El sprinter del Tour es Greipel

Tercera victoria del alemán en una etapa que lleva al pelotón a toda velocidad al pie de los Alpes

Greipel levanta el puño izquierdo tras imponerse en Valence a Degenkolb y Kristoff.
Greipel levanta el puño izquierdo tras imponerse en Valence a Degenkolb y Kristoff.Rafael González Riancho

Bajo el calor que a todos confunde y calienta en las tierras de los albaricoques y el padre Ródano, el Tour, dormido competitivamente, se ha convertido en una competición de extraños lanzamientos. Son prácticas hijas de cierta paranoia que no llegan al nivel sofisticación del afamado concurso de lanzar escupiendo huesos de ciruela en Brive la Gallairde, donde tanto ataca la canícula también, pero se le acercan.

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El sábado la temática del día fue la orina amarilla desde la cuneta contra el líder de amarillo, Chris Froome, menos enfadado con la prensa en Valence porque no le han vuelto a silbar por las carreteras; el domingo le tomó el relevo el lanzamiento del bidón de agua contra una cámara de televisión y su cameraman de paquete en moto que practicó con rabia y no mala puntería pero quizás carente de fuerza suficiente el mecánico del Tinkoff de Sagan, Faustino Muñoz, quien acababa de proceder de ayudar al potente eslovaco a cambiar de bicicleta.

Ocurrió a 30 kilómetros de la llegada. Fue un cambio táctico, no derivado de una avería. Un cambio habitual de Sagan, quien para las fugas con repecho, como en la que participó, usa la Specialized antigua y para los sprints el último modelo más aerodinámica, en los que el maillot verde participa con tanto entusiasmo y fuerza como falta de colocación y escaso éxito. Si el registro camarográfico del cambio de montura y su emisión en directo no parecieron agradar a los miembros del equipo de Alberto Contador, su reacción disgustó a los comisarios, que suspendieron por una jornada al director-conductor del vehículo en el que viajaban Muñoz y las bicicletas, el inglés Sean Yates.

A trompicones y pese a la aerodinámica bicicleta, el hiperactivo Sagan terminó cuarto de un sprint en el que se impuso el habitual Gorila de Rostock (un apodo que el comentarista de la televisión francesa, muy educado, utiliza porque Greipel, una fuerza de la naturaleza nacida en la misma ciudad germano oriental y hanseática que Jan Ullrich, dice que le gusta), quien ganó su tercera etapa en un Tour al que solo le queda un sprint, el del próximo domingo en París. Cavendish, al que dolía la tripa y se quedó de salida en el grupo de enfermos, heridos y fatigados, no pudo rivalizar. El chico de Manx llegó con el grupito de 26 a un cuarto de hora, cumpliendo con el mejor horario previsto por la organización, al que el gran pelotón, que voló a 46,411 kilómetros de media, había dado un buen mordisco.

El pelotón tiene prisa por acabar con el Tour, al que solo le queda la tercera semana, los Alpes, que llegarán el miércoles tras el descenso del lunes a Gap que tanto gusta e inspira a Contador, y el día de descanso. Quizás para entonces ya le habrá dado tiempo a David Brailsford, el jefe del Sky, a saber el peso de Froome, un dato que negó conocer cuando se lo preguntaron en la televisión francesa para poder descubrir de una vez cuántos vatios por kilo generó el líder en la ascensión al Soudet en la que dio el gran golpe al Tour.

Sobre la firma

Carlos Arribas

Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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