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La España Cainita

Sergio Ramos, ante Macedonia.
Sergio Ramos, ante Macedonia. AP

A la España invertebrada y cainita le estallan los oídos. Ni siquiera se libra teñida de rojo, color umbilical de casi todos en tiempos de podios futboleros, pese al desapego de Artur Mas por La Roja. Un espejismo, el fútbol no ha resistido como nexo, ni siquiera con el cabal Del Bosque, único cortafuegos de una federación fantasma. Ni la selección se libra de las silbatinas socio-político-deportivas, metáforas de un país de guerrillas propias y ajenas. Nadie está a salvo. Mucho menos Piqué, un bocas en términos castizos, hoy señuelo de tantos terremotos. Los del ministro Fernández Díaz contra Guardiola, o los del lenguaraz Sergio Ramos, amnésico con sus cánticos contra los indios colchoneros, o los de Alfonso Pérez, ese madrileño al que pocas veces aplaudieron tanto como en el Camp Nou olímpico del 92. Allí, nadie le pidió el ADN al fichar por el Barça. Lo que él, actor improvisado en el gallinero, reclama a Piqué.

A Casillas le chiflaba parte de su gente en su propia casa por ser un supuesto personaje de Le Carrè, a Iniesta aún le abroncan en San Mamés por una zarandaja del pasado con Amorebieta y ahora se las lleva Piqué cuando se enfunda la camiseta de España, o sea de parte de todos. Sí, el forro de España, aunque también se haya vestido con el de la catalana, con su libre derecho y bajo la pancarta “UNA NACIÓ, UNA SELECCIÓ”. Por cierto, al lado de Busquets, Jordi Alba, Xavi y el hoy madridista Kiko Casilla. A ninguno le han martilleado el tímpano como al guapo y rico chico de Shakira. Tan guapo y rico como en su día se proclamó CR. Lo de Piqué es otra cosa, son todos los charcos juntos: la guardia urbana, Kevin Roldán, el “que se joda Madrid”, escupitajos, bombas fétidas… Para lo bueno y lo malo, Piqué va de Piqué. Tan de frente que asume la bronca popular en la misma medida que defendió lo que para muchos fue un ultraje al epinicio nacional.

Sí, porque también se pitan los himnos: en el Camp Nou, el español, y en el Calderón, el francés. Y queda para la eternidad el siseo más infame, los gritos simiescos, sin ir más lejos a los jugadores negros de la selección inglesa, en noviembre de 2004 en el Bernabéu. Un lacerante recuerdo que rebrota estos días al saberse que la federación ha dejado de barajar la idea de que el amistoso del próximo noviembre, precisamente con Inglaterra, se jugara en Chamartín. Un alivio para los británicos, que no olvidan. Pero el traslado a Alicante nada tiene que ver con aliviar a los pross.

Ni siquiera Piqué ha sido el principal detonante del cambio de plaza. La FEF está enfrentada con el Real Madrid, riña acentuada desde que el club blanco rechazara su estadio para la última final de Copa entre Barça y Athletic. Grescas personales al margen, en el fondo subyace un grave problema: ¿quién quiere del todo a la selección? En León comenzó el incendio contra Piqué y siguió, en menor medida, en Oviedo, donde ni siquiera se llenó el estadio, como ya sucediera en Sevilla ante Ucrania. En el Camp Nou y San Mamés nadie se plantea un cartel con la Roja, como en Anoeta y otros escenarios. Y nada indica que Piqué se libre de otra tormenta en Alicante, donde están a la moda como en cualquier otro sitio. O que Casillas no hubiera recibido algún improperio de haberse jugado en su casa el España-Inglaterra. En ese supuesto, ¿De Gea titular o suplente?

Así está España, con una selección ambulante, vetada en ciertos ruedos, con un jugador en la diana, diversidad de camisetas de quita y pon, y una marcha musical tan en entredicho como lo están las esteladas para los cabecillas de la UEFA imperial. Y la Roja a la intemperie, con una directiva a oscuras y también en muchos blancos: los de la LFP, el CSD, el Madrid… Broncas, filias y fobias futboleras y políticas, y todas a la vez, con mucho cutrerío patrio de aquí y allá, con ruido y más ruido. Piqué, el deslenguado, no es más que el comodín de esta España tan patria como apátrida, de unos, de otros y de nadie, de mosqueteros y solistas. Por algo a estas españas les silban los oídos. El fútbol solo es la bandera babélica de la intransigencia.

 

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