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Charrúas y guaraníes celebran la supervivencia

Uruguay y Paraguay pasan a cuartos con un empate (1-1) que sintetizó su anodino estilo común

Uruguay 1 Paraguay 1 Ampliar foto
José Giménez, de Uruguay, marca al delantero paraguayo Lucas Barrios. REUTERS

A Uruguay le valía una derrota mínima. A Paraguay le servía un empate. Mala manera de llegar al último partido de la fase de grupos de esta Copa América. Mala para los espectadores, condenados a contemplar un desierto. Situación llevadera para dos equipos que son primos hermanos. Habitantes de la misma cuenca. Los guaraníes, río arriba. Los charrúas, río abajo. Acólitos de un mismo fútbol, practicantes escrupulosos de la pelota quieta, severos defensores del honor, impasibles conductores de un modo honorable y aburrido de entender el juego. Empataron, claro. Ahora Uruguay se medirá a Chile en cuartos.

La expresión grave de Arévalo Ríos, especie de líder espiritual del equipo uruguayo, impregnaba la atmósfera del recogido estadio La Serena. Había público. Sorprendentemente. El campo estaba lleno de personas atónitas, o adormecidas, o transidas por el vaivén de pelotazos. El espectáculo consistía en observar con cuidado la sucesión infinita de pequeñas acciones que no conducían a ninguna parte. Los jugadores no se pasaban la pelota. Los jugadores empleaban la pelota como un instrumento para acelerar el tiempo y sortear riesgos. Sin romper la formación uniforme de líneas alertas, atacantes, centrocampistas y defensores, no hacían más de tres pases seguidos. En caso de duda, el pase largo, a la nada, aseguraba el transcurso de medio minuto de inanidad. La falta, la patada, bien aplicada, garantizaba un minuto vacío. Y así se sumaban ceros.

Uruguay, 1-Paraguay, 1

Uruguay: Musiera; Cortes, Maxi Pereira, Giménez, Pereira; Carlos Sánchez (Cebolla, m. 66), Álvaro González, Arévalo, Diego Rolán; Abel Hernández (Stuani, m. 45), Cavani.

Paraguay: Villar: Marcos Cáceres, Da Silva, Bruno Valdez, Piris; Bobadilla (Derlis González, m. 67), Ortigoza (Richard Ortiz, m. 63), Osmar Molinas, Benítez; Valdez y Barrios (Santa Cruz, m. 71).

Goles: 1-0. M. 28. Giménez remata de cabeza un córner que bota Carlos Sánchez. 1-1. M. 43. Barrios, de cabeza, tras un córner lanzado por Benítez.

Árbitro: Roberto García Orozco (México), amonestó a Coates, Pereira y Abel Hernández por parte de Uruguay, y a Osmar Molinas, Ortigoza y Richard Ortiz, por parte de Paraguay.

Estadio La Portada en la ciudad de La Serena.

Resultaba conmovedor contemplar aquellos bravos absortos en la ardua tarea de utilizar la pelota del modo más obsesivamente inútil. Necesitaban controlarlo todo porque cualquier rebote, como cualquier acierto accidental, podía desbaratar la consigna. La apariencia de movimiento era constante pero solo para garantizar un destino prefijado de cartón. Los que podían correr, como Bobadilla, Benítez o Rolán, hombres de banda, corrían por respeto a la coreografía y a unos valores que prestigian el esfuerzo y el sudor. Los que no se podían permitir grandes evoluciones, como Arévalo, o como Ortigoza, trotaban y vigilaban que no pasase nada.

“¡Sigan jugando!”, gritaba Ramón Díaz desde la banda, como si lanzara un mensaje cifrado, como si la continuidad fuera posible en medio de la interrupción constante. Mirando a estos dos equipos los hinchas aprendieron que el control nunca es definitivo. Imposible por más de media hora cuando se juega con un artefacto esférico, constituido por una superficie de evolución que lo hace rodar. Álvaro González y Arévalo Ríos parecieron, por un instante, desconcertados cuando se pasaron la pelota más de tres veces seguidas. Casi sin darse cuenta, abrieron a banda y allí, Abel Hernández, quiso culminar la jugada más vieja. Quiso centrar pero el defensa provocó el córner. Fue en el minuto 29 cuando, botado el lanzamiento, José María Giménez cabeceó a gol después de arrasar al corpulento Paulo César da Silva.

El 1-0 rompió lo que parecía un empate de hierro. La victoria de Uruguay le habría evitado el cruce con Chile. Pero la agitación persistió y Paraguay devolvió el golpe. Antes del descanso, en otro córner, Lucas Barrios se aprovechó de un resbalón de su marcador para cabecear el empate. José María Giménez era el marcador de Barrios. El central del Atlético, doble protagonista de la velada, acabó la tarde maldiciendo y celebrando su suerte.

La reanudación devolvió el partido al remanso. Lo más notorio que sucedió en la segunda parte estuvo relacionado con el lastimoso estado físico del equipo que dirige Ramón Díaz. Los paraguayos atravesaron media hora de crisis biológica. Boqueaban, cojeaban, pedían la hora. Por el camino perdieron a Néstor Ortigoza, que se retiró con un repentino dolor en el aductor. Seguramente una rotura fibrilar que le retirará del torneo. La pérdida es irreparable para Paraguay, que no tiene otro conductor del juego tan experto como el voluminoso futbolista de San Lorenzo.

Cuando el árbitro pitó el final, al cabo de seis tarjetas amarillas y una asombrosa cadena de fricciones, los jugadores de ambos bandos se abrazaron fraternalmente. Charrúas y guaraníes, representantes de dos pequeñas naciones melancólicas y orgullosas, acababan de levantar un monumento a ese fútbol sombrío que también puede ser épico. En otras ocasiones, no en La Serena. Allí los jugadores se reían, bromeaban satisfechos. Se abrazaban como si supieran que ser uruguayo o guaraní es algo tan casual como las nubes. Se felicitaban por la supervivencia en Chile.

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