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Chile-Argentina: dos sueños frente a frente

Sampaoli hará cambios en la defensa de Chile para la gran final contra Argentina

Lionel Messi, en un entrenamiento de Argentina en Concepción. Ampliar foto
Lionel Messi, en un entrenamiento de Argentina en Concepción. AFP

“Les tenemos de hijos…”, dice confiado sobre la selección chilena Emilio, un estudiante mendocino de 21 años que ha cruzado en coche el paso del Cristo Redentor, al pie del Aconcagua, para ver en directo el primer triunfo de Lionel Messi con Argentina. Emilio y sus amigos recuerdan la retahíla de datos que abruma a la afición chilena en las horas previas a la final (22.00, Canal + Liga): Chile nunca ha sido campeona y ni siquiera ha ganado a Argentina en un siglo de Copas Américas. A su lado, en pleno barrio de Providencia, pasan más ciudadanos con bufandas y gorros rojos que nunca desde que empezó la competición. Chile sabe que ganar hoy es un rito de paso imprescindible para su fútbol, para su autoestima, y hasta los taxistas de hoteles exclusivos advierten con sorna que esta tarde, entre las cinco y siete, no se moverán del televisor. No se habla de otra cosa. Ya en la noche del jueves, en los bares y en la calle, grupos variados explotaban espontáneamente en gritos de apoyo a Chile, inmediatamente secundados por los paseantes.

La noche más dura del fútbol chileno

La final de esta noche tiene un precedente horrible, hace 60 años. Siete personas murieron y diez quedaron gravemente heridas en el mismo Estadio Nacional, después de que unas puertas del estadio no se abrieran y se produjese un aplastamiento con caída de galería incluida. Ocurrió el 30 de marzo de 1955, cuando La Roja llegaba por primera vez a la jornada final del Campeonato (el sistema era de liguilla) de 1955 con opciones de victoria. En el primer partido Perú venció a Uruguay 2-1 y quedó tercera. Luego, Argentina cerró el sueño chileno por 1-0.

En lo futbolístico, el país suspira por que Sampaoli resuelva el boquete dejado por el dedo de Gonzalo Jara en su propia defensa: nunca se vio a la anfitriona tan vulnerable como en los primeros veinte minutos contra Perú, cuando jugaban 11 contra 11. En la obsesión primordial por cortar el flujo de juego a y desde Leo Messi, El Mercurio informaba ayer de que el entrenador argentino ha probado con cambiar a Gary Medel de lado (jugaría de central izquierdo). Además, se prevé el ingreso de Silva por Rojas a su lado, Marcelo Díaz de líbero y la casi segura entrada de Jean Beasuejour por Albornoz en la izquierda, un carril que nunca terminó de funcionar contra Farfán (ni con Albornoz ni con Mena) en el partido contra Perú. Pero son aún suposiciones. La presión agobiante de Chile por recuperar la pelota frente a la mayor concentración de talento del continente dará lugar a un partido muy interesante entre los dos equipos con más posesión del torneo, atizado por la ansiedad local y la eterna espina clavada de Leo Messi con su país.

El once habitual

Argentina sabe a qué atenerse. “Chile no va a cambiar, tenga a quien tenga enfrente. Nos va a atacar como a cualquiera, con muchísima gente”, dijo en la previa el entrenador Gerardo Martino. Argentina presentará su once habitual, con el regreso de Garay.

En Chile, durante las horas previas al partido, prima ante todo el aspecto sentimental de la cita. Díaz publicó una carta que escribió para esta final hace un año, en el Mundial, tras la dolorosa eliminación por penaltis contra Brasil minutos después del larguero de Pinilla. “Sigo sin entender por qué el fútbol fue tan injusto con nosotros”, escribe el hoy líbero chileno, que concluye su misiva: “Nadie es mejor que todos nosotros juntos”.

Según una consulta online del diario Ovación, el 84% de los uruguayos prefiere que gane Argentina esta noche, aunque les igualen en número de Copas conquistadas (15). La posibilidad de que Chile consiga su primera, y en casa, reunió ayer a 3.000 enfervorizados hinchas para un Banderazo frente a la concentración de la selección. Internet se ha llenado de hashtags del tipo #SiArgentinaGanaLaCopaYo o #VamosChile #YoConfio. En un torneo sin grandes estrellas, con malos arbitrajes y una entidad organizadora (la Conmebol) investigada por corrupción que apenas da señales de vida, al torneo de selecciones más antiguo del mundo lo salva la auténtica pasión popular.

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