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La soberbia del que siempre tiene razón

Wenger durante el partido contra el Olypiakos el pasado 29 de septiembre.
Wenger durante el partido contra el Olypiakos el pasado 29 de septiembre. REUTERS

"El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones"


Un amigo inglés decía el otro día de alguien: "No quiere ganar, solo quiere tener razón". ¿De quién hablaba? ¿Del idealista Jeremy Corbyn, nuevo líder del partido laborista británico? No. Hablaba de Arsène Wenger, el entrenador del Arsenal.

Un amigo español decía el otro día que, según las estadísticas, un portero tiene más opciones de parar un penalti si se queda quieto que si se tira a la izquierda o la derecha. Esto le recordaba a alguien. ¿A quién? Al inmovilista Mariano Rajoy, el presidente de gobierno de España. Pero podría igual haber estado hablando de Arsène Wenger.

Ser un aficionado de un equipo de fútbol es vivir atado al vagón de una montaña rusa, un sube y baja permanente. Está condenado a transitar entre la euforia y el desconsuelo, la esperanza y el abatimiento. A no ser que uno sea un aficionado del Arsenal, en cuyo caso la vida es más previsible. La frustración es el pan de cada día.

El club que más cobra en el mundo por ver un partido en su estadio, el que más dinero tiene ahorrado en el banco, el que más seguidores tiene en la gran capital global que es Londres hoy en día perdió esta semana en la Champions, en casa, contra el Olympiacos griego, quedando prácticamente eliminado de la segunda fase de la competición. Wenger ha logrado que el Arsenal se clasifique para la máxima competición europea 17 temporadas seguidas pero nunca la ha ganado y las últimas cuatro temporadas no ha avanzado más allá de octavos de final. Tampoco ha ganado la liga inglesa desde 2004.

Su rival en el Chelsea, José Mourinho, declaró con su habitual mordacidad el año pasado que Wenger era "un especialista en el fracaso". Cruel, el comentario, pero certero. El problema del Arsenal es Wenger y las claves de su fracaso las dieron el amigo inglés y el español. Wenger se aferra a una antigua, bienintencionada y admirable ideología que no es posible aplicar en el mundo como es hoy; e, inmune a toda evidencia en contra, no cambia de postura.

Tiene dos artículos de fe: jugar al estilo del Barcelona de Pep Guardiola, priorizando la posesión del balón; no sucumbir al desenfreno de gastarse enormes cantidades en el fichaje de jugadores nuevos, aunque todos sus rivales lo estén haciendo, aunque disponga de suficiente efectivo, como escribió un columnista inglés hace unas semanas, para saldar la deuda griega. Los mediocres resultados de Wenger se deben a su insistencia en cerrar los ojos a una innegable verdad: que para ganar sin caer en la herejía de jugar a la defensiva, de aparcar el autobús de vez en cuando, hay que tener a los mejores jugadores, los más dotados para controlar el balón y saber pasarlo a un compañero con máxima eficacia bajo máxima presión.

También ayuda tener alguien en el equipo que sepa meter goles. Pero mientras todos los equipos de la Premier ficharon a al menos un delantero en el verano, el único fichaje que hizo Wenger fue un portero, Petr Cech, del Chelsea. Por motivos que solo son explicables como expresión de su obcecada sensación de infalibilidad, no puso a Cech en el once contra el Olympiacos esta semana; puso a su número dos, el colombiano David Ospina, responsable de un error atroz en uno de los tres goles del equipo griego. Su principal goleador, Olivier Giroud, mientras tanto, sufriría por tener cabida en el once inicial del Crystal Palace o el Leicester City, o en los equipos B del Real Madrid, Bayern Múnich o Barcelona.

Desde hace más de una década los aficionados del Arsenal han tenido un par de expresiones litúrgicas: "Arsène knows", o Arséne sabe; y "In Arsène we trust", en Arsène confiamos. Con cada temporada que pasa menos conservan la fe. La derrota contra el Olimpiacos, que había perdido sus 12 anteriores partidos disputados en campos ingleses, tiene que haber reducido el número que sigue creyendo en él casi a cero. Se convertirán, se supone, a una nueva fe, o esperanza, que empieza a recorrer el estadio del Arsenal: que cuando acabe esta temporada Wenger se vaya y lo reemplace Guardiola. Ese es el sueño del amigo inglés que decía que Wenger tenía menos interés en ganar que en tener razón. Es un fanático del Arsenal, este sabio, y vive hace ya demasiado tiempo hundido en la desesperación.

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