificar su organismo para soportar condiciones extrañas adquieren el don de la adaptación, también llamada resiliencia, expresión de moda reciente que aparece en el título del ambicioso libro que la agencia EFE acaba de publicar: Liderazgo y Resiliencia de 29 deportistas ante los Juegos Olímpicos (editorial LID)

“Calculé el número de días que había pasado en el agua a lo largo de mi vida”, dijo Ona durante la presentación del libro, este martes en la sede del Consejo Superior de Deportes, “y me dio cuatro años. Cuatro años con sus días y sus noches, laborables y festivos, incluidas las vacaciones”.

Puesta a explicar lo que es la resiliencia, la nadadora catalana que luchará por conquistar su tercera medalla olímpica en Río, sumó todas las horas que había transcurrido en la piscina entrenándose a lo largo de sus 25 años. “Imaginaos que todos vosotros os metieseis ahora en una piscina y no salieseis hasta dentro de cuatro años”, pidió a la audiencia. "Nosotras nos pasamos muchas más horas del día en la ingravidez que bajo la influencia de la gravedad. Tenemos problemas similares a los que tienen los astronautas. Nos duele la espalda, las rodillas, los tobillos. Podemos estar tres o cuatro horas en el agua, flotando sin hacer fondo, ni tocar el bordillo de la pared. Pero cuando estamos de pie sin poder sentarnos ni estirarnos nos duele todo el cuerpo porque no estamos acostumbradas a la influencia de la gravedad. Saltar a la comba es uno de los ejercicios que practicamos cada mañana para provocar impacto y así estimular la densidad ósea”.

“A pesar de esto”, concluyó, “la natación sincronizada no es una tortura para mí sino la combinación de mi sueño. Hacer real lo imposible. Ser una sirena sin tener escamas”.

Un bronce y una plata en los Juegos de Londres de 2012 y 17 medallas mundiales dan fe de la veracidad de su testimonio.

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