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La astucia de Messi y la reina de Inglaterra

La reina Isabel II el pasado 9 de septiembre.
La reina Isabel II el pasado 9 de septiembre. EFE

“Habla solo si vas a mejorar el silencio”. Gandhi

Lionel Messi y la reina de Inglaterra, posiblemente las personas más famosas del planeta, comparten dos virtudes. Baten récords —él de goles, ella de longevidad— y han perfeccionado el arte de hablar sin decir nada.

Messi no ha recibido el reconocimiento que se merece por su estreñimiento verbal. Más bien, se le critica por ello. En su país al jugador argentino del Barcelona le llaman “pecho frío”; en el resto del mundo ha calado la idea de que, cuando no tiene la pelota en los pies, es un soso. Incluso que es tonto. Un error. Messi es más astuto de lo que parece. Como el lío que ha desatado su locuaz compañero de equipo Gerard Piqué demuestra, un atributo imprescindible en un futbolista de primer nivel es saber cómo evitar meter la pata.

Los grandes jugadores tienen que medir cada palabra que utilizan en público. Más incluso que los políticos, con la posible excepción del actual presidente de gobierno español, deben ser económicos con la verdad. Como en el caso de la reina Isabel II, es necesario ganarse el respeto y, en el mejor de los casos, el afecto y la adulación del mayor número de seres humanos posible. La regla de oro es: no ofender nunca a nadie.

Por dos razones. Una, que todos los grandes jugadores tienen contratos con patrocinadores multinacionales. Si a Messi se le ocurriese confesar que, por ejemplo, no le gusta la comida china, o —a la Maradona— que detesta el imperialismo yanqui va a tener un problema con Adidas, cuyas ventas de camisetas en Shanghai o Chicago sufrirían un consecuente desplome.

La segunda razón tiene que ver con las carreras profesionales de los jugadores. Messi posiblemente haya pensado en algún momento que José Mourinho, entrenador del Madrid entre 2010 y 2013, es un imbécil. Pero no se le hubiera pasado por la cabeza decirlo frente a una cámara de televisión. Como Messi ha declarado alguna vez, con arriesgada soltura, nunca se sabe lo que puede pasar en el futuro. Podría acabar jugando algún día bajo las órdenes del portugués.

Como consecuencia de la cautela que deben mostrar los jugadores, sus entrevistas suelen ser poco reveladoras, especialmente las que se ven obligados a conceder inmediatamente después de un partido. Siempre uno espera con ilusión la apariencia en televisión de un jugador justo después de que haya metido los goles de la victoria; siempre sus palabras nos decepcionan. “Y…”, como diría Messi, “lo importante es el resultado”.

La recurrente banalidad de lo que dicen los jugadores es un problema para los medios, especialmente los diarios deportivos. Por eso la poco gentil práctica iniciada hace unos años de contratar a expertos capaces de leer los labios de los jugadores en los vídeos de los partidos; por eso la respuesta, ridícula pero necesaria, de los jugadores de taparse la boca cuando se hablan en el campo. No sea que se les vea decir algo sobre la madre o la tendencia sexual de un rival.

La excepción más notable últimamente a la disciplina de la omertá a la que se someten los jugadores ha sido Piqué, que se mofó hace poco del Madrid con una alusión al cantante favorito de Cristiano Ronaldo y que tiene una tendencia general a violar el principio no escrito pero elemental de que un jugador no debe nunca delatar sus simpatías políticas. Esto puede llegar a dañar su valor para sus potenciales patrocinadores (es dudoso que lo quiera contratar una marca de detergente utilizada en España fuera de Catalunya) y tiene consecuencias, como los pitos que recibe en los estadios demuestran, a la hora de ponerse la camiseta de la selección española. El lado positivo de su rebeldía, por otro lado, es que se engrandece ante los aficionados del Barcelona.

Posiblemente Messi mejoraría su complicada relación con la afición argentina si imitase el ejemplo de su compañero de equipo. No debería convertirse en costumbre pero si se dirigiera en público a la reina de Inglaterra y dijera, “Dale, vieja pirata pelotuda, ¡devolvénos las Malvinas!” puede tener la seguridad de que nunca más le llamarían “pecho frío” y que sus compatriotas lo pondrían por fin en los altares al lado derecho del D10S Maradona. Habría un precio que pagar en cuanto a las ventas de Adidas en la tierra de su majestad pero para Messi quizá valdría la pena. Debería pensárselo.

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